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LLAMADOS A LA LIBERTAD

Braulio Hernández Martínez -
El 25 de enero era el aniversario del anuncio de Juan XXIII convocando -por sorpresa, como un "soplo repentino", como "flor de inesperada primavera"-, el Concilio Vaticano II. También se celebraba la conversión de San Pablo. Un día después era la onomástica de los Tito y Timoteo, dos pilares de Pablo. Ese día asistí a la catequesis LLAMADOS A LA LIBERTAD (en la RED: www.comayala.es), sobre la Carta de Pablo a los Gálatas. Las lecturas del día acompañaban: hablaban del sacerdocio nuevo de Jesús (con el Salmo 110), que El instauró para liberarnos del sacramentalismo formalista y de las "riturgias". En la introducción, el ponente -el sacerdote Jesús López Sáez- tuvo un recuerdo especial para José María González Ruiz, muy identificado con Pablo, especialmente con esa carta paulina. Doy por supuesto que algunos de los presentes no lo conocían y otros le teníamos casi en el olvido. Justo dos días después fallecía. Me quedé transpuesto cuando me enteré de la noticia el día después, 29, ya caída la tarde. \"libertad\"Percibí como una casualidad misteriosa que el ponente nos trajera a la memoria su presencia, en la catequesis sobre la libertad en San Pablo, justo dos días antes de producirse su muerte. Lo viví como una señal, un guiño cómplice que quizá nos anticipaba su presencia misteriosa en una nueva dimensión. Era una buena semana, a su medida, para despedirse. La Carta a los Gálatas es "una carta revolucionaria, pero que está sin explotar". Leyéndola -escuchándola- se palpa al instante un río de comunión entre el primero y el último de los Concilios. El de Jerusalén era el concilio de la libertad cristiana, "provocado por Pablo y Bernabé"; y el Vaticano II era (es) el de la renovación de aquella libertad secuestrada, "provocado" por Juan XXIII. El caso de Pablo quizá sea el prototipo de proceso de conversión más paradigmático, sin vuelta atrás: un integrista, perseguidor ultramontano, convertido en el apóstol de la libertad; convertido en el paradigma de la integración universal. Todo porque "no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (2,20). Ambos concilios se gestaron en un proceso de comunión eclesial. Y en ambos casos, más pronto que tarde, surgieron los poderes fácticos intrusos: "los falsos hermanos que solapadamente se infiltraron para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, con el fin e someternos a esclavitud" (2,4). Se decía de un santo que está en los altares -al que se le piden gracias y favores-, que con el Concilio Vaticano II había entrado el diablo en la Iglesia. Creo que no es difícil imaginarse hoy a S. Pablo enfrentándose cara a cara con los neoconservadores e integristas del momento, que utilizan sus levaduras más para engrandecer el aparato de la estructura burocrática, organizativa y piramidal de la iglesia, que para la transmisión de la fe, en libertad, al modo de Pablo. Hoy también Pablo se pasmaría ante el poderío del derecho canónico con sus 1.752 normas: ¡casi triple que la Ley Judía! Se enfrentaría a los que practican la simulación, la obediencia ciega, para no perder expectativas en la carrera eclesiástica y les echaría en cara que: "evitáis la persecución por la cruz de Cristo" (5,11;6,12). Pedro y el mismo Bernabé también se vieron arrastrados a la simulación (2,11-14). Casaldáliga en una reciente entrevista radiofónica recordaba el dicho sobre la Iglesia: "santa, a la vez que prostituta". Son cada vez más los católicos, sobre todo de comunidades vivas, que se sienten desvinculados de la Iglesia Institución porque la que sienten distante del evangelio, muy apegada al autoritarismo. Quisieran "desapuntarse" para no sentirse utilizados en las estadísticas triunfalistas, las que se utilizan para legitimar eso de la "abrumadora mayoría de católicos", o las "vivas raíces cristianas de España...". Aunque luego algún obispo, con muchos galones, lo contradiga afirmando que "en España se peca masivamente". Se ha encumbrado tanto el autoritarismo en la escala de valores -con su correspondiente cascada de servilismos interesados-, y está tan rebajada la colegialidad en la Iglesia que es difícil entender, con la Carta de Pablo a los Gálatas en la mano, que surjan tan pocos Casaldáligas en la Iglesia viviendo la fidelidad al evangelio desde la "rebelde fidelidad". "Sois hijos de Dios, no esclavos"(4, 6-7). \"\"Pablo hoy, como en su tiempo, viviría la fe desde la resistencia. Muchos obispos y miembros poderosos de la Curia, "adversarios de las decisiones conciliares", le acusarían de actuar al margen de la Iglesia. Y él actuaría en consecuencia -por fidelidad al "evangelio de Cristo"- convencido de que "lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo" (Flp 3,8). "Recordaría que la autoridad del apóstol, sea quien sea, \'no está por encima de la palabra de Dios sino a su servicio" (DV 10). Haría posible, de nuevo, la reprensión que le hizo a Pedro, su Papa: "me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión" (2,11). El desarrollo del Concilio ha sido frenado en seco por la "galopante involución en la Iglesia en los últimos 25 años. Hoy tienen más prédica, y se citan más, los escritos del Juan Pablo II que los textos conciliares". "González Ruiz -\'un oyente de la palabra\', como le define Juan José Tamayo- sabe extraer todo el potencial libertario (de libertad) del cristianismo, expresado por Pablo: \'Cristo nos ha liberado para la libertad. No os dejéis someter otra vez bajo el yugo de la esclavitud" (Ga 5,1). A los que se empeñan que tenemos que pasar por el aro, obligándonos a comulgar con ruedas de molino, Casaldáliga, como Pablo, les recuerda que "la fe es resistencia". Y que "Quien os perturba, cargará con su sentencia" (Ga 5,10).
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