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Después de haber contemplado hasta qué extremo los relatos de Pascua implican los sentidos corporales, con la clara intención de acreditar la resurrección de Cristo, podemos también sumar el interés de los autores sagrados en redactar los acontecimientos con el protocolo del testimonio válido.
Para que algo pueda ser demostrado como verdadero debe contar con la declaración de, al menos, dos testigos. Si recordamos los pasajes evangélicos que dan noticia de la resurrección de Jesús, comprobamos que en muchos de ellos aparecen dos o más testigos.
“… se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes.” (Lc 24, 4-6) “Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro.” (Jn 20, 4. 7-8) “… se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea.” (Mc 16, 12) “… iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús.” (Lc 24, 13-15)
No se puede forjar una historia falsa refiriéndose a tantos testigos. Estamos seguros. Pedro y Juan suben al templo y dan testimonio de la verdad de la resurrección.
En este contexto se comprende que los textos de Pascua, además de poner por testigos acreditados a los Apóstoles, además de lo que afirmaron las mujeres, refuercen el argumento porque no sólo vieron al Señor, sino que lo abrazaron, escucharon sus palabras, comieron y bebieron con Él.
San Juan, en su carta, llega a afirmar:
Al final, como Santo Tomás, desmontadas todas nuestras posibles reservas, podemos reconocer a Jesús resucitado: “Señor mío y Dios mío”.

Feria
Jn 17,11b-19. Que sean uno, como nosotros.
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