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Las personas son regalos

Enrique Martinez, cmf sobre un texto de G B. Ninetemann -


Las personas son regalos.
Él sentía que la gente con la que iba entablando relación,
y muy especialmente sus discípulos,
eran un regalo inestimable de su Padre,
al que no estaba dispuesto a renunciar
ni siquiera más allá de la muerte:
«Padre, quiero que los que me has dado estén allí donde yo esté»...
Como Jesús, yo también deseo y pido al Padre
que aquellos a los que voy queriendo
estén siempre donde yo esté, que estén conmigo,
que formen parte de mí.

Las personas son regalos que el Padre ha envuelto para enviárnoslos.
Algunos nos llegan magníficamente envueltos -casi siempre por sorpresa-
y resultan muy atrayentes desde el primer momento.
Otros vienen envueltos en un papel más ordinario,
pero para quien no se deja llevar por la primera impresión,
resultan también estupendos y valiosos.
Otros vienen estropeados por los golpes que han recibido en el trayecto,
con un embalaje que deja bastante que desear
y necesitan ser desenvueltos con muchísimo cuidado, ternura y paciencia
para que puedan ir recuperando su primera belleza.
No siempre se consigue, pero nunca hay que cansarse de intentarlo.
¡Y qué gozo cuando conseguimos que queden como nuevos!
Pero el embalaje no es el regalo. Es muy fácil equivocarnos, confundirnos.

En ocasiones resulta difícil abrir el regalo y necesitamos que alguien nos ayude.
¿Será que los otros tienen miedo?
¿Será que resulta doloroso quitar los adornos?
Tal vez ya los abrió alguien antes y fueron rechazados.
¿Es posible que el regalo no esté destinado a mí?

Yo soy una persona, y por lo tanto, también soy un regalo.
Un regalo para mí mismo, en primer lugar.
El Padre me ha dado a mí mismo.
¿He mirado ya en el interior del embalaje? ¿Tengo miedo de hacerlo?
¿Me ha sorprendido lo que encontré «dentro»?
Quizás no haya aceptado nunca el regalo que soy...
¿Podría suceder que hubiera en el interior
algo diferente de lo que me imagino?
Es posible que no haya visto nunca el maravilloso regalo que soy.

¿Podrían no ser magníficos los regalos del Padre?
Me gustan los regalos que recibo de los que me quieren,
¿por qué no los regalos del Padre?
¿por qué algunos prefiero echarlos a un lado o no me molesto en abrirlos?
Yo soy un regalo para los otros:
¿Acepto que el Padre me regale a los otros, a quienes Él elija?
¿Ser un hombre para los otros?
¿Deben conformarse con el embalaje
sin poder apreciar nunca el regalo que va dentro?
Cada encuentro, cada reunión con los demás es un intercambio de regalos,
de regalos recibidos y entregados.

Enrique Martinez, cmf

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