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Los dos testigos

Ángel Moreno -
En los relatos evangélicos de las escenas de Pascua, con frecuencia aparecen cifras, números, referencias simbólicas en clave cabalística o jurídica. Es el caso del número dos.
 
Podríamos comenzar con el número uno o primero, pero ya nos hemos referido suficientemente a él al hablar del primer día de la semana.
 
El número dos lo deberemos interpretar como aval para la validez del testimonio, referido a personas o a percepciones sensoriales.
 
Dos fueron los discípulos que corrieron en la mañana de Pascua: Pedro y el discípulo amado. Dos fueron los discípulos que caminaban hacia la aldea de Emaús y volvieron corriendo a decir a los demás, reunidos en Jerusalén, su experiencia. Pedro y Juan subían juntos al templo, cuando la curación del paralítico. Esta concreción tiene una intención objetivadora, para que la predicación de los Apóstoles sobre la resurrección de Cristo esté fundamentada, al menos en dos testigos.
 
En la misma clave objetivadora se debe interpretar la referencia a la percepción de la presencia de Jesús a través de los sentidos, cuando se alude, por lo menos, a dos de ellos como experiencia: “Nosotros, que hemos comido y bebido con Él”, en clara alusión a las palabras de Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.” (Jn 6, 54).
 
Jesús se entrega enteramente, y el autor sagrado lo testifica por doble motivo: “Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.”(Jn 19, 34) “Éste es el que vino por el agua y por la sangre: Jesucristo; no solamente en el agua, sino en el agua y en la sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la Verdad.” (1 Jn 5, 6-7). Ante estas palabras, evocamos la conversación que tuvo Jesús con Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. » (Jn 3, 5).
 
En el momento de ratificar los signos que hacía Jesús, encontramos, de nuevo, la referencia dual: “Dos ciegos gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9, 27). Pero es sobre todo el texto del envío de los discípulos el que confirma la voluntad del autor sagrado de dar a la misión la garantía de la verdad: “Y llama a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. (Mc 6, 7)
 
Sorprende que, a la hora de tener que encontrarnos con Jesús, en el último día, el mejor testimonio de haber vivido según Dios que pueda ser motivo de bendición, consista nuevamente en las mismas referencias: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber.” (Mt 25, 35)
 
Para siempre podremos hacer presente a Jesús cuando dos o más nos reunamos en su nombre. «Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». (Mt 18, 19-20)
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