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Luces de una economía a escala humana

Caterine Galaz -
SOI - Servicio de Observación sobre Internet – RIIAL. ObservatorioDigital.net 

Pese a que con la caída de los absolutos, especialmente el de la razón, se llegó a pensar en un nihilismo que redundaba en el «todo está permitido», aún en los albores del siglo XXI, el bien común sigue siendo una preocupación para muchas personas. Y ante esta búsqueda, el modelo económico predominante aparece como una nube oscura que inquieta, sobre todo ante la evidencia de una desigualdad que escandaliza con las estadísticas, las imágenes y los testimonios vivientes que nos topamos a diario en las esquinas.

\"\"El recién publicado informe de la ONU sobre la situación social en el mundo, titulado «El Dilema de la Desigualdad», aporta datos más que suficientes para constatar que, al menos en lo económico, el planeta no marcha bien. Bastan unas pocas cifras: durante la década de 1990, el 10 % de los hogares ricos del mundo recibía entre un 30 y un 45% de los ingresos totales. Por contraste, el 40 % de los hogares más pobres recibió solamente entre un 9 y un 15 %.

Y es que estamos viviendo en un contexto sociocultural «globalizado», con un mismo paradigma (el occidental) y un mismo sistema económico (el neoliberal) caracterizado por la relativa caída de las barreras proteccionistas, la movilidad del capital, y como consecuencia de ello, la internacionalización de las empresas. Esta globalización favorece el enriquecimiento de los grandes productores o conglomerados, en desmedro de los pequeños, generando una brecha social cada vez más profunda, que se reproduce tanto a nivel internacional como dentro de cada país.

La globalización permite el surgimiento de lo que el comunicólogo Ignacio Ramonet denominó «pensamiento único» y que se refiere a un modelo de sociedad monolítico donde los límites de las formas de «ser» y «de hacer» están basados en los valores neoliberales.

Ante la acumulación, el individualismo y la competencia –piedras angulares de la arquitectura económica actual– cabe preguntarse si es posible pensar en nuevas formas de organización económica, nuevos enfoques, quizá nacidos de lo pequeño, lo local, lo micro. Nuevas maneras que reviertan la hegemonía y la difusión de este pensamiento único.

¿Se puede pensar en eliminar la brecha, cada vez más profunda, entre ricos y pobres? ¿Es posible frenar la extracción indiscriminada de recursos del sur del mundo y la acumulación en el norte? ¿Cómo evitar que sean sólo unos cuantos los que acaparan riquezas, amparados en dinámicas económicas injustas que parecen inamovibles?

En esta situación en la que el neoliberalismo ha tendido a monopolizar y vestir de un solo color al mundo, incluso a los valores, surgen nuevas formas alternativas de organización socioeconómica y cultural para contrarrestar los efectos de este corsé. Quizás una de las respuestas esté hoy en un conjunto de iniciativas que desde diferentes colectivos y organizaciones sociales está cuestionando las formas tradicionales de entender la economía y proponiendo, a la vez, opciones de organización más distributivas, democráticas y solidarias. Surgen argumentos y experiencias económicas a contracorriente, más conscientes del ser humano, de sus necesidades y sus problemas.

Economía responsable

Vemos alentadoras iniciativas de «inversiones socialmente responsables» –como los bancos «éticos» o los fondos sociales, solidarios o ecológicos–también nuevas formas de empleo, de utilización de energías renovables, de transferencia tecnológica o de comercio justo, cooperativas y asociaciones distributivas. El surgimiento de modelos económicos autónomos en los que los diversos factores económicos  (fuerza de trabajo, tecnología, modelos de gestión, etc.) logran protagonismo, favorece que el mercado no funcione bajo una lógica única, sino que coexistan en él múltiples experiencias de intercambio. En otras palabras, que el poder económico se democratice.

El fortalecimiento de estas nuevas formas de organización puede tener consecuencias impensadas, ya que libera y despliega nuevas energías sociales, inciden en el mercado, introducen otras racionalidades económicas, distintas a la capitalista. El surgimiento de estos caminos alternativos remueve progresivamente las relaciones de fuerza y genera un cierto «empoderamiento» de sujetos individuales y sociales actualmente marginados del ciclo económico.

La diseminación democrática del poder aumenta cuando en el mercado puede conjugarse una multitud de sujetos que toman decisiones autónomamente. Surge la idea de «resistir» –actuar a contracorriente en el día a día– lo que significa también asumir la responsabilidad de cada uno en la construcción del presente y el futuro, por tanto, creer en la posibilidad de transformación social que habita en las propias manos.

Para la construcción de esta «economía solidaria», es necesario fomentar una ética acorde que fomente la capacidad de elección a conciencia, teniendo en cuenta que la acelerada velocidad de producción de los adelantos tecnológicos puede generarnos necesidades artificiales inspiradas en una lógica de consumo puro y duro, que reduce el sentido de la existencia a la mera posesión de objetos.

Hay que considerar que el individualismo en que se inspira la lógica capitalista es una forma de pensar que no sólo tiene que ver con determinadas esferas de nuestra vida cotidiana, sino que está fundamentada en un complejo sistema social. Revertir el individualismo es, por tanto, una tarea compleja porque lo tenemos incorporado tan profundamente que incluso sin darnos cuenta, nos fluye, en actitudes y palabras.

Ética de la donación

Para afianzar la economía solidaria es necesario avanzar hacia una ética de la donación. Posicionar una actitud cotidiana de gratuidad dentro de algunos sectores individuales y sociales que permita incorporar al entorno otros factores económicos desplazados en el funcionamiento tradicional. Bajo esta lógica emergen, por ejemplo, las economías domésticas y de comunidades, el cooperativismo y la autogestión, la economía de donaciones institucionales, el trabajo voluntario, la economía informal y paralela, etc.

La donación permite potenciar aptitudes organizativas, creativas y empresariales locales, incluso mejorar la capacidad de trabajo de personas que estaban fuera del circuito económico activo –sujetos en paro- y también el perfeccionamiento de quienes sí estaban activos. En definitiva, la donación facilita el despertar de recursos socioeconómicos latentes, activar el capital social dormido.

La economía solidaria, bajo esta lógica de la gratuidad, la donación y la cooperación, tiene un claro sello a contracorriente del actual sistema imperante, porque además permite desarrollar nuevas formas de acumulación, no necesariamente de capital monetario: de la fuerza de trabajo cuando se adquieren nuevas habilidades y capacidades que incrementan la productividad; cuando el conjunto social dispone de un sistema de informaciones más democrático y se promueve el conocimiento tecnológico para mejorar la técnica; cuando el espíritu de autogestión se fomentan en diversos sectores sociales y no sólo en uno, incluso a nivel comunitario, etc.

El tipo de comportamiento que va generando una economía solidaria en las personas tiende a la participación y estimula el mantenimiento de niveles de consumo razonables, dentro de límites que favorezcan un mejoramiento progresivo en la calidad de vida, pero no ya vista de manera exclusivamente individual, sino colectiva.

No es fácil pensar en qué cimientos basar una ética en la actual era postmoderna, pero de lo que no cabe duda es de la necesidad de asumir nuestra responsabilidad, personal y colectiva, ante una distribución social tan desigual que nos golpea con las estadísticas. Esto abre la posibilidad de soñar con caminos de respuesta que nos ayuden a repensar la realidad, como sostenía Kafka, para ver si ayudamos a transformarla.

Páginas de interés

Informe de las Naciones Unidas sobre Desigualdad Social

- Sobre Economía Solidaria:


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