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Las Escrituras

Ángelo Moreno -

    “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras” (Lc 24, 26-27).

    El testimonio de aquellos caminantes no es invento para buscar consuelo. No es recreación de mitos o leyendas transmitidos desde antiguo. No es necesidad del afecto, porque no se muera el recuerdo del que amas. ¡Cristo ha resucitado, según las Escrituras!

    No es posible cambiar de un día para otro el miedo en valentía. No es natural el hecho de encerrarse, por temor a ser reconocidos como seguidores del Crucificado, y salir después a las plazas como predicadores. Sólo es posible entender la reacción de valentía porque en verdad, Cristo, el Maestro, ha resucitado.

    Aquel jardín primero, en el que Adán sufrió la vergüenza de la desnudez por la desobediencia, resplandece con la resurrección del Hombre perfecto, Jesucristo, quien restaura la creación y restituye al universo y a toda la humanidad el brillo de la bondad divina en el Jardín de Arimatea.

    Aquel profeta sumergido en el cetáceo, devuelto a tierra para llamar a Nínive a la conversión, fue figura de Jesucristo resucitado, quien sale del vientre de la tierra a anunciar la restauración de la filiación divina para todos sus hermanos.

    Aquella zarza, coronada como  rey del bosque, preconizaba la realeza del coronado de espinas, sentado a la derecha de Dios. Aquel cordero, que sustituyó a Isaac a la hora del sacrificio, es Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el que abre el libro de los siete sellos por su sangre derramada, y recibe el trofeo de la realeza divina.

    El manantial del santuario, que manaba del lado derecho, cuyas corrientes de agua daban verdor a los árboles de las orillas, era anuncio del costado abierto de Jesús, fuente de agua viva para quien se acerca a beber de su amor entregado.

    De muchas formas habló Dios desde antiguo por los profetas; ahora todo ha tenido cumplimiento en su Hijo. Jesucristo es la plenitud de la revelación. En Él se nos ha manifestado el amor de Dios y la posibilidad humana, la que el Creador había decidido desde siempre, según lo revelado en las Escrituras.

    Jesús apela ante los discípulos de Emaús a la coherencia de los hechos, según las Escrituras. San Pedro, en sus discursos ante los israelitas, argumenta la verdad de Jesús, fundando los hechos en las Escrituras (Act 13, 27). “Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido?” (Mt 21, 42) “Todo esto ha sucedido para que se cumplan las Escrituras de los profetas.” (Mt 26, 56) «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino  y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32)

Lee, medita, ora la Palabra.  Por ella, nuestros ojos pueden pasar de ver a creer.

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