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Los héroes (y santos) existen todavía

José Rovira cmf -
A veces nos quejamos de que hoy día no hay ni héroes ni santos, sólo egoísmo y la ley de la selva. Y damos como prueba que los periódicos solo nos hablan de peleas, homicidios... No es verdad; o, al menos, no toda. ¿Recuerdan Uds. la cantidad de gestos heroicos, hechos con la mayor sencillez y espontaneidad por parte de cantidad de vecinos anónimos cuando tuvo lugar el monstruoso atentado de Madrid, el pasado 11 de Marzo? Gente que inmediatamente dio una mano en lo que pudo, llevaba de comer a los voluntarios y bomberos que trabajan en sacar a los muertos y heridos de los trenes, dio su sangre para los heridos, participó por millones en la manifestación silenciosa del día siguiente en toda España...? No, gracias a Dios, la realidad es mucho mejor; y de vez en cuando incluso los periódicos nos lo demuestran. Basta estar atentos a cuanto sucede. Aquí les ofrezco algún caso menos conocido por el gran público, pero no por eso menos positivo. La gente extraordinaria efectivamente existe. Hace pocas semanas se estrelló contra una montaña cerca de Cagliari, en el sur de Cerdeña, un pequeño avión Cessna 500, con seis personas a bordo. Viajaba ahí un equipo médico del hospital de aquella ciudad que transportaba un corazón para transplantar. Los componentes eran el responsable del reparto de cardiocirugía Alejandro Ricchi de 52 años, su asistente Antonio Carta de 58 años y el técnico Juan Marcos Pinna. Con ellos y dos pilotos, los austríacos, Helmut Sullner y Thomas Giacomuzzi, viajaba también Daniel Giacobbe que estaba efectuando un vuelo de adiestramiento. La extracción del órgano había tenido lugar en el hospital San Camilo de Roma. Había pertenecido a una mujer de 44 años. La avioneta para emergencias sanitarias había despegado a las 5 de la madrugada de la capital. Necesitaban ir rápidos porque ya se sabe que un órgano puede sobrevivir a lo más cinco horas desde que se saca de un paciente hasta que se implanta en el otro. No se puede perder un minuto. El equipo médico y aéreo está siempre preparado para despegar con urgencia en dirección a cualquier parte de Italia. Toda una carrera contra el tiempo, contra la muerte, en favor de la vida. Todos los días. En todas direcciones. Sin pretender que luego hable de ello la prensa o el telediario. Se hace y basta. No se sabe exactamente qué pasó. En el último contacto con la torre de control el piloto había comunicado que todo seguía regular y se estaban acercando al aeropuerto sardo. De pronto el aparato desapareció del radar. Alguien contó que había visto una bola de fuego en dirección de la montaña. Es una zona montañosa, con fuertes ráfagas de viento. Había, además, niebla aquella mañana. De suyo el piloto al último momento había cambiado en parte la ruta, probablemente buscando un atajo para llegar cuanto antes. Fue fatal. Quizás este conjunto de cosas lo explique todo. El Presidente de la República Italiana, sabida la noticia, los ha llamado: “Nuestros héroes de hoy día”. Seis muertos para salvar una vida. La enferma de Cagliari, que estaba esperando la llegada del órgano, ya había sido cloroformizada. Su equipo médico esperaba solamente el aviso de que el avión había llegado. Sabida la desgracia y que la intervención no podía tener lugar, los médicos la despertaron. Al volver en sí, su primera pregunta fue: “¿Qué tal ha ido la operación?” (¡!). Hablando del caso, declaró Francisco Musumeci, 50 años, primario del hospital romano de donde habían partido los del equipo: “He participado en centenares de transplantes de corazón: es siempre una carrera contra el tiempo. Y, durante el viaje en avión o helicóptero, decenas de veces he tenido miedo, mucho miedo de morir, sobre todo debido a mal tiempo. No obstante, en estos casos basta pensar en el enfermo que vas a salvar y toda duda desaparece”. Todavía conmovido por la muerte de sus compañeros, se desahogaba diciendo: “Es difícil de aceptar la muerte de estos médicos, pero es igualmente difícil olvidar los rostros de los enfermos que mueren esperando un órgano. Y son muchos, demasiados”. Ante aquellos rostros, ¿cómo se puede dejar de arriesgar aunque sea la propia vida? Le preguntaron a ver si se escoge este tipo de trabajo por dinero, a lo que respondió casi con sobresalto: “¡Ni soñarlo! ¡Demasiado arriesgado! Es una opción personal, que se hace por amor a los enfermos, por altruismo y pasión. La sonrisa de un paciente en fin de vida que se ve salvado con el transplante, no tiene precio. Cuando se habla de salud no se pueden hacer siempre cálculos económicos”. Trato de imaginarme con qué brazos abiertos de par en par nuestro buen Padre Dios habrá acogido en su gloria para siempre a aquellos seis “aventureros” de la misericordia para con el prójimo. ¡Cómo se habrá reconocido en ellos! Y, para concluir, junto a esta noticia “heroica”, otra más sencilla, casera si quieren..., hoy día que nos debatimos con el problema de los inmigrantes venidos de Dios sabe dónde. Lo contó hace unos días un párroco de Roma. Un día se le presentó un inmigrante musulmán con un sobre. Dentro había una modesta cantidad de dinero. Ante la pregunta curiosa del sacerdote sobre el por qué del gesto de aquel no cristiano, el secuaz de Mahoma le respondió. “Cuando yo llegué y tuve necesidad, sólo la Iglesia Católica me ayudó. Poco a poco he conseguido encontrar un trabajo digno, una casita y traer a mi familia. Ahí tiene Ud. eso para que no se desanimen y ayuden a otros”. Dice una tradición musulmana que Alá Dios dividió la misericordia en cien partes. Noventa y nueve se las quedó para administrarlas Él, y la otra la distribuyó entre todos los hombres. Me imagino un posible abrazo entre Alá y nuestro Padre. O, mejor dicho, no: porque Dios no hay más que uno, es siempre el mismo. El abrazo, en todo caso, debe ser entre Él y nosotros, y entre nosotros mismos. Arrivederci!
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