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Los ángeles prefieren la música de Mozart

Josep Rovira cmf -

Un hombre tan serio como el famoso teólogo protestante Karl Barth (1886-1968) dijo en 1956: Quizás los ángeles, cuando cantan ante el trono de Dios, usan la música de Bach; pero, estoy seguro de que, cuando se encuentran entre ellos, suenan alguna de las composiciones de Mozart. Y, desde lejos, disimuladamente, el Señor les escucha de buena gana, llevando el ritmo con el pie y tarareando en voz baja…

Estamos celebrando este año los 250 años del nacimiento del salzburgense (1756-1791) cuyo nombre completo era: Johannes Chrysostomus Wolfgang Sigismundus Theophilus Mozart, llamado Amadé (amado por Dios) y mucho más tarde Amadeus. El músico preferido, no sólo por el profundo Barth, sino también por nuestro Benedicto XVI, que continúa sonando sus obras al piano en los momentos de descanso; y, entre otros, fue también el preferido por el filósofo Sören Kierkegaard, por el teólogo de la belleza Hans Urs von Balthasar y el “incómodo” Hans Küng, compañero de profesorado -éste último- del joven Ratzinger en la Universidad de Tubinga y en los corredores conciliares del Vaticano II. Y, sin ir más lejos, ¿quién de nosotros no ha tarareado alguna vez el primer tiempo de la sinfonía n. 40 (tararát, tararát, tararára…), o la marcha turca (tatatá, tatatá, tatatatatatatáta…), o el comienzo de “Eine kleine Nachtmusik” (tá, tatá, tatatatatatá…)?; temas musicales que se oyen hoy día a veces (¡profanados!) incluso en la sintonía de espera de algún teléfono fijo o móvil…

Pero, ¿quién era ese niño prodigio, que vivió apenas 35 años y nos dejó 626 piezas musicales entre sinfonías, conciertos, óperas, misas, música de cámara, lieders, motetes, cuartetos y quintetos de cuerda, sonatas para violín o piano o órgano…, que comenzó a componer a los 6 años y no paró hasta el trágico “Requiem” que dejó inacabado? Una música en general alegre, jovial, divertida, como de alguien que disfruta de la vida, y que te da la sensación de que le salen las melodías a chorros, incontenibles, desbordantes, como si fueran la cosa más natural, fácil y espontánea de este mundo… Con motivo de este año “mozartiano” se ha vendido una confección-regalo con “Todo Mozart”: una caja con 170 cd, al precio de solos cien Euros. Y ¿qué nos hubiera dejado si, en vez de los solos 35,  hubiera vivido 57 años como Beethoven, 65 como Bach, 70 como Wagner, 74 como Haendel, y no digamos 88 como Verdi?
Viajó por la Europa de entonces dando conciertos en Berlín, Munich, Bruselas, Praga, París, Londres, La Haya, Amsterdam… y sobre todo Salzburgo y Viena. Tres veces vino a Italia. En Roma le bastó escuchar una sola vez el “Miserere” a cinco voces, de Allegri, para transcribirlo luego de memoria. Parece ser que el conocido motete “Exsultate et Jubilate”, que hoy día canta una soprano, lo compuso para que se pudiera lucir un famoso castrado de la capilla musical del Papa (dado que las mujeres no podían cantar en las iglesias, a los niños que tenían mejor voz les castraban para que al crecer pudieran continuar cantando sin perder la voz blanca).

De Mozart se ha dicho todo y lo contrario de todo, porque fue un poco de todo: niño eterno, sinfonía “sconcertante”, atormentado héroe romántico, frívolo y teatral, mezcla barroca de italiano y alemán (austríaco, hijo de padre bavarés), fuente inagotable de alegría, uno que ganaba y gastaba sin discreción, angélico y vulgar en algunas de sus cartas, católico y masón, libertino y esposo enamorado, deseoso de fraternidad, amistad y... de ayudas económicas (¡!); una prueba en música de la existencia de Dios; teólogo musical; grande como músico y mediocre como hombre (dijo de él su hermana Nannerl)… Como ha dicho alguien (E. C. Bolla), si la fe en Bach es abandono viril, en Haendel es certeza triunfante, en Beethoven drama del hombre ante Dios, en Mozart es pura belleza como evidencia del Ser.

A lo largo de toda su vida se declaró católico ferviente, aunque su modo de comportarse no le gustaba al arzobispo de Salzburgo, Colloredo, que era quien le daba trabajo, hasta que lo licenció a patadas; pero, él no riñó por ello con la Iglesia. Una vida, la suya, rodeada de misterios por sus grandes capacidades musicales (capaz de improvisar al cémbalo con los ojos bendados), por su muerte (¿consecuencia de una enfermedad o de un delito pasional?), porque se desconoce a dónde fue a parar su cuerpo…   

Sobre su fe y su carácter escribía a su padre Leopoldo, preocupado éste por el modo de ser y el ritmo de vida de aquel hijo: “Papá, puedes estar tranquilo, yo tengo siempre a Dios delante de mis ojos. Reconozco su omnipotencia, temo su ira, pero reconozco también su amor, su compasión y su misericordia para con sus criaturas. Él no abandonará nunca a sus siervos. Todo lo que va según su voluntad, me gusta también a mí; por lo tanto, nada me puede faltar, y yo estoy feliz y contento” (25 de Octubre 1777). “… No me acuesto nunca por la noche sin pensar que tal vez (a pesar de que soy todavía joven) a la mañana siguiente podría no existir. Sin embargo, quien me conoce no podrá decir que yo esté de mal humor o triste. De esta felicidad doy gracias cada día a mi Creador y la deseo de todo corazón a mi prójimo…” (4 de Abril 1787). Y poco después de haberse casado con Constanze Weber: “Antes de casarnos, hemos ido juntos durante un largo período a la santa Misa para confesarnos y recibir la comunión; y he descubierto que nunca había orado con tanta intensidad, que nunca me había confesado y comulgado con tanta devoción como cuando estaba junto a ella, y también para ella ha sido así” (17 de Agosto 1782).   

Parafraseando una sentencia pronunciada en un contexto totalmente diverso, podríamos quizás definir la vida y obra de este salzburgense, bajo de estatura, espadín y peluca barroca, grande como músico, frágil de salud y contradictorio como hombre: “Por la música hacia Dios”.

Arrivederci!

J. Rovira cmf.

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