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Los sentidos abiertos. II Lunes de Adviento

Angel Moreno -

II Lunes de Adviento

(Is 35, 1-10; Sal 84; Lc 5, 17-26

Los sentidos abiertos

Cuando leemos en las Sagradas Escrituras relatos que se refieren a los sentidos corporales, solemos interpretar que se trata de narraciones milagrosas acerca de los que padecen ceguera, sordera, parálisis, mudez… y son curados.

Sin negar que Dios, por medio de Jesucristo, pueda abrir los ojos al ciego, desatar la lengua del mudo y dar movilidad al paralítico, la Palabra de Dios tiene unos destinatarios más amplios que los discapacitados.

Cuando hoy leemos: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará”; “la misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo”, no nos encontramos solo con un mensaje reduccionista, aplicable a los dolientes, sino con una proclamación que nos alcanza a todos.

Se trata de un anuncio liberador para todos y de una esperanza para que nos abramos a la fe, a ver la realidad desde una perspectiva con mayor horizonte que el presente. Son los sentidos interiores los que, por gracia, se dejan penetrar por la luz que ilumina la realidad de trascendencia. Son los oídos del corazón que, atentos, escuchan y guardan el mensaje de la Palabra.

Una posibilidad de ver las cosas de otra manera y de escuchar dentro de nosotros mismos una voz diferente, es acoger el perdón, el que hoy ofrece el Evangelio al paralítico en Cafarnaúm. Cuando uno se siente perdonado, recobra la agilidad incluso física, porque se ha descargado del peso de la mala memoria.

Jesús le dice al paralítico: -«Hombre, tus pecados están perdonados.». Esta expresión está enclavada en una actitud solidaria. Los amigos del enfermo son los que propician, por su fe –“viendo la fe que tenían”-, la acción favorable de Jesús.

En un mundo de increencia, de pérdida de fe, de entumecimiento social y personal, los creyentes podemos ejercer  el servicio solidario y de caridad de llevar ante Jesús a quienes padecen la limitación de los sentidos espirituales.

Un servicio de misericordia es sin duda dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar al enfermo… Y también orar por los que no ven, por los que no creen, por los que no oyen, por quienes se quedan atrapados en los sonidos ensordecedores.

La fe mueve montañas. Quizá entre los creyentes se extiende la convivencia con la realidad opaca, sin atrevernos a ofrecer el testimonio saludable de la luz que nos ilumina la mirada, y del acompañamiento que nos hace la Palabra en el corazón.

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