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María, madre sufriente

Begoña Elitzalde -
El 6 de febrero se inauguró la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza. De este modo emprendíamos el camino litúrgico de la Pascua. La cruz pascual es consustancial a la vida humana. Y ya que es inevitable sufrir de uno u otro modo, en uno u otro momento, ¿qué podemos hacer con el dolor? Nada mejor que ofrecerlo como hizo María. Con amor, con confianza en que Dios sabe lo que hace y nos cuida con ternura.

Todos los días los medios de comunicación nos bombardean con noticias de muertes, de tragedias, de desgracias naturales y de otras provocadas por el hombre. Pero pocas veces nos hablan de las madres. Como mucho, una imagen fugaz: en una procesión o en un entierro. Cuando eso sucede, vemos caras desencajadas, rotas por el dolor y la impotencia. Sin articular palabra, porque el dolor que sienten es mucho más grande que el que se puede expresar con palabras.

Seguir el plan de Dios, significa luchar por la fidelidad a ÉL Significa decir un hágase cada día. María tuvo que decirlo muchas veces. V casi siempre sin entender nada. Todo lo guardaba en su corazón para meditarlo, nos cuentan los evangelios. No lo guardaba sólo en la mente, lo guardaba, sobre todo, en el corazón. Porque no hay mejor lugar para meditar los planes de Dios, de un Dios que es amor.

Por el camino de la cruz

El anuncio del nacimiento de Jesús fue vivido por María como un misterio de gozo, pero ¿no era al mismo tiempo un misterio de dolor? ¿Qué comportaba en aquel tiempo y en aquella cultura ser madre sin conocer varón? Incomprensión, oprobio, sufrimiento. ¡Cuánta preocupación antes de saber la reacción de José! ¡Cuánto sufrimiento por ella misma, por su familia, por su gente! Pero María no dudó, confió plenamente en Dios y dijo sí: «¡Hágase!».

Años más tarde pierde a Jesús en Jerusalén. Sólo quien haya perdido un hijo y no sepa dónde está, qué es de él. y ni siquiera si vive, conoce la angustia insoportable de esta situación. Los minutos se le hacen eternos. No digamos si esta experiencia se prolonga durante tres interminables días...

Las inquietudes de María no acallan aquí. Pasan los años y Jesús empieza su vida pública. A muchos, Jesús les parecía extraño, por no decir 'raro', incluso había quienes lo tachaban de loco, ¿Era normal que tuviera tantos problemas con los sacerdotes y las autoridades del país? ¡Cómo debió de sufrir María! Su hijo, el hijo de sus entrañas, incomprendido, juzgado, bajo sospecha. Y ella entretanto sufriendo a solas, porque se sentía incapaz de explicar nada, y porque además, nadie la hubiera entendido. Era la impotencia total.

Finalmente la cruz. Sólo los que han sobrevivido a un hijo saben qué desgarro se siente, qué tragedia. María perdió a su "hijo. Y no sólo eso: presenció su muerte, impotente, destrozada. Y lejos de perder la fe, sacó de su sufrimiento más amor, un hágase todavía más profundo.

María o la compasión

Nadie como María puede empalizar con el que sufre y. desde esa empatía, consolarlo, tal vez sin palabras. Allí adonde las personas no podemos o no sabemos llegar está ella. La Virgen sufrió mucho en silencio y comprende como nadie lo que es el dolor, el dolor de mujer, el dolor de madre, el dolor con mayúsculas.

No en vano quiso Dios una madre sencilla para su hijo. Una mujer de pueblo, cercana a nosotros. Una madre que reía, lloraba y sufría como cualquier otra. Para que nos sintiéramos identificados, para que la sintiéramos como nuestra. María está ahí, entre nosotros, cuidándonos y acompañándonos. A ella podemos acudir siempre, pero especialmente en los momentos más duros. Entregarnos a ella, descansar en ella, pedirle que nos acune y nos consuele.

Quien quiera aprender a acompañar, que trabaje su dolor, dicen los expertos. Nadie ha trabajado su dolor mejor que ella. Lo ha transformado en un amor profundo, en una entrega sin límites, en una confianza total en Dios.

¿Quién mejor, para acompañarnos, para estar a nuestro lado, para ayudarnos a caminar en los momentos en que sufrimos, tristes y abandonados?

Cuando nos sintamos solos, en nuestro dolor, en nuestras penas en nuestro desgarro, acordémonos de María. Allí en lo más profundo, donde nadie llega, está ella. En nuestro corazón, con su mano consoladora de madre sufriente, sin palabras, con su mirada dulce como un bálsamo que nos consuela, que nos comprende, nos recuerda que no estamos solos, que reza por nosotros, que nos da fuerzas, que nos ama.
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