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“Lo que el viento se llevó”, o algo parecido

Josep Rovira cmf -
Hace ya varios decenios que salió una película famosa: “Lo que el viento se llevó”. Todavía la pasan de vez en cuando por la tele o en alguna sala de cineforum. Su música era y es de lo más romántico que he escuchado en mi vida.

Ha acabado el período de vacaciones de verano en este continente europeo. Haciendo un repaso de lo que he vivido, me ha venido a la mente el título de aquel film y he pensado compartirlo con Uds.

En realidad estuve solamente diez días escasos de vacaciones en mi tierra durante el ya “lejano” mes de Julio, dado que normalmente vivo en Roma, como Ud. saben. Lo demás ha sido tiempo de trabajo aquí o allá.

Los días transcurridos con parientes, amigos y conocidos fueron muy variados. Experimenté lo que suele suceder más o menos siempre y en todas partes. Hay quien te quiere a rabiar (¡ay de tí si no le visitas!) y me he dejado querer, sin abusar...; porque no sólo necesitamos amar sino sentirnos amados. He procurado pagarles con la misma moneda. Hay quienes te quieren como persona y apenas te toleran como cura; creo que hay que quererles sin distinción de convicciones ni de individuos. Lo demás es problema de ellos. Hay incluso quien notas que te evita; pero, si le he encontrado no le he ahorrado mi saludo dándole a entender que por mi parte el puente continúa siempre echado y la puerta abierta. Considero que muchas veces es evangélicamente más eficaz un: “¡Hola!, ¿qué tal?, ¿cómo estás?, ¿y los tuyos?”, con un suficiente y sincero apretón de manos, que no un sermón de alta teología o una parrafada sacada del magisterio oficial. Como dijo el Papa hace tiempo, a propósito de lo que sucedía en Tierra Santa: “Hay que construir puentes, no muros”.

Me imagino que Nuestro Señor debía hacer algo parecido, aunque el Evangelio nos haya transmitido solamente sus mensajes espirituales y los comentarios de los evangelistas. Siempre he pensado que en las comidas debía contar más de un chiste (¿recuerdan “La vía láctea” de Buñuel, en que Jesús cuenta chistes durante un banquete?), o proponer bonariamente un acertijo (¡los hay en los Evangelios!), y que sonreía más de lo que nos pueda dar a entender una primera y superficial lectura de aquellas páginas. Y la verdad es que me parece descubrir entre líneas un sutil sentido del humor en muchos de sus encuentros con la gente en general y con ciertos personajes en concreto;  sobre todo en sus parábolas. ¿Cómo no iba a ser así si, como nos narra san Juan, Él no vino a condenar sino a salvar? ¿Cómo no iba a ser atrayente y simpática humanamente su figura, además de justa y buena, si la gente le seguía por todas partes y no sólo para que les diera de comer o les curara, sino para escucharle? Basta recordar aquella vez en que Jesús quería estar solo con los apóstoles en un lugar solitario para descansar un poco, ya que “no tenían tiempo ni para comer”. Les mandó que despidieran a la gente y se dirigieran en barca a la otra orilla del lago. Pero, la gente se echó a correr, se les adelantó y, al desembarcar, se encontraron que de nuevo les esperaban. Entonces, “Él sintió compasión de ellos y se puso a hablarles de nuevo” (Mc 6, 30-34). Desde siempre un predicador frío y aburrido no atrae a nadie. Hagan la prueba de leer los Evangelios desde esta perspectiva y verán qué sorpresas.

¿Y de dónde sacó sus mensajes de alegría aquel hombre más bien escorbútico, como parece que era san Pablo, sino de su Jesús?: “... el que ejerce la misericordia, lo haga con jovialidad” (Rom 12, 8), porque “Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9, 7). De ahí que: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito (por si no habían entendido bien), estad alegres” (Fil 4, 4). En fin, “que vuestra conversación sea siempre amena, con su pizca de sal...” (Col 4, 6). Después de todo, ¿no es el Evangelio una “eu anguelion”, una “buena noticia”, algo que comunica alegría? Ya había dicho, con su típica sabiduría jovial, campesina e irónica, el Beato Juan XXIII: “La Iglesia Católica no es un museo de arqueología, sino la antigua fuente de la aldea, que da agua a las generaciones de hoy como la dio a las de ayer” (AAS 1960, p. 963). Y Benedicto XVI ha repetido una vez más, en su entrevista a Radio Vaticano el pasado 13 de agosto: “La fe cristiana es, ante todo y sobre todo, una propuesta positiva, y no un cúmulo de prohibiciones”. Optimismo y buen humor que no es solamente bíblico y teológico, sino inevitablemente también humano. ¿Sabían Uds. que en dicha entrevista el ex-cardenal Ratzinger y actual Benedicto XVI dijo, entre otras muchas cosas profundas y serias: “Yo soy un hombre al que vienen contínuamente a la memoria chistes”? (¿Quién lo hubiera jamás imaginado?).

Volvamos a la experiencia veraniega. Además de muchas cosas buenas, uno se ha enterado de otras tantas miserias. Basta abrir el periódico, encender la tele, escuchar lo que te cuentan amigos y parientes, o simplemente mirar alrededor sin ir más lejos: que si la nefasta guerra oficialmente no declarada entre israelíes y herzbollahs-libaneses, que si la diaria lista de atentados con muertos y heridos en Iraq, las bombas estalladas en el tren de Mombay y las que podían haber explotado en diez aviones en pleno vuelo entre Londres y Estados Unidos, los misiles norcoreanos, los accidentes de carretera, la subida de precios...; y, entre las cosas buenas, los nuevos nombramientos importantes en el Vaticano: el salesiano Bertone, Secretario de Estado; el jesuita Lombardi, Portavoz de la Santa Sede; el franciscano conventual Gardin, Secretario de Religiosos... (Se va perfilando la nueva “Curia Ratzingeriana”). Pero, ¿por qué los noticiarios radio-televisivos tienen que ser, en cambio, todos los días tan generosos en desgracias y tan avaros en cosas buenas que también suceden? Habría que preparar dos telediarios, el optimista y el pesimista, porque ambos son verdad; y luego barajarlos en la pantalla, dejando siempre al final la sensación de que no vivimos en la luna sino en un mundo salpicado de luces y sombras, contradictorio, simpático y ridículo, bueno y cruel, al mismo tiempo... ¡Necesitamos dejar siempre abierta la puerta a la esperanza y a lo positivo para que pueda crecer! Yendo por ahí, y leyendo detrás de muchas caras y fachadas, estoy convencido de que la mayoría de nosotros, los humanos, somos más buenos que malos, y que incluso detrás de quien hace barrabasadas hay un corazón que late, aunque a veces sufra de insuficiencia mitral-moral. Habría que hablar de la gente, no sólo cuando se sale de vereda y nos recuerda a Judas, sino en su vida cotidiana, cuando se afana apretujada y sudorosa para llegar a tiempo al lugar de trabajo, saluda efusivamente a un amigo por la calle, da una mirada enamorada al cónyuge o un beso incondicional a sus críos... Pero, claro, esto no aumentaría el número de ventas o la escucha... (o ¿quién sabe?). Así como a veces es igualmente verdad que te encuentras con alguien que no merecería el adjetivo “humano” y hay que estarle atentos; si bien quien paga el peor precio por la propia indignidad es ante todo quien es así. Y hay quienes más que malos son humanamente pobres, no dan para más, se han quedado interiormente raquíticos, vacíos o casi. No hay semilla, por buena que sea, que crezca si no se la siembra y riega, si no se la planta en tierra buena. Como todos los veranos, hay todavía demasiado pirómano por ahí que se dedica a quemar bosques en vez de calentar corazones...

“Lo que el viento se llevó” nos presenta hacia el final un gran incendio que arrasa los lugares de aquella historia; pero, acaba con un principio de nueva esperanza y un arranque de melodía –la que ha ido acompañando los momentos culminantes de la narración- que nos envuelve en un grande abrazo, como diciendo: “Lo del incendio es verdad, como los amores y delitos de la trama que han visto; pero, la esperanza no muere nunca, y con razón”. Según el gran poeta italiano medieval, Dante Alighieri, sólo en el infierno no existe ninguna esperanza; efectivamente, sobre la puerta de aquel lugar está escrito, según él: “Dejad toda esperanza, quienes entráis” (“Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”, Inferno III 9). Mas, quién sabe si tendrá razón aquel gran teólogo católico que fue Hans Urs von Balthasar cuando en cierta ocasión se le escapó el decir que: “El infierno existe...; pero, quizás esté vacío...”.

Arrivederci!

J. Rovira cmf.
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