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Leyendo los signos de los tiempos

Ronald Rolheiser (Trad. Carmelo Astiz, cmf) -
Se cuenta una historia sobre la poetisa rusa Anna Akhmatova. Durante las purgas de Stalin, estaba ella una mañana de pie frente a la cárcel, juntamente con algunas otras mujeres -todas ellas tratando de entregar cartas y paquetes a sus seres queridos, encarcelados dentro-. Su espera se tornaba aún más penosa, porque ni siquiera sabían con seguridad si sus seres queridos estaban todavía vivos, y también por el hecho de que los guardias les hacían esperar sin necesidad durante horas interminables, simplemente para imponer su autoridad. Pero, si querían enviar mensajes a sus seres queridos, no tenían otra opción sino esperar. Esa mañana, una de aquellas mujeres reconoció a la poetisa, se le acercó y le preguntó: "¿Puede describir esto?" Akhanova replicó: "Sí, puedo", y se cruzaron una sonrisa.

¿Qué había sucedido? ¿Por qué esas mujeres, atrapadas en la locura de un dictador, intercambian una sonrisa? Porque el describir algo, o simplemente el llamar a algo propiamente por su nombre, de alguna manera te pone ya a ti por encima de ello. Poner nombre a algo es de alguna manera trascenderlo, no estar totalmente aprisionado por ello, de alguna manera ser libre frente a ello, aun si, como Stalin, te atenaza bajo su yugo. Dar nombre a algo con propiedad -o describirlo- puede ser profético, un acto desafiante, un acto de libertad. Efectivamente, eso es lo que hacen los profetas. Éstos no predicen el futuro; más bien, llaman por su nombre al presente con propiedad – con frecuencia de una forma que muestra la ausencia de fe y la injusticia del mismo presente.

Hace casi quince años, David Tracy escribió un Libro titulado "Nombrando el Momento Presente". En él, con una objetividad que la mayoría de nosotros sólo podemos envidiar, trató de dar nombre, filosóficamente, al momento presente dentro de la cultura secular, para destacar lo mejor que hay en el interior de los prejuicios liberales y conservadores. Su ensayo rezumaba esperanza y nos mostró la dirección que hay que tomar, de la misma manera que acudir a un buen doctor nos da esperanza y dirección con respecto a nuestra salud. Un buen diagnóstico es el prerrequisito para una buena receta médica, igual que un mal diagnóstico, mala asignación de nombre, lleva a una receta mala o por lo menos inútil. Presiento que hoy, tanto en la Iglesia como en el mundo, hay mucha descripción y asignación de nombres muy poco exactas. Necesitamos, tanto para un mejor diagnóstico como para una mejor profecía, llamar con mayor exactitud por su nombre a nuestro momento de fe actual. Cuando no sabemos todavía dónde ubicarlo, un síntoma de enfermedad nos hace sufrir al máximo.

Pero hay más todavía: Llamar a algo propiamente por su nombre es también una forma de oración. Jesús llamó a esto "leer los signos de los tiempos". ¿Qué quiere decir Jesús con esa expresión?

Lo que Jesús pensaba no era tanto que debiéramos tratar de estar intelectualmente en sintonía con todas las tendencias culturales, sicológicas y religiosas de nuestro tiempo. "Leer los signos de los tiempos", para Jesús, significaba tratar de interpretar lo que está ocurriendo en nuestras vidas, individual y comunitariamente, de modo que sepamos discernir el dedo de Dios dentro de las actividades externas de nuestras vidas. A este intentar ver y percibir la mano de Dios, mis padres lo llamaban "divina providencia"; es decir, intentar oír lo que Dios nos está diciendo al interior de los acontecimientos externos de nuestra vida.

Hay un rico fondo bíblico que ilumina esto. Efectivamente, de muchas maneras, esa actitud es central para la fe de Israel en las Escrituras judías. Según los israelitas, nada ocurría como mero accidente. El dedo de Dios estaba siempre en cada acontecimiento, por muy secular o accidental que pareciera, y la tarea de fe consistía en tratar de leer lo que Dios decía en cada acontecimiento. Por ejemplo, si Israel perdía una guerra, no era porque el ejército opositor tuviera soldados superiores. Era porque Dios intentaba enseñar algo a Israel; se suponía que en esa derrota había algo importante que Israel tenía que aprender. Así mismo, si había sequía, no era por un calentamiento global existente, sino porque, por razones que Israel tenía que discernir, Dios quería que ese año el pueblo viviera con menos bienestar. Para Israel nada era puramente accidental; el dedo de Dios estaba de alguna manera dentro de cada acontecimiento, trasmitiendo mensaje al pueblo.

James Mackey definió una vez la "divina providencia" como una conspiración de accidentes a través de los cuales Dios habla al hombre. Eso suena muy cercano a lo que San Juan de la Cruz pensó cuando dijo que el lenguaje de Dios es la experiencia de que Dios escribe en nuestras vidas. Nuestra tarea consiste en leer ese lenguaje, y lo leemos cuando llamamos propiamente por su nombre a los acontecimientos de nuestra vida.

El hacerlo así tiene tres efectos: Es profecía, describe y da nombre a nuestra fe y a nuestra falta de fe, a nuestra justicia y a nuestra injusticia; es diagnóstico, pues indica la correcta receta para ayudarnos a remediar nuestras desgracias; y, lo más importante, es una forma de oración, intenta oír lo que Dios nos está diciendo en los acontecimientos externos de nuestra vida.

Hoy tendemos demasiado a nombrar y describir las cosas conforme a nuestra ideología particular, liberal o conservadora. Esto es cierto tanto en la política como en la Iglesia. El reto consiste en ser más cuidadosos y, especialmente, más entregados a la oración. No todo se puede remediar o curar, pero habríamos de llamar a todo propiamente por su nombre.
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