icono estrella Nº de votos: 0

«Las petroleras están temblando desde que Evo Morales llegó al poder, lo sabe todo el mundo»

José Luis González Miranda, misionero -

José Luis González Miranda habla claro pero dulce, trabaja duro y huye del protagonismo como alma que lleva el diablo. A veces, incluso, huye del mundo. Se para y contempla dentro y fuera, para volver después, con más ímpetu espiritual, al trabajo terrenal en distintos puntos de Latinoamérica, a donde llegó hace ya 15 años. Ayer comenzaba un mes de silencio. El silencio, una de las pocas cosas que se atreve a recomendar, «aunque sean sólo unos pocos minutos al día». Lo entrevista Azahara Villacorta en La Nueva España.

-Con líderes como Morales o Lula, ¿soplan vientos de cambio?

-Hay gobernantes que nacen del pueblo y conocen sus sufrimientos. Esperemos que no lo traicionen. Lo triste es que en esta misma corriente quieran meterse líderes autoritarios, militares como Chávez o Humala. Desearíamos gobernantes que abrieran espacios a la autogestión. Los pueblos indígenas saben mucho de eso, y, por ello, hay esperanza en Evo Morales. La primera medida que ha tomado ha sido disminuirse el sueldo a la mitad.

-Evo Morales ha dicho: «Repsol (compañía petrolera española con fuerte implantación en Bolivia y otros países latinoamericanos) no forma parte de los bandidos a que me refería».

-Las petroleras están temblando desde su llegada al poder. Lo sabe todo el mundo.

-¿Cómo son las condiciones de vida a las que se enfrentan?

-En el informe de Naciones Unidas de 2005 aparece Guatemala como el país más empobrecido del continente, después de Haití. Pero, además, la situación se agrava, porque es uno de los países con mayor desigualdad del mundo, junto con Brasil y Sudáfrica, según el índice Gini, que mide la diferencia entre el 20 por ciento más rico y el 20 por ciento más pobre. Los tres países tienen una misma explicación: una fuerte proporción de población indígena o negra que es marginada por una minoría. Pero, aunque no existiera esa discriminación, la miseria sería parecida a la de Honduras o Nicaragua.

-¿Cuál es la mayor discriminación?

-La que hacen los países enriquecidos a través de un comercio internacional injusto y otras estructuras políticas y financieras mundiales. En Ixcán no llega luz eléctrica, porque la red de Guatemala se privatizó hace unos años a Unión Fenosa, que se comprometió a llevarla también a los municipios rurales. Mientras esperamos, lo único que ha hecho es aumentar desorbitadamente los recibos allí donde ya llegaba. Tampoco tenemos conducción de agua potable, porque el Gobierno dedica más del 50 por ciento de sus recursos a pagar los intereses de su deuda. Un maestro, por ejemplo, gana unas 30.000 pesetas. Y otra de las mayores amenazas ahora es el Tratado de Libre Comercio de Centroamérica con Estados Unidos.

-¿Por qué?

-Para los agricultores será un desastre, porque no pueden competir con la tecnología y las subvenciones que el Gobierno de Estados Unidos da a su agricultura. Y lo mismo hace Europa. El otro día leí que una vaca europea recibe 2 dólares diarios de subvención. Mientras, hay 1.500 millones de personas, según las estimaciones más bajas, con menos de 2 dólares por día para sobrevivir. Otra amenaza que tenemos es el narcotráfico. Estamos en la frontera con México y es una zona privilegiada para el crimen organizado, que está enquistado en el Estado. Hay cada día más asesinatos que en los años de la guerra.

-¿Ayuda la buena voluntad individual?

-Las ayudas son necesarias en emergencias. Pero, por muchas que se manden y por muchas deudas que se condonen, si el sistema mundial no cambia, seguirá fabricando pobres y muertos. Las ayudas son como las vitaminas que yo daba en Honduras. No evitaban que se murieran los niños, porque la United Fruit seguía siendo la dueña de aquel mundo. La selva de Ixcán se está deforestando aceleradamente. Y de eso no tienen sólo la culpa las madereras y las multinacionales del papel, sino los que consumimos vorazmente el planeta y usamos cada vez más productos desechables. De la civilización del consumo formamos parte todos. La mejor ayuda es una nueva cultura solidaria, una «civilización de la pobreza», que decía Ellacuría, porque la actual no es universalizable y dudamos incluso de que sea civilización. El asistencialismo no es solución. Sí lo es vivir en una auténtica solidaridad, compartir hasta lo necesario para vivir y luchar contra las causas de la pobreza. Ahí debemos unirnos todos, cambiar nuestro modo de vida y restituir lo robado.

-¿Las ONG hacen lo que deberían hacer los gobiernos?

-Son no gubernamentales en los países de destino, pero, para la recepción de ayudas, dependen cada vez más del los gobiernos del Norte.

-Teología de la Liberación.

-En España, muchos creen que es ir con un fusil bajo el brazo, pero muchos de sus postulados han sido explicitados por toda la Iglesia. Gandhi dijo: «Tendrá que correr mucha sangre antes de que conquistemos nuestra libertad, pero esa sangre deberá ser la nuestra». Y así lo han hecho muchos cristianos laicos, sacerdotes como el allerano Juan Alonso y obispos como Romero o Gerardi. Por eso, nuestra parroquia se llama Candelaria de los Mártires.

-Llegó a Latinoamérica siendo médico, seglar, y, tres años después, se ordenó sacerdote.

-Me di cuenta de que dando vitaminas a los niños no se solucionaba el hambre. Eso, junto con la fe y esperanza de los pobres con los que compartí aquellos primeros años y el trabajo de los jesuitas que allí conocí, me hicieron decidirme a ser sacerdote y a entrar en la Compañía de Jesús.

-¿Qué papel juega la Iglesia en América Latina?

-Hace una labor de concienciación sobre la injusticia. Inicia una conciencia militante, aunque con muchas dificultades, porque la opresión de los pobres es poderosa y hay muchas estructuras de pecado, las mismas que Juan Pablo II denunciaba ya desde la «Sollicitudo Rei Sociales» en 1987.

-¿Dónde se sitúa su labor a en la actualidad?

-Trabajo en Ixcán, en la frontera guatemalteca con Chiapas, con indígenas de diversas etnias. Es una área que fue muy castigada por la guerra: hubo grandes masacres en 1982 y mucha gente huyó a refugiarse a México, mientras otros se quedaron ocultos resistiendo entre la selva como población civil. Fue lo que se llamó las CPR (Comunidades de Población en Resistencia). En 1996, se firmó la paz entre la guerrilla y el Gobierno, los refugiados retornaron y, junto con las CPR, se intenta normalizar la vida.

-¿Qué queda de aquello de «religión, opio del pueblo»?

-A estos pueblos indígenas su fe cristiana les ha ayudado mucho a resistir. Nuestro trabajo no es llevarles la fe, porque ya la tienen y es mucho más fuerte que nosotros, sino que se trata de compartirla, celebrarla y ayudar a que dé frutos de vida y justicia. Para eso, tenemos unos programas de salud mental, para ayudar en los traumas que dejó la guerra; una área legal para ayudarles jurídicamente; una área de educación que imparte los niveles educativos hasta incluso el Bachillerato; una área agrícola que promueve agricultura orgánica y reforestación, grupos de microcrédito, medicina natural... En fin, un trabajo que no debería hacer la Iglesia, si el Estado fuera responsable y si los países enriquecidos dejaran de empobrecer a otros.

-De todas esas tareas, ¿cuál es el más importante?

-La labor de concienciación y la creación de tejido social, algo que es ahora muy difícil por las secuelas de la guerra y las desconfianzas que se generaron hasta en las aldeas más pequeñas. Todos esos programas exigen la creación de grupos, de organizaciones, y es así que ahora tenemos, por ejemplo, una Asociación de Productores Orgánicos de Café, y ya se está exportando a Italia. Creando tejido social se contribuye, además, a la reconciliación. En esa asociación hay católicos y evangélicos, ex guerrilleros y ex patrulleros del Ejército, indígenas de diversas etnias junto con ladinos. Así se hace la paz día a día.

http://www.periodistadigital.com/religion

Si te ha gustado, compártelo:
icono etiquetas etiquetas :
icono comentarios Sin comentarios

Comentarios

escribir comentario
Por favor escriba las letras como se muestran.