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“¡Yo no me avergüenzo del Evangelio!” (Rm 1,16)
Cuando san Pablo escribió esta frase a los romanos (Rm 1,16), sabía muy bien lo que le costaba: tensiones con sus connacionales judíos que consideraban la fe en Cristo un escándalo y con los gentiles que la veían como una locura (1Cor 1,23); peligrosas av