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Meditacion desde Buenafuente para Cuarto Martes de Cuaresma (12/03/2013)

Angel Moreno -

Lectura

“… el ángel me hizo volver a la entrada del templo.
Del zaguán del templo manaba agua hacia levante -el templo miraba a levante-. El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar” (Ez 47, 1-2).

Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Ésta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
-«¿Quieres quedar sano?» (Jn 5, 2-3. 5-6).

Comentario

En ambas lecturas encontramos la referencia al agua. Tanto el manantial que brota en el santuario, como la piscina, que está junto al templo, encierran un simbolismo cristológico. Jesús es el santuario y de su costado brotará sangre y agua.

Jesús, en los diálogos con la samaritana, se presenta como poseedor de agua viva, que sacia y salta hasta la vida eterna. En el pasaje de la piscina, la curación no le llega al paralítico por las aguas removidas, sino por la palabra de Jesús. Él es el agua que sana, cura, reaviva, hace fecundos, concede la filiación adoptiva de hijos de Dios…

En mi último viaje a Tierra Santa, comprendí mejor los relatos evangélicos de San Juan relacionándolos con la situación de los lugares. Junto a la puerta de San Esteban, donde se venera la memoria de Santa Ana, se pueden contemplar los restos arqueológicos de la piscina de cinco pórticos, donde según el evangelio, el paralítico respondió, como cuenta la versión latina, a la pregunta de Jesús de si deseaba la curación: “No tengo hombre que me eche al agua”.

Junto al lugar de la piscina, un poco más adelante, se conservan los restos arqueológicos de la Torre Antonia, donde muy probablemente se celebró el juicio de Jesús, y donde se escuchó la expresión: “Este es el Hombre”.

Ante la proximidad de los espacios y uniendo los relatos, interpreto que la razón de la parálisis era la necesidad de humanidad interior que tenía el postrado. Al encontrarse con el Hombre pleno, el que estaba echado en la camilla se incorporó, se puso en pie, recobró la dignidad, recibió la fortaleza humanizadora de Jesús, verdadera agua que concede vida.

Puntos de reflexión

¿Cómo te encuentras, postrado, desanimado? ¿En qué o en quién pones tu esperanza? ¿Te acercas a Jesús? ¿Le pides, al menos, como la samaritana, que te dé agua viva?

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