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La voz del silencio

J. Rovira, cmf -
    Frecuentemente se discute en libros, periódicos o revistas a ver si la fe está desapareciendo o renaciendo en nuestra sociedad. La experiencia nos dice que la conclusión a la que se llega depende mucho de la actitud previa en favor o en contra de quien escribe o toma parte en la discusión. Lo que no se puede tan fácilmente negar es que de vez en cuando constatamos síntomas claros o de renacimiento del sentimiento religioso o de que en realidad no había desaparecido nunca del todo.

    Lo digo porque en estos últimos meses hemos vivido un hecho significativo a este respecto, y nada menos que partiendo de un país europeo masivamente secularizado: Alemania. Me refiero a un film que Uds. tal vez han visto o del cual han oído hablar: “El grande silencio”.
La historia es la siguiente. Hace más de veinte años, un joven alemán, Philip Gröning, pidió al Abad de la Gran Cartuja de Francia, cerca de Grenoble, a ver si podía sacar un film sobre la vida de sus monjes. Dicha abadía, cuna de la Orden de los cartujos, fue fundada por san Bruno en 1084. Se le respondió que de momento no lo creían oportuno, quizás más adelante; eventualmente ya le avisarían. Al cabo de diecinueve años (¡!) le llegó al tal Philipp una carta del Abad: “Si Ud. está todavía interesado, puede venir a filmar”. El alemán respondió inmediatamente que sí. Después de dialogar con la comunidad, el Abad le puso toda una serie de condiciones férreas: tenía que ser en todo caso un film sin luces artificiales, sin acompañantes, sin música, prácticamente sin diálogos y sin estorbar mínimamente el ritmo de la vida monástica de cada día. Si lo aceptaba, podía comenzar. A lo largo de la proyección, el espectador tiene la sensación de haber entrado en el monasterio por su cuenta y sin que nadie se esté dando cuenta.

    Philip se puso enseguida a trabajar, armado simplemente de una pequeña cámara cinematográfica. Filmó durante la primavera y el verano del 2002, otras tres semanas en el invierno del 2003 y tres días en diciembre del mismo año. Total cuatro meses y medio viviendo en el monasterio, solo, sin hacer ruido, pasando prácticamente desapercibido. Filmó ciento veinte horas de material, de las cuales ha sacado luego 162 minutos de película para el público. Al final dejó que los monjes la vieran y le dijeran si estaban de acuerdo o no.
    El resultado ha sido un film absolutamente diverso de aquellos a los que estamos acostumbrados. Un film que se sale de lo que uno podría esperar y que sin embargo cautiva por su belleza, sencillez y autenticidad. Como he dicho, no hay actores, fuera de los mismos monjes que se limitan a llevar su vida claustral cotidiana. No hay música, excepto en algunos breves momentos un poco de canto gregoriano cuando los monjes celebran en el coro. Todos los diálogos juntos no pasan de diez minutos durante las dos horas y media de proyección. Se oyen los ruidos típicos de una casa habitada por gente que no habla: el paso lento de los monjes por los corredores, el crujir luego de los viejos reclinatorios o bancos cuando se ponen de rodillas o se sientan. El rumor que producen los varios oficios: uno que lava vajilla, otro que corta el pelo a otro monje, el que hace masajes a un anciano enfermo, el que acompaña y ordeña las vacas, el que cava en la huerta, el que parte la leña, el sastre que remienda un hábito, el cocinero que prepara la verdura, el que se arrodilla en el reclinatorio de su habitación...; el chirrido de las puertas, el chisporroteo del fuego de una estufa, el repique de las horas proveniente del campanario, el canto de los pájaros, el salto bullicioso del agua entre las piedras de un riachuelo, la lluvia que cae (cuando nieva no se oye nada)... A un cierto momento, el rostro de cada uno de los monjes en primer plano; rostros serenos, apaciguados, casi serios, aunque alguno insinúa tímidamente media sonrisa. Las imágenes de un vetusto y enorme monasterio habitado por una veintena de hombres de varias edades e inmerso en un paisaje inmaculado, soleado, lluvioso o cubierto de nieve, según las varias estaciones... Yo diría que se “oye” el silencio. El todo intercalado de vez en cuando con frases bíblicas, no leídas, sino impresas sobre la película, para no estorbar la quietud...

    Las únicas veces en que se oyen algunas frases es cuando los monjes salen de paseo, o durante la toma de hábito de dos jóvenes candidatos, el “diálogo” del cocinero con el gato cuando le lleva de comer..., y el monólogo de un monje ciego, de cara al público de la sala, hacia el final del film; monólogo en el que habla de su paz con Dios y consigo mismo, ante la vida y ante la muerte, de su alegría profunda a pesar de la ceguera que le envuelve: “Dios es infinitamente bueno –dice- y por lo tanto no puede querer más que nuestro bien... Si me ha dado la ceguera es para el bien de mi alma... Muchas veces le doy gracias por ello... No debemos tener miedo a la muerte; la muerte es el fin natural de la vida. Todo cristiano debería estar contento de ir al encuentro de un Padre que le ama... Cuanto más nos acercamos a Dios, más felices somos...”.
Un film así ha tenido éxito en un país tan ultramoderno como Alemania. Y es que te cautiva y te lleva a apreciar y a darte cuenta de detalles y valores diversos de los de los demás filmes. Cuando lo he visto en Roma, la sala estaba casi llena. Empezamos con un silencio mezclado de curiosidad; pero, a medida de que pasaban los minutos, la quietud aumentaba todavía más; y, cuando acabó, muchos salían sin decir nada o hablando en voz baja, como si estuvieran aún por aquellos claustros...

    En una de las muchas entrevistas que han hecho luego a Gröning (que no es en absoluto ningún “beato”), declaraba: “No he querido hacer un film sobre el monasterio, sino sobre qué significa ser monje. Ha sido para mí una experiencia humana y espiritual, antes que profesional. He aprendido que la verdadera fe está empapada de alegría y serenidad... Me ha parecido absurdo que los occidentales vayamos a buscar lejos, en culturas totalmente diferentes de la nuestra, lo que tenemos en casa... He visto que los afanes del hombre moderno pierden enseguida significado. Mi film ofrece un concepto diverso del tiempo y de las cosas... Filmando la experiencia de aquellos cartujos, ofrezco al espectador la posibilidad de reflexionar sobre su propia vida, y le demuestro que se puede vivir libres de toda obsesión y miedo, sintiéndose cercanos a Dios en un mundo que nos sofoca con su ruido, su prisa y el culto del trabajo...”. Al final, el periodista le preguntaba: “El film se ha vendido ya en doce países; ¿se esperaba un tal éxito?”, a lo que Philip respondía: “Mi productor no, yo sí. Y es que la gente está cansada de la barahúnda de tantas palabras vacías...”.

    En el libro del “Talmud” hay una típica historieta judía. Un discípulo dice al rabino: “Maestro, Dios no habla”. A lo que el rabino responde: “No, Dios habla. Lo que sucede es que tienes tanto ruido a tu alrededor y dentro de tu cabeza que no distingues su voz”. Viendo “El grande silencio” se tiene la sensación de oir la voz de Dios, esa voz que es como “el susurro de una brisa suave” (1Re 19, 11-13).
    Si tienen ocasión, vayan a verlo, o alquilen el Dvd. Hay quien lo ha visto incluso dos y más veces, a pesar de que en ciertos momentos puede hacerse un poco largo y repetitivo... Pónganse cómodos y véanlo con calma. Dejen que les vaya impregnando con su belleza espontánea, sus ruidos fugaces, sus diálogos breves. Saboreen en particular sus silencios acompasados. Gústenlo con mirada contemplativa...
    Estamos en pleno verano. Aprovechar las vacaciones para una tarde de silencio no es perder el tiempo sino ganar en profundidad. Las cosas buenas no están lejos de nosotros, a veces sólo a la vuelta de la esquina; lo que pasa es que no siempre somos capaces de salir de la rutina masificadora de hacer simplemente lo que hace la mayoría y preferimos el huracán, el terremoto o el fuego al susurro de una brisa suave. O al menos así piensa quien les escribe.

¡Felices vacaciones, cuando puedan, si pueden...!

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