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Lluvia sobre el tejado

Hno. Bill Firman (Traducción: Paula Merelo Romojaro) -

Solo las casas relativamente modernas de Sur-Sudán tienen techos de chapa de aluminio o hierro galvanizado. La mayor parte de la gente vive todavía en los tradicionales tukuls. Los tejados de pizarra o teja puede que existan en algunos lugares pero yo no recuerdo haberlos encontrado, aunque sí los he visto de hormigón. Quienes viven en tukuls, que tienen los tejados hechos con paja, nunca escuchan el sonido de la lluvia al caer sobre un tejado metálico. Me han dicho que se oyen otros muchos sonidos (el movimiento de los gekos o las ratas, el crujir de las hojas, las gotas de lluvia al caer en los charcos, el sonido de los mosquitos…). Tengo la sensación de que hay algo reconfortante en el sonido de la lluvia cuando uno puede escucharlo refugiado en casa, acurrucado bajo una manta y caliente. Los relámpagos y los truenos no son amenazadores cuando uno se siente seguro bajo techado. La mayoría de los tukuls que están bien hechos no tienen goteras, pero me pregunto si el sonido de una tormenta será reconfortante o amenazador dentro de un tukul.

De vez en cuando he oído disparos en la noche. Encerrados en casa como estamos, no me han asustado. ¿Cómo me sentiría en un tukul? ¿Cómo me harían sentir los truenos y los relámpagos en un tukul? Realmente no lo sé. Quizás, si fuera negro, la noche me traería una sensación especial de seguridad. Uno simplemente podría desaparecer en la oscuridad. Yo soy consciente de que en esta sociedad, de día, mi blancura destaca. Tener una apariencia diferente a la de los demás puede parecer un problema pero me he dado cuenta de que suele ser a los otros africanos (keniatas, ugandeses, congoleños y etíopes) a quienes se les molesta más que a nosotros los blancos “kawadjas”. Aceptación y seguridad son siempre cuestiones a tener en cuenta allí donde se mezclan las razas de gente que quiere convivir. Me veo a mí mismo entregando mi vida para ayudar a la gente de aquí pero quizás simplemente se me ve como un “tiene” mientras ellos son los que “no tienen”. Los niños, como siempre, son los que reaccionan de forma más honesta. Me encanta dar la mano a los niños pequeños –y no tan pequeños. Parece que les resulta un hecho especial dar la mano a una persona blanca. ¡Quizás tenga algún efecto sobre su propia mano!

Sin embargo, mientras reflexiono sobre lo que nos hace sentir seguros, aceptados, queridos, sé que existe una frustración por encima de todas que bloquea cualquier tipo de aceptación: el idioma. Estoy seguro de que para ser totalmente aceptado uno debe ser capaz de dirigirse a la gente local en su propio idioma. Los primeros misioneros eran capaces de hacerlo. También lo han sido las tres religiosas con las que vivo ahora en Riimenze. Yo me quedo siempre como mudo mientras que ellas saludan, se ríen y disfrutan. Así que supongo que aprender el idioma podría ser la respuesta. Pero me encuentro con el hecho de que mis viejas neuronas ya no absorben ni retienen como solían hacer. No supone realmente ningún problema para nadie, salvo para mí. Las hermanas tienen muy buena relación con la gente. ¡Yo cocino y ellas salen a cuidar de ellos! Las estadísticas muestran la necesidad. En esta parte de Sur-Sudán, la mortalidad por debajo de los cinco años es de 192 por mil: casi uno de cada cinco niños muere antes de los cinco años. Por el contrario, en Italia, el índice de mortalidad por debajo de los cinco años es sólo de 4 por mil. Hace poco, en una noche fría y húmeda, una abuela apareció en nuestra puerta preocupada por su nieta que estaba embarazada. Así que las hermanas Joana y Josephine salieron para hacer frente a la situación y ofrecer la ayuda que pudieran dar. ¡Ayudar a adolescentes embarazadas no es una de mis habilidades! Lo más que pude hacer fue ofrecer mi linterna. Regresaron contando que la chica estaría bien. La gente se sintió reafirmada –y yo también en mi convencimiento de que estar preparado para sanar a los enfermos es realmente una de las bienaventuranzas, una bendición maravillosa.

Entonces, ¿qué estoy hacienda yo aquí? Al final todo se resume en la “lluvia sobre el tejado”, en lo que nos da seguridad. Ninguno de nosotros posee todos los dones, pero juntos somos más fuertes. Y esta es la interesante paradoja de “Solidaridad con Sur-Sudán”. La mayor parte de las congregaciones que participamos en este proyecto no podríamos haber hecho frente a esto solos. Pero aquí estamos, mujeres y hombres juntos, de diferentes tierras y congregaciones, encontrando juntos la seguridad y la fuerza para asistir a la gente de este país. Caminaremos con ellos hasta que puedan caminar solos –y caminaremos juntos compartiendo los distintos dones que cada uno trae.

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