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Lo que el viento se llevó... y lo que no se llevó

Josep Rovira, cmf -

Leyendo un par de noticias vaticanas de estos días me he acordado del famosísimo film de Víctor Fleming: “Lo que el viento se llevó” (1939). 

“Lo que el viento se llevó” ha sido el hecho de que hemos celebrado los cuarenta años desde que Pablo VI suprimió los Cuerpos armados pontificios, el 14 de Septiembre 1970. Un año famoso porque fue también entonces que dicho Papa quitó la pena de muerte de la legislación Vaticana (¡!), aunque a decir verdad no se aplicaba ya desde los tiempos del Beato Pío IX. Poco antes del centenario de la toma de Roma con el asalto de la “Puerta Pía” (20 septiembre 1870) que señaló el final del poder temporal de los Papas,  Pablo VI anunció en un discurso su decisión de suprimir los Cuerpos armados pontificios –creados por Pío IX después del ingreso en Roma de las tropas italianas-, a excepción de la antiquísima “Guardia Suiza”. El motivo era doble: semplificar las estructuras internas del Estado Vaticano y dar más relieve a la dimensión espiritual de la misión de los Papas. Pablo VI reunió a los representantes de dichos Cuerpos, les agradeció los servicios prestados y los animó a ser buenos ciudadanos y católicos ejemplares.

Ya hacia el final de los años cincuenta, al principio de su pontificado, el Beato Juan XXIII (1958-1963) había invitado a la Guardia Noble a meter las espadas en la vaina durante las funciones papales, y a la Guardia Palatina a dejar el fusil en el cuartel durante los servicios prestados en las basílicas romanas. El mismo Pablo VI (1963-1978), una vez elegido Papa, mandó abandonar el uniforme napoleónico. Quedan ahora solamente los guardias suizos, llamados así porque son jóvenes suizos católicos que voluntariamente cumplen aquí y de este modo su servicio militar. En el año 2006 celebraron su quinto centenario, y su misión actual es simplemente de vigilancia. A ellos se añade, creado por Pablo VI en 1971, un Cuerpo de Vigilancia (o Cuerpo de Gendarmería) no militar, que vela por la seguridad del Estado Vaticano y dedica el tiempo libre a iniciativas caritativas y culturales. 

En cambio, lo que el viento no se ha llevado, sino al contrario, ha sido la apertura, después de tres años de modernización, de la Biblioteca Vaticana (fundada en el año 1447 por orden del Papa Nicolás V). Anunciando la noticia, decía el cardenal bibliotecario, Rafaelle Farina (salesiano): “No recuerdo haber visitado ninguna vez al Papa Benedicto XVI en estos últimos tiempos sin que me preguntara cómo iban las obras y si se concluirían en la fecha stablecida”. El pasado lunes día 20 de septiembre, finalmente se abrió la “nueva” Biblioteca Vaticana, la más importante biblioteca humanista-renacimental que exista: cerca de un millón de libros, 8.400 incunables, 74 mil documentos de archivo, 150 mil manuscritos, 100 mil grabaciones y láminas, 300 mil medallas y monedas, 20 mil obras de arte. Un tesoro cultural que las autoridades vaticanas cuidan con extremo esmero; una grande responsabilidad, que va más allá del hecho de que se trate de algo católico o no. Es un servicio a la humanidad entera a lo largo de los siglos, un servicio a todo hombre. Espiritualidad y ciencia, fe y razón, no se contradicen sino que se completan y enriquecen mutuamente. 

Durante estos tres años, ha sido rehecho el bunker subterráneo que guarda, controlando la temperatura y el grado de humedad, códigos paleocristianos y manuscritos griegos, árabes, persas, hebreos, coptos... Además, los estudiosos encuentran ahora el acceso informado con “badge”, “wi-fi” en las salas de consulta, espacios ampliados para la lectura, microchips aplicados a los volúmenes para poder seguir el movimiento de los libros y evitar robos (¡que de todo sucede en la viña del Señor...!) o simplemente que un libro acabe por equivocación fuera de su sitio correspondiente, y un “web” renovado (www.vaticanlibrary.va). Como decía feliz el prefecto, Mons. Cesare Pasini: “Ahora ya sólo falta la presencia amiga de nuestros estudiosos...”. Cada año suelen ser unos veinte mil los investigadores especialistas, provenientes de todo el mundo, que frecuentan la Biblioteca. Cada estudioso al inscribirse recibe ahora un carnet (con microchip Rfid) que incluye una llave que le permite abrir los armarios en que tal vez esté lo que busca. Además, en el momento de la inscripción, a cada estudioso se le da una “password” que le facilita el poder entrar en la red interna, incluso a través del propio computer, y consultar los catálogos y otros datos en línea (de momento es posible sólo para los manuscritos) o pedir los códigos que desee consultar. La admisión en la Biblioteca es gratuita, pero reservada a trabajos de investigación científica; se admiten, por lo tanto, investigadores y estudiosos cualificados, docentes y universitarios, estudiantes doctorados que preparan una tesis para el doctorado de investigación, excepcionalmente doctorandos que documenten que necesitan consultar material que sólo se halla en esta biblioteca. Todo ello está pensado en función del orden, la seguridad y un mejor servicio a los estudiosos. 

Es verdad que, a lo largo de la historia, ha sucedido de todo; y también la Iglesia no pocas veces (hasta nuestros días) ha prohibido o mandado destruir libros, o meter en la cárcel e incluso condenar a muerte a quien no profesaba la doctrina oficial (la Inquisición)... Y ya se sabe: quien quema libros, quema al hombre. Pero, también es verdad el “amor” que se ha tenido a la cultura; basta pensar que fueron los monjes, durante siglos, quienes salvaron la cultura grecorromana cuando las invasiones de los bárbaros, recogiendo obras de arte o recopiando libros en los monasterios. Si no hubiera sido por ellos, habríamos perdido buena parte, si no casi todo lo que nos había legado la antigüedad. En el Medioevo, fue también la Iglesia quien “inventó” las Universidades. Desde siempre, millares y millares de religiosos se dedican a la enseñanza, a escribir o a profundizar las ciencias: ¡cuántos inventores y descubridores de todo tipo han siglo frailes o clérigos, además de laicos! En tierras de misión, ya se conoce la “trilogía” que los misioneros han establecido siempre: la iglesia, el hospital y la escuela; es decir, todo el hombre: su cultura, su salud y su fe. El mismo periódico vaticano, “L’Osservatore Romano”, todos los días dedica páginas a artículos culturales de todo tipo y sobre toda ciencia.

En fin, hay cosas que, “gracias a Dios” (otras veces, en cambio, “por desgracia”) el viento se llevó; y otras que no lo ha logrado. Si el cristiano, la comunidad eclesial, olvida el estudio, olvida al hombre al cual tiene la misión de anunciar la Buena Nueva. Y Dios ha creado al hombre entero.

¡Ah!, me olvidaba de una última noticia. Se trata de viento; pero, esta vez del viento del Espíritu. El pasado 18 de septiembre participé en la Ordenación Sacerdotal de un joven religioso que conozco desde hace varios años. La celebracion tuvo lugar en su pueblecito del sur de Italia, en una región famosa por muchas cosas buenas y... por las infiltraciones mafiosas. La Iglesia parroquial estaba abarrotada de gente que participó con una fe y un calor humano y espiritual típico del sur. Pero, todavía me impresionó más, si cabe, la figura del obispo ordenante: un hombre que, antes de ser sacerdote, había sido obrero; sencillo y humilde, que respira convicción evangélica por todos sus poros, pero que, al mismo tiempo, sabe hablar con claridad y sin miedo a nadie.. y, claro está, ya ha sido amenazado por la criminalidad de la zona... Esto también sucede hoy día; y esto no se lo lleva el viento porque, dentro de lo humanamente posible, es Evangelio al estado puro. 

Arrivederci!

J. Rovira, cmf.

 

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