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Meditación desde Buenafuente para el Domingo 5º de Pascua (18 - mayo - 2014)

Angel Moreno -

Llamadas

“No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea.” (Act 6, 2-3)
“Vosotros, en cambio, sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.”  (1Pe 2, 9)
“… el que cree en mí, también el hará las obras que yo hago, y aún mayores.” (Jn 14, 12)

Llamados y enviados

Ningún miembro del Pueblo de Dios se debe sentir ajeno a la misión evangelizadora. Por el bautismo, los cristianos hemos sido constituidos mensajeros del Evangelio y manos alargadas del Amor de Dios.

Si los presbíteros tienen una misión especial, confiada por el Señor, de anunciar el Evangelio desde la experiencia orante de la Palabra, los laicos son llamados a introducir en medio de la sociedad la alegría de la Buena Noticia.

La dignidad que nos regala el bautismo no es para provecho propio, sino para convertirnos en testigos de la salvación. Los cristianos somos esencialmente misioneros, no como proselitistas, sino como testigos.

Tenemos la responsabilidad de hacer presente en el momento actual la gracia liberadora, hasta sanadora, que nos entregó Jesús, cuando nos envió a todas las gentes, antes de ascender a los cielos.

Este tiempo de Pascua debería ir acrisolando la fe profesada en la Noche Santa. Una forma de saber si lo pronunciado en la Vigilia Pascual nos ha comprometido, la encontramos en los frutos que estemos dando.

El fruto del servicio, del testimonio, de la alegría, de la serena confianza, de fuerza y coraje en la adversidad, se convierten en señal autentificadora de la profesión de fe que solemnemente pronunciamos al inicio de la Pascua.

Un fruto especial es el gozo de sabernos llamados, ungidos y enviados. Es una experiencia interior con efectos expansivos. Los primeros cristianos atraían por la alegría que mostraban.

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