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La vida no es sólo cuestión de limones, aunque de limones también

Josep Rovira, cmf -
    Tal vez Uds. hayan visto el reciente film “El jardín de limoneros” (al menos éste es el título que le han dado aquí en Italia: “Il giardino dei limoni”). El director israelita Eran Riklis presenta ahí el problema de las relaciones entre judíos y palestinos. Su “tesis” es que, a pesar de todo lo sucedido hasta ahora, dicha relación sea posible. La trama es muy sencilla: el ministro de defensa del gobierno israelita va a habitar en una casa junto al confín con Cisjordania y descubre que tiene como vecina a la palestina Salma. Dicha mujer, viuda desde hace mucho tiempo, se mantiene solamente gracias a los limones de su huerta, heredada de su padre, y por la que siente mucho cariño. Los servicios secretos, sin embargo, creen que el limonar podría ser un escondite ideal para terroristas y que, en consecuencia, representa una amenaza para la seguridad del ministro. Por este motivo, deciden cortar todos los árboles frutales dando una compensación a la mujer. Cuando se lo comunican, ella se dirige a un joven abogado palestino que la defiende ante un tribunal militar y, al final, incluso ante la Corte Suprema de Jerusalén. Dicha Corte pronuncia una sentencia “salomónica”: se poden ciento cincuenta limoneros a una altura de treinta centímetros; de este modo reducen las dimensiones del jardín de Salma; al mismo tiempo, se levante entre ambos edificios un muro imponente de separación para proteger al ministro. Debido a ello, su esposa,  que simpatiza por la vecina palestina, le abandona. El hombre político va a tener ahora todo el tiempo y la tranquilidad que quiera para “gozarse” la vista de las planchas de cemento frente a las ventanas de su casa...

    Es un film con doble mensaje. Tengamos en cuenta que está hecho por un israelita. El primer mensaje consiste en que defiende a la mujer palestina contra el ministro judío, ya sea ante el tribunal militar ya ante la Corte Suprema de Israel; y ésta en parte da razón a la viuda, a pesar del problema de la “seguridad nacional”. El segundo mensaje es que defiende a Israel porque la mujer del ministro simpatiza por la vecina, y además, siendo Israel una democracia, permite a Salma poder actuar incluso contra un ministro del gobierno y le ofrece una recompensa por la destrucción de parte del limonar (¿qué hubiera sucedido si un judío hubiera hecho algo parecido en un país musulmán?). En conclusión, todos tienen parte de razón; el diálogo y la convivencia son posibles, incluso en las circunstancias más difíciles, porque en el fondo todos somos miembros de la misma familia humana. Esto me recuerda que, cuando el famoso científico judío-alemán Alberto Einstein, escapando de la persecución antisemita en la Alemania nazi, entró en Estados Unidos, tuvo que rellenar un cuestionario. Una de las preguntas era: “¿A qué raza perteneces?”; a lo que él, profundamente asqueado por haber tenido que escapar del nazismo por esta misma razón, escribió: “A la raza humana”. Eso es lo que realmente debería contar, lo demás es todo relativo.

    Y ahora, si me permiten, quisiera hacer una aplicación a la Iglesia y a la Vida Religiosa (aunque tal vez alguien pueda pensar que el tema está “traído por los pelos”). De todas maneras, ahí va mi reflexión, por si sirve.

A veces me pregunto: ¿No estaremos (estamos) perdiendo el tiempo en cosas secundarias, en vez de preocuparnos por lo esencial? ¿No nos faltará contacto con la realidad de nuestro mundo?  Esta es la sensación que me invade de vez en cuando aquí en Roma. Por ejemplo: ¿por qué emplear (¿perder?) tanto tiempo y energías en que si se celebra la Misa en latín o en la lengua del pueblo –como es lo normal- (sin confundirlo con el hecho de no aceptar el concilio Vaticano II, como hacen los lefebvrianos: rechazar un concilio es una cuestión dogmática, no secundaria o de simple opinabilidad, ¡no lo olvidemos!)?. Y ya es el colmo cuando nos enzarzamos discutiendo (¡y sucede, se lo puedo garantizar!) sobre si hay que comulgar de rodillas o de pie, en la boca o en la mano, o vestir así o asá, a parte la modestia y sencillez que debería ser típica de todo cristiano comprometido, comenzando por clérigos y religiosos... Etcétera. ¿Y por qué ese deseo de volver al pasado, creando falsos problemas y conflictos inútiles? ¿No estaremos enredados en un tinglado que no nos permite distinguir entre lo esencial y lo secundario? Les confieso que a mí –y admito que haya, porque lo hay, quien piense lo contrario- lo que me preocupa es que buena parte de la generación joven actual, y no sólo ella, se haya vuelto simplemente pagana, y lo de la fe cristiana no le diga nada; que muchos no puedan visitar un museo o una iglesia porque no saben de qué va; que entiendan tal vez mucho de discotecas, ordenadores y teléfonos móbiles de la última generación, pero desconozcan sus raíces históricas y culturales (no digamos ya religiosas).

    Les pongo un hecho reciente que ha sido emblemático. No sé si Uds. habrán oído hablar del caso de la señora italiana Eluana Englaro: una mujer de 37 años en estado vegetativo desde hacía diecisiete, y que al final ha muerto por colapso renal a los cuatro días de haberle aplicado una sentencia de suspensión de la alimentación e hidratación (en realidad un caso de eutanasia camuflada). En Italia lo hemos vivido como un “drama nacional” durante semanas y ha sido una especie de “guerra civil” entre quienes defendían la aplicación sin más de dicha sentencia  y los defensores del principio de defensa de la vida hasta el final. No hace falta decir que se ha convertido en una cuestión incluso política (¡!) entre el gobierno y la oposición, no digamos ya entre católicos y no. De ello se ha hablado en Ciudad Redonda, en un artículo titulado “Eluana ha muerto” y firmado por Jesús Bastante el día 2 de Febrero de este año. Ha sido como la lucha entre dos absolutos: el absoluto del derecho y el de un principio moral. Declaraciones que muchas veces han dado la sensación de mucho cerebro y poca humanidad, muchos intereses (ambiguos, cuando no inconfesables) y poca “pietas” evangélica. Dejo a quien lo haya seguido su opinión, si bien a mí me ha parecido una aplicación de aquello del “summum ius, summa iniuria”, que decían los antiguos. En cambio, las que me han convencido de veras han sido las religiosas del hospital de la ciudad de Lecco que durante quince años habían atendido Eluana con delicadeza y amor, sin darse aires ni hacerse propaganda. Cuando se llevaron a Eluana de su hospital a la Residencia donde le aplicaron aquella sentencia y murió, dichas religiosas la despidieron con una caricia y unas lágrimas; y, cuando supieron que había muerto antes de lo previsto por los médicos, la comunidad se reunió en la capilla para rogar por el eterno descanso de su querida Eluana. Siempre me ha dado que pensar el texto de san Pedro: “Estad siempre dispuestos a todo el que os pida razón de vuestra esperanza; pero, hacedlo con dulzura y respeto” (1Pe 3,15-16), y aquello de “lavar los pies” (Jn 13,1-17) y de que “el mayor entre vosotros sea vuestro servidor” (Mt 23,11), “como el Hijo del hombre...” (Mt 20,27-28).

    ¿Será ése el fuego que nos debería quemar dentro, como decía Jeremías (20,9)? Que me perdone quien piense lo contrario; pero, según mi parecer, éste es el jardín de limoneros que hay que salvar y cultivar, si queremos luego anunciar que la vida no es sólo cuestión de limones, aunque de limones también.

¡Santa Cuaresma!
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