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LA VOCACION SINFONICA DE MARÍA

José Cristo Rey García Paredes, cmf (Iris de Paz) -
La alegría que el ángel, el Mensajero de Dios, transmite a María deriva de la concien­cia de esta gran moviliza­ción mundial, impulsada por el mismo Dios. Toda vocación es una llamada a la alegría, porque en solidaridad con muchos hombres y mujeres, con Jesús, el Señor, y María, somos escogidos para transformar el mundo viejo y para dar a todo lo existente optimismo y esperanza.

La vocación de María fue «sinfóni­ca»; creó armonía en nuestro mundo e hizo germi­nar en él a aquel «que hizo la unidad del cos­mos, de lo terrestre y de lo celes­te» (Ef 1,10). Ella percibió, en su sencillez, la poderosa llamada de Dios, que convoca a la Nueva Humanidad.

«Vocación es la llamada particular dirigida a una persona para obtener su libre con­curso en la inmensa sinfonía que prepara y realiza progresivamente la comunidad hu­mana» (R. Troisfontaines). La metáfora de la sinfonía es adecuada; la partitura que yo he de interpretar en el conjunto sinfónico es aquella que se lee en mi propia vocación; mas mi partitura es en sí misma incompleta, incoherente, si no se pierde ordenada y rítmicamente en el todo sinfónico, cuyo tema es la Gran Convocación de la Humani­dad. Todos los seres humanos hemos sido convocados. Hemos recibido este don: «Todo don es una llamada... Lo mejor de mí no me pertenece; no soy propietario, soy depositario».

La vocación de María, invitación a la alegría

«Alégrate, llena de gracia» (Lc 1,28) son las palabras que hacen inicial-mente percep­tible a María su vocación. Lucas inicia el relato de la vocación de María poniendo en boca del Mensajero divino Gabriel una invitación a la alegría. Esta alegría no es una cualidad individual de la Virgen, es la alegría soli­daria con el mundo, es la alegría de una gran victoria, es el gozo anticipado de hombres y mujeres que tienen al alcance de la mano la utopía del Reino de Dios.

Sin embargo, ¿cómo alegrarse en tierra extraña? ¿Por qué motivo hay que alegrarse, cuando nuestro mundo, tam­bién el mundo de María, es y fue un «valle de lágrimas», casa inhóspita, esce­nario de guerras, torturas, exterminios? ¿Qué sinfonía interpreta­mos los seres humanos si constantemente hemos de contar con las terroríficas interfe­rencias de los crímenes, los odios, el hambre, la opresión, la degradación humana?

La respuesta a estos interrogantes es decididamente que hay razón para la alegría. El motivo que hace creíble la invitación del Mensajero de la alegría es la convicción de que Dios ha emprendido, por propia iniciativa, un plan revoluciona­rio: transformar este mundo viejo, destruir y aniquilar tanta porquería, tanta muer­te, tanto desatino como está hiriendo la historia humana. Dios "desea ser el protagonista de la historia, su Señor trascendente intenta implantar aquí entre nosotros su reinado y no reservarlo únicamente para el «más allá».

Este plan de Dios presidió ya la creación del mundo. Los hombres comenzaron a vislumbrarlo cuando Dios eligió a Abraham, al Pueblo de Israel. Pero inició «real» inauguración cuando Dios se fijó en la joven virgen de Nazaret y la eligió para plantar en ella no ya la promesa, Hiño la realidad de la salvación. De ella I nace Jesús, el Salvador, el protagonista I de este Reino. A través de Jesús, Dios Padre elige a los Doce, símbolo y concentración del Nuevo Pueblo universal.  Tras ellos, la llamada de Dios siguió hoy con todo su vigor. Otros hombres y mujeres siguen siendo llamados para colaborar en esta empresa de transformación y sintonización de nuestro mundo. Dios ha ido eligiendo a unos y a otros, sin discrimi­naciones: hombres, mujeres, niños, ancia­nos, blancos y negros, trabajadores< y empresarios... Entre ellos también a nosotros.

La vocación de María no tiene sentido en sí misma, en su individualidad. La vocación de María es una vocación dentro de este marco tan amplio de otras

La prueba de la vocación

Mientras nosotros, mirando hacia atrás, contemplamos la historia en la que esta con-vocación ha demostrado, aun­que no definitivamente, su validez y efi­cacia, María reci­bió el anuncio sobre­cogida y cargada de enigmas. Era convocada para,una misión cuyo senti­do último se desvelaría en el futuro. Este le era inaccesible. ¡Jesús no exis­tía! ¡La luz de los hombres no iluminaba el mundo! La fe de María hubo de ser extra­ordinariamente audaz.

La pregunta de María: «¿Cómo va a ser esto?» (Le 1,34) entendida complexivamente y no sólo referida al «no conoz­co varón», delata una actitud lógica y coherente ante el misterio de Dios que nos interpela no como objetos, sino como sujetos y personas dia­logantes. Esta pregunta no le es respondida a María racionalmente, sino con una pro­mesa: Dios le promete que sucederá algo extraordinario, le pide confianza.

Así es toda vocación cristiana: se experimenta interiormente una semilla indiferenciada, que, regada y cultivada por Dios, demostrará en el futuro su vita­lidad y fecundidad. María cree en la Promesa. Se siente «bautizada» por el Espíritu que baja sobre ella y hace surgir biológicamente en su seno y espiritual-mente en su corazón una semilla que, tras un proceso de gestación, se convertirá en el fruto-Jesús. Porque todo dinamismo que Dios desencadena llega a su término. «La Palabra de Dios no deja de cum­plirse» (Lc 1,37).

María es llamada por Dios a dar vida al primer germen del Reino: Jesús. En ella se produce una auténtica creación del Espíritu, surge un mundo nuevo (cf Mt 1,1.18). Escogida por Dios para asis­tir con su fe al proceso de gestación y a la historia de Je­sús, María sabe que Dios está haciendo en ella «obras grandes», aunque en la oscuri­dad de la fe, todavía ni siquiera lo barrunte. En el silencio de su vida ordinaria de Nazaret ella percibe el contacto suave de Dios, que callada­mente está preparando la revolución más grande de la historia.

Cuando un hombre o una mujer sienten la llamada de Dios buscan en seguida certe­zas, seguridades. A María le basta la Palabra de Dios, la Promesa, aunque las verifica­ciones inmediatas aparentemente la contradigan. María hubo de esperar treinta años para descu­brir el sentido pleno de todo lo que le sucedía. Entonces aparecería su Hijo como el Profeta escatológico. El le indi­caría por dónde iban los caminos de Dios. Y cuando su Hijo, Profeta de los últimos tiempos, fuera ejecutado por los hombres en la cruz, ella seguiría pre­guntándose: «¿Cómo será esto?» La res puesta completa a su pregunta se la daría el Espíritu de su Hijo resucitado, el Hijo de Dios, Señor y Mesías, la mañana de Pascua.

La vocación de María no está apo­yada en evidencias, sino en la confianza en Dios que nunca falla. La Promesa no le presenta contenidos determinados. Es solamente un se­guro de vida que procla­ma que Dios nunca abandona y que su Palabra lleva a cumpli­miento aquello que inspira. Durante toda su vida pudo sentir María la provocación del Tentador, la duda acechante, el malentendido trai­cionero. Sin embargo, resistió contra corriente y permaneció inconmovible­mente fiel hasta tal punto que la Iglesia del Nue­vo Testamento no conoce ningún momento de vacilación, de increencia, de pecado en María; y la Iglesia posterior ha ido congeniando con esta Mujer, cuya cercanía agracia y aproxima inevitable­mente a Dios.

¿Para qué es, en concreto, vocada, con-vocada María? Dios quiere disponer de ella, de su biología, para que su Hijo nazca de mujer (Gal 4,5). La llama a una auténtica ma­ternidad, y como tal tiene como elemento esencial la generación. María debe ser dota­da por el Creador de todo aquel «instrumental» necesario para que esta «maternidad» se produzca. La maternidad biológica es pasajera; la maternidad humana implica ade­más una relación estable y definitiva: es ante todo una relación personal. En María se encuentran no sólo todas las capacidades físicas de la generación biológica, sino tam­bién las capacidades espirituales de la generación humana; junto con la gra­cia, que le permite vivir sin alienación la relación con su hijo, el Hijo de Dios. (Esto significa que la maternidad, que constituye el todo de la vocación de María, no se reduce al cumplimiento de una función meramente biológica e ins­trumental; Dios quiere que la partici­pación de María sea más integral, que acoja a su Hijo en la fe, en el amor, en la esperanza. Su maternidad física debe formar parte de un entramado espiritual que la humanice, dignifique, divinice.

Los Evangelios no nos presentan este acontecimiento como un «allana­miento de mo­rada» o como un atropello del Dios Todopoderoso a la pobre e inde­fensa mujer. El acontecimiento se pro­duce en un esquema vocacional y dialo­gante. María es interpe­lada y de su liber­tad se espera el consentimiento. Ella no es presentada como la mujer fatalmente predestinada a ser la que conciba virgi­nalmente, sino como la pobre virgen que dialoga con Dios y a quien Dios tiene en la más alta consideración; por eso la llama «agraciada».

María es elegida con predilección; así lo indica su nombre de gracia, «agra­ciada», «favorita de Dios»; Dios la ha llenado de su gracia en orden a la misión que le confía. María es santificada con­sagrada por Dios porque ha sido plena­mente asumida en el ámbito de lo santo, y ella lo ha aceptado libremente: «el Señor está con ella» (cf Lc 1,28); «Ha encontrado gracia ante Dios» (cf Lc 1,30); «el Espíritu Santo viene sobre ella» (cf Lc 1,35) es la «benditísima» (Lc 1,42); es la bienaventurada para siempre (cf Le 1,48). Dios la ha hecho santa, y ella ha aceptado voluntariamente esta santificación como sierva del Señor (cf Lc 1,38.48) como creyente (cf Lc 1,45).

María concibe a Cristo en un acto teologal de fe, por medio de su fe. Así lo ratifica el famoso texto de San Agustín: «María ha concebido en su espíritu antes que en su seno». María es llamada a transparentar a través de su maternidad física la acogida de los hombres de buena voluntad a aquel que será llamado Hijo de Dios, cuyo reino no tendrá fin, que recibirá el nombre de Emmanuel.

La fe de cada creyente tiene la fun­ción de engendrar a Cristo en el corazón de los hombres, en la realidad del mundo. A pesar de su particularidad única, la maternidad de María resulta ejemplar y prototípica para todos los cre­yentes y todas las comunida­des eclesiales.

A María le basta la Palabra de Dios, la Promesa, aunque las verificaciones inme­diatas aparentemente la contradigan. María hubo de esperar treinta años para descubrir el sentido pleno de todo lo que le sucedía.

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