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María, en la experiencia mística.

Conrado Bueno, cmf -
Mistica

“Rosa Mística”. Así llaman las tetanias a María Virgen. Mística es un termino de moda. Siempre, con estima y significación positiva. Mística evoca espiritualidad, transcendencia, honda energía, inspiración del Espíritu, profundidad. Incluso hacemos referencia a la mística de grupo: «Se creo una mística en aquel encuentro. Es cierto que la mística va mas alía de la experiencia religiosa, pero hoy, hasta citamos, por ejemplo, a personas «místicas» como Hammarjol, Bonhoffer, Gandhi, Merton, Luther King, etc. ¿Cuantas veces hemos oído o citado a K. Rahner proclamando: «El cristiano del siglo XXI o será místico o no sera»?

De entrada, señalamos algunos rasgos o elementos que nos dibujan la experiencia mística: la presencia y acción del Espíritu Santo, la comunión teologal con el Dios vivo, la pura gratuidad, la certeza del contacto de Dios y de que el infinito se nos comunica, la imposibilidad de traducir al lenguaje corriente el misterio inefable -acaso solo el lenguaje simbólico que expresa mejor lo inefable, la transformación y renovación del corazón. Como en el arte, solo queda mirar, gustar y escuchar.

San Juan de la Cruz nos habla de «noticia de Dios amorosa». En la experiencia de Dios del común de los mortales, vamos del hombre a Dios; en el místico, se desciende de lo alto a lo bajo; se tiene la conciencia del don y el gozo de amar. Es experiencia feliz de unidad, comunión y presencia divina en el hombre.

Sin muchas exquisiteces técnicas, podemos describir el camino de la mística según la mejor tradición. Comienza con el despertar y el abrirse a la presencia de los divino. Sigue el tiempo de purificación; al contacto con la bondad y belleza divinas se descubren nuestras sombras. El periodo de iluminación goza de la presencia amorosa de lo divino.. La «Noche oscura» llega con el sentimiento del abandono y ausencia de Dios. Por fin, la meta, la unión transformante, es la hora de comunión, de equilibrio, de paz, de gozo, de certeza.

El misterio de María

La gracia de María lleva siempre un sello ma­ternal. La maternidad espiritual se puede tornar en maternidad mística. María Virgen es la madre de Jesús, del Verbo encarnado. Y Cristo, en la imagen paulina, es la cabeza del Cuerpo Místico. María queda, así, convertida en la Madre mística de este Cuerpo. Dirá San Agustín: ¿Cómo no pertenecéis al parto de la Virgen si sois miembros de Cristo?
Con Cristo, María Virgen nos engendra en la encarnación y nacimiento del Redentor; nos da a luz en el Calvario, «He ahí a tu hijo», y sigue velando y amparando nuestro crecimiento de vida en Cristo hasta llegar a la plenitud en la Patria. Por ser Madre del Hijo de Dios, María queda «asumida», levantada hasta Dios, y en Dios realiza la obra del Dios trino. Esta maternidad introduce a la Ma­dre del Verbo en el proceso o circulo trinitario; el misterio de María queda escondido en el misterio divino. Es la irrupción de la Trinidad en María: Pa­dre, Hijo, Espíritu Santo.

María es hija del Padre, que en ella y por ella engendra al Hijo en el tiempo y la historia de los hombres. María es Madre del Hijo, que es concebido, toma carne y nace de ella. María es tabernáculo del Espíritu Santo, que la dispuso para el gran misterio de la maternidad, colmándola de sus dones.

Eternamente continuara María en esta actividad maternal. Eternamente esta siendo Madre del Hijo del Padre y, por ello, Madre mística de los que son miembros del Cuerpo místico. Es fácil concluir que la vida sobrenatural de María es la misma vida de Dios que, de modo muy singular, actúa en ella...«y de su plenitud recibimos todos». Aquí tiene su raíz la experiencia mística: sentirse una sola cosa con Dios, con María cuya vida se va apoderando del corazón del místico.

Contemplación y amor

Los Siervos de María pasaban mucho tiempo en el monte Senaro contemplando los dolores de nuestra Señora al pie de la Cruz. Así lo cuentan sus biógrafos. ¿Creemos que todo era obra del esfuerzo ascético, que con sus puños querían alcanzar la santidad? No. Mas bien era una contemplación gozosa, profunda, mística del misterio de la Redención, y allí, asociada, la Virgen de los Dolo­res, la mujer mártir, junto a la Cruz del hijo que muere.

Dios nos presenta a María como objeto de nuestra contemplación y afecto, en experiencia mística. Por su maternidad, nos llega la presencia intima y directa de María en la vida teologal: en la gracia, en los dones, en las virtudes del cristiano que asciende por el camino de Dios.

La contemplación mística de María es experimentar su relación con Dios, es vivir con Dios en María, es contemplar a Dios en ella. Tan llena de Dios está la Virgen que en el mismo acto en que miramos a ella se ve en ella a Dios. Y, junto al conocimiento, el amor. El Espíritu de amor ama en nosotros a María; amamos a María en el abismo de Dios. «Por el don de piedad se perfecciona e intensifica en el alma el amor filial hacia la Santísima Virgen María, a la que considera como tiernísima Madre y con la que tiene todas las confianzas y atrevimientos de un hijo para con la mejor de las madres» (Royo Marin)

Así se logra una experiencia inefable y misteriosa del calor maternal de María Virgen. Donde está la vida de Dios por Cristo esta la vida de Ma­ría. Valga este testimonio-. “Comencé a sentir la amorosa presencia de la celestial Señora: estaba mas con mi dulce Madre que conmigo” (Hno. M. Giol, cmf).

María transforma

Dios «inhabita» en el corazón del justo. Y María, juntamente con El. Así, ella actúa maternalmente en nosotros, nos engendra a la vida divina, nos comunica su participación en esa vida. No es solo objeto de amor y contemplación. La razón estriba en la continuidad entre el nacimiento de Cristo y nuestro vivir en Cristo. Todo nace «de María Virgen», como confesamos en el Credo. El Padre nos hace suyos en el Hijo, Cristo habita en nuestros corazones. Es decir, se da un nuevo nacimiento en el bautizado en Cristo. También este nacimiento es «de María Virgen». La Virgen engendró a Jesús, también «espiritualmente», «antes en su corazón que en su seno» (San Agustín). Esta generación no es de nueve meses, continua para siempre. El Padre, a través de María Virgen, nos engendra como hijos, nos comunica su vida divina. Así, Cristo nace en el corazón del hombre, desde el corazón de María.

También la presencia del Espíritu. El Espíritu Santo es la potencia santificadora de Dios. María engendra al Verbo y engendra a los hombres en Cristo por obra del Espíritu Santo. De aquí, la experiencia de gracia de sentirnos amados por María en el Hijo y de amar a María con el Padre, movidos por el Espíritu.

Siguiendo a los clásicos, nos damos cuenta de como María Virgen acompaña en el camino espiritual. En la primera etapa de purificación, «Dios le va regalando (al alma) al modo que la amorosa madre hace con el niño tierno* (S. Juan de la Cruz). María es la madre que fortalece, alienta, protege, ilumina, consuela y asegura el éxito final. La segunda etapa de «proficiente» se caracteriza por la abundancia de comunicaciones e ilustraciones espirituales con que Dios ilumina. «Merced a las soberanas luces que recibía, penetraba en el interior de María, y como la amaba con todo mi corazón, procuraba copiar en mi alma las virtudes que veía en la Señora» (Madre Sorazu). Hasta la meta de la unión, del amante en el Amado transformado, «en que se entregan ambas partes...en que esta el alma hecha Dios y Dios por participación, cuanto se puede en esta vida» (S. Juan de la Cruz). La Virgen aparece como la encargada, desde el Espíritu, de disponer el alma para llegar al mas alto grado de comunión con Dios.

La vida divina nos invade. El hombre es una bahía en el inmenso océano de Dios. En la oscuridad luminosa y en la certeza oscura, atisbamos y respondemos a una presencia divina. Incluso tendremos momentos en los que todo es noche. Pero a todos se nos da la nostalgia de Dios; al me-nos, un presentimiento de su presencia: «Tarde te amó, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te ame». Al fondo del camino, esperamos la gloria para gozar de la claridad de la luz increada, desde el corazón de María Madre.
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