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Las abuelas salvarán el mundo

Alejandro José Carbajo Olea, CMF -
Hace unos días, me tocó ir a Velíki Nóvgorod. Está a 180 kilómetros de San Petersburgo. Es una ciudad muy antigua, turística al por mayor. En verano, con las visitas, vamos a menudo. Tiene una fortaleza muy bonita, un montón de iglesias con frescos muy, pero que muy antiguos, y hasta playa. Así que el camino es conocido. Dado que las carreteras en Rusia no están muy bien, decidí madrugar para no llegar tarde. Además, hay muchos tramos en los que el camino atraviesa pueblecitos (algunas casas dispersas a derecha e izquierda, vamos) y ahí 50 kms./h. es la velocidad máxima. Los guardias suelen estar en medio del pueblo, radar en ristre, para cazar a los incautos. Así que hay un caminito largo, para llegar. Después, hay tramos llenos de baches, y cuando se puede ir un poco más deprisa (120, no más, digo, que no me gusta correr), nuestro coche no da para mucho. Hice bien en salir pronto, porque en una hora anduve UN POCO MÁS DE 2 KILOMETROS. Un accidente brutal –un coche que se incrustó en un camión- había casi bloqueado la carretera. Así que. mientras los bomberos intentaban cortar los hierros retorcidos en que se había convertido el coche, iban dando paso de pocos en pocos. Tremendo. Cuidadín en la carretera, siempre. A la vuelta, otros 15 kilómetros en una hora. Pero eso fue por el atasco típico de la hora punta de toda gran ciudad.

El caso es que en Nóvgorod hay un cura. Mejor dicho, dos. Así que, ¿por qué me tocó ir allí? Ya sabemos todos, que si hay que ir se va, pero ir “pa ná” es tontería. Uno de los dos curas, el párroco, está teniendo problemas con el visado. Ahora mismo, los extranjeros con visado por un año, no pueden estar más de tres meses en Rusia. Tres meses aquí, tres meses en casa. A algunos les sale a cuenta. Pero cuando quieres trabajar con un poquito de continuidad, es un “rollo”. El otro cura es un chico de Camerún, recién llegado a Rusia, que todavía tiene problemas con el idioma.

¿Y qué pasó para que la hermana Anna, Misionera Franciscana de María, tuviera que llamar a San Petersburgo? Se trataba de un funeral. Se murió uno de las “babushkas”, una de las abuelas de la Parroquia. 83 años, tras una larga enfermedad. El párroco se marchó a Polonia, y al día siguiente se murió la abuela. Me imagino la cara del pobre camerunés, enfrentado a la perspectiva de tener que presidir un funeral, cuando apenas puede leer la misa. Conclusión, llamaron a la metrópoli, a ver si alguien puede venir. José María y Mariano estaban “liados”, pero yo, ese día, estaba libre. Así que “adelante con los faroles”.

El caso es que no conocía a la abuela Marina, pero he conocido a otras muchas abuelas, tanto en Murmansk, como en Krasnoyarsk, e incluso en San Petersburgo. Personas que no han hecho otra cosa en su vida que trabajar. Antes, durante y después de la guerra. Gente sufrida, acostumbrada a soportar todo sin quejas. Abuelillas que parece que se van a romper, con su cachava, y su bolsa, yendo a la compra, en cualquier época del año. Personas que, después de toda una vida entregada a la causa del Comunismo, reciben una pensión de mier…coles. Señoras mayores, que con 25 bajo cero, cuando a mí me daba pereza andar de la casa donde vivimos en Murmansk a la casa donde celebramos la Eucaristía (hasta que nos permitan residir y celebrar en el templo, pero eso es otra historia), es decir, unos 5 minutos, ellas se montaban en uno o dos autobuses y un tranvía, y una hora después de haber saldio de casa, estaban a la puerta, esperando a que abriéramos, para rezar el Rosario antes de la Misa. Y luego, otra horita de viaje. Les recuerdo que en Murmansk, a las 14.00 horas ya es de noche. Así que… A Dios pongo por testigo, que andar por las calles heladas en cualquier ciudad rusa tiene su qué. Y a oscuras. Más de una vez he medido el suelo con mis costillas. Y las abuelas se “adaptan” al hielo, pasito a pasito. ¡Qué capacidad!

Digo que no conocía a la abuela Marina, pero que, al saber lo que había supuesto para la Comunidad, y al conocer la situación, no me lo pensé y acepté la invitación de la hermana. En casi todas las parroquias rusas hay mujeres que, cuando no había sacerdotes, se convirtieron en centro de la vida de la comunidad de las catacumbas. A su alrededor se juntaban para rezar el Rosario, ellas bautizaban a los hijos, eran el alma y se encargaban de que, a pesar de todo, quedara un hálito de vida en la Iglesia Católica Rusa. Un ejemplo de esto puede ser el “crucifijo” que cuelga en la parte derecha de la nave central de la Iglesia de Santa Catalina de Alejandría, en San Petersburgo. El año 1938, cuando el templo fue cerrado, una joven de veinte años, arriesgando su propia vida, sacó la cruz de la iglesia saqueada y se la llevó a su casa. El año 1992 el crucifijo fue devuelto a la iglesia. He visto a gente llorar delante de esa cruz. Por lo que significa. Esta abuela de Nóvgorod era de esas, de las que no se perdían una misa por nada del mundo. De las que, cuando comenzaron a abrirse las iglesias (tras la Perestróika) se acercaron al párroco, para ayudarle en todo lo que hiciera falta.

Muchas veces me preguntan en España, cómo sobrevivió la Iglesia Católica a la brutal represión de los años del comunismo. Siempre contesto que gracias a estas abuelas. Dostoiévski escribió que la belleza salvará el mundo. Aquí, como en muchas otras partes, son las abuelas. Ojalá su ejemplo sirva para que muchos jóvenes vean que merece la pena creer, y ser coherente con lo que crees. Estas mujeres lo han demostrado. Y su recompensa será grande, muy grande. A mí me ayuda verlas cada domingo, en primera fila del templo. Que la primera fila de la iglesia no perjudica la salud. Espero poder seguir viéndolas muchos años, por estas tierras.

Alejandro José Carbajo Olea, CMF

P.S. A los partidarios y a las partidarias de lo políticamente correcto y correcta, debo decirles que no me es posible escribir “Los abuelos y las abuelas salvarán el mundo”. La esperanza media de vida del ruso es de 57 años. La de las rusas, más. Por eso, suelen ser las abuelas las que se encargan de los nietos, mientras las madres trabajan. En eso sí que Rusia y España se parecen. Por eso, son las abuelas las que soportan ese peso. Como siempre, como sólo una abuela puede hacerlo. Ya lo dice el refrán: “quién no tiene abuela, no conoce cosa buena”. Las mías lo fueron. Cosa buena, digo.
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