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Más vale tarde que nunca

J. Rovira, cmf. -
Durante el rezo del Angelus, el domingo 21 de Diciembre, el Papa recordó que el 2009 va a ser el año mundial de la astronomía, en coincidencia con el IV centenario de las primeras observaciones telescópicas del famoso astrónomo Galileo Galilei (1564-1642).  Benedicto XVI hizo también mención de algunos predecesores suyos que cultivaron dicha ciencia.

Efectivamente, el Papa Silvestre II (999-1003), de origen francés, tenía muchos conocimientos astronómicos, superiores a los que la gente en general tenía, de manera que había quien le consideraba un mago y un brujo. Impulsó los estudios universitarios medievales y, como curiosidad, introdujo en Europa los números árabes, que todavía usamos. La astronomía iba a ser una de las siete materias de las universidades medievales que todos los estudiantes debían conocer antes de comenzar a estudiar filosofía y teología.

Gregorio XIII (1572-1585), siguiendo precisamente sus estudios astronómicos, reformó el calendario fijando con más precisión el comienzo de cada una de las cuatro estaciones del año. Con ello se quería asegurar la fecha de la celebración de la Pascua de Resurrección y poder encontrar una solución aceptable también por parte de las Iglesias Orientales, cosa que todavía no se ha conseguido.

Pío X (1903-1914), en 1906, puso a disposición de los astrónomos un edificio del Vaticano para que se colocara allí un telescopio. Finalmente, en 1935, Pío XI inauguró la nueva sede de la “Specola” en la villa pontificia de Castelgandolgo.

Quisiera ahora pararme un momento en el caso de Galileo Galilei, que tanto ha dado que hablar desde su tiempo. La razón es sabida: en 1633 Galilei fue llamado a Roma para presentarse ante el tribunal de la Inquisición, el cual le pidió que retractara su defensa del sistema heliocéntrico descubierto por Copérnico (1473-1543). El mundo universitario y el clero defendían todavía el geocentrismo aristotélico. Galilei, para no entrar en conflicto con la Iglesia –se profesaba católico practicante- retractó; pero, según una leyenda (que se dice que no corresponde a la verdad), después de haber abjurado, exclamó: “Eppur si muove!”, es decir: a pesar de todo, es la tierra la que da vueltas alrededor del sol, y no al revés. Es uno de aquellos típicos casos que han dado pie a acusar a la Iglesia oficial de oscurantismo científico.

Para acabar de una vez con el caso, en 1979 Juan Pablo II pidió una “solución honorable, honesta y leal”, e instituyó una comisión de teólogos, científicos e históricos. Durante doce años dicha comisión estudió todos los documentos existentes sobre el caso, “ofreciendo una contribución fundamental para la reconstrucción de la verdad”. Después de haber alabado públicamente “la grande fe” de Galileo, “ejemplo para todos, incluso para la Iglesia”, el 3l de Octubre 1992, Juan Pablo II dijo que la condena de Galileo había sido el resultado de “una trágica incomprensión recíproca entre el científico pisano y los jueces de la Inquisición”. Y añadió: “La decisión de aquéllos fue precipitada e infeliz”. Y concluyó diciendo: “De ahí se puede sacar una enseñanza que continúa siendo de actualidad en relación a situaciones análogas”.

No era la primera vez que Juan Pablo II pedía perdón por errores cometidos por la Iglesia en el pasado. Un periodista católico, L. Accattoli, publicó un libro (“Cuando el Papa pide perdón. Todos los mea culpa de Juan Pablo II”, Milán 1997) en el que contaba nada menos que 94 veces en que Papa Wojtyla había pedido perdón por algo sólo desde 1978 hasta 1996; y luego todavía continuó en otras ocasiones, sobre todo con motivo del Año Santo del 2000. Se dijo por Roma que en la Curia había quienes creían que el Papa estaba exagerando... A este propósito recuerdo cuando Pablo VI, al final de una de las sesiones del Vaticano II, y ante el representante del Patriarca de Constantinopla, pidió perdón a los cristianos ortodoxos por la parte de culpa que había tenido la Iglesia Católica en el cisma del año 1054. Estaba yo presente en la basílica de San Pedro abarrotada de gente. Y recuerdo que hubo junto a mí quien dijo que el Papa no debía “rebajarse” hasta aquel punto. A decir verdad, a mi me pareció el gesto más evangélico de toda la ceremonia: pedir perdón al hermano por los propios pecados; lo cual no quiere decir que el hermano no haya cometido también los suyos, pero a mi me toca pedir perdón por los míos.

Nota además Accattoli que el primer Papa que pidió perdón fue Adriano VI (1522-1523); luego, hubo que llegar hasta el concilio Vaticano II (1962-1965) y Pablo VI (1963-1978). En el siglo XX, los primeros grupos cristianos que pidieron perdón fueron protestantes y anglicanos, ya a partir de los años ’20, no los católicos. No hace muchos años, el cardenal J. Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctina de la Fe (sucesora del Santo Oficio, el cual había sucedido a la Inquisición), en su libro “La sal de la tierra” (Cinisello Balsamo 1997), habló de los “errores de la Iglesia” en el pasado: la inadecuación, a veces la falta de amor, demasiada inercia y actitud de autodefensa, demasiado apego a los bienes terrenos, conflictos con la ciencia, etc.

Claro está que en estos casos se ha pedido perdón por errores cometidos en el pasado; cuanto más nos acercamos al presente parece que es más difícil. En este sentido me ha hecho reflexionar el último libro del cardenal Carlos María Martini (“Conversaciones nocturnas en Jerusalén”, Milán 2008) en el que hace referencia a hechos más recientes, prácticamente de nuestras días; con mucha delicadeza insinúa que la Iglesia oficial debería repensar y tal vez cambiar de parecer, dado que se trata de realidades que han hecho sufrir y hacen sufrir todavía a no pocos cristianos.

Finalmente (y a eso voy), según una noticia de última hora, en este año 2009 van a levantar una estatua a Galileo en la llamada “Casina de Pío IV”, en plenos jardines vaticanos. Hay un refrán que dice: “Nunca es tarde cuando llega”, si llega; quizás en nuestro caso sería más apropiado aquel otro: “Más vale tarde que nunca”.

Antes de acabar, permítanme todavía citar –no sea que se me olvide en otra ocasión- otra de esas frases de Benedicto XVI que no hay que dejar pasar desapercibidas (aunque no se refiere a Galileo). En su discurso a la Curia Romana, el pasado 20 de Diciembre, con motivo de la Navidad, comentando entre otras cosas los hechos principales del año 2008, dijo: “La Jornada Mundial de la Juventud ha sido una fiesta de la alegría. Y el Papa no es la «star» alrededor de la cual gira todo. Él es total y solamente Vicario; envía al Otro que está en medio de nosotros”. ¡Cuánta razón tiene!.

¡Feliz Año Nuevo!

J. Rovira, cmf.
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