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Meditación desde Buenafuente para el Domingo VIIº del Tiempo Ordinario (19 - Febrero - 2012)

Angel Moreno -

Este domingo, las lecturas de la liturgia nos reavivan el tesoro del perdón de Dios. Jesús nos revela la voluntad divina de su misericordia.

Abstenerse del ofrecimiento generoso que nos hace la Palabra es el peor mal, porque se permanece injustamente exiliado de las entrañas divinas. “Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes y no me acordaba de tus pecados”.

El secreto de los que tienen fe consiste en saberse invitados al perdón y, por la generosidad de Jesucristo, abrazados con la ternura del Amor divino. “Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: -«Hijo, tus pecados quedan perdonados».”

Si por fragilidad has sucumbido en la tentación; si crees que no tienes remedio y te parece más honesto sufrir las consecuencias de tu caída que acudir humilde a pedir el perdón; si por convivir pacíficamente contigo mismo has llegado a relativizar tus faltas y has perdido la sensibilidad de la conciencia; si te pareces al paralítico del evangelio, y se hace necesario que otros te ayuden, no te resistas. Deja entrar, al menos, la Palabra en tu corazón y atrévete a rezar: «Señor, ten misericordia, sáname porque he pecado contra ti.»

Jesús tiene poder para perdonar los pecados. Él ha dejado en la Iglesia el regalo del Espíritu Santo y ha facultado a hombres de nuestro pueblo, ungidos por el Espíritu, para prolongar en la historia el don del perdón. “Él nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el  Espíritu”. “Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”.

¿Te vas a resistir a la gracia?

Tengo para mí que la escena evangélica que se nos propone este domingo, es una radiografía de la posible causa de nuestras parálisis. Jesús perdonó los pecados del paralítico y después lo curó. Hay males del alma que postran y bloquean, que paralizan y entumecen, que arrojan a la postración, a la tristeza, a la angustia. Los remedios físicos tienen su límite. La paz del corazón llega por la fe en la misericordia.

Hoy todos tenemos una doble llamada: acogernos humildes a la misericordia y, por nuestra fe, ayudar a que otros puedan gozar de la experiencia liberadora del perdón. Esta ayuda podemos prestarla por la oración y el sacrificio. Nada se pierde en Dios. Cada uno puede realizar una ofrenda en favor de los que necesitan el consuelo y la gracia de saberse perdonados, amados.

En cualquier circunstancia, no te olvides de la invitación que hace Jesús: «Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.»

 

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