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La vida en la familia.

Rafa y Carmen Montes -
La familia vive a diario las realidades más maravillosas, pero debe ir superando multitud de circunstancias difíciles que, al final, son las que hacen que el amor se vaya descubriendo y viviendo como una conquista.
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Convivimos tres generaciones en casa pues tenemos a las dos abuelas. Hace catorce años que murió mi suegro y i doce que falleció mi padre. Mi suegra quiso quedarse a vivir en su casa a pesar de que le ofrecimos que se viniera a la nuestra, pero después de una caída que tuvo hace seis años, no le quedó más remedio que venirse a vivir con nosotros. Y mi madre vive con nosotros desde el fallecimiento de mi padre, es decir, doce años.

Y aunque teníamos asumido que cuando faltara alguno de nuestros padres, el que quedara se vendría a vivir junto a nosotros, lo que no esperábamos es que nos tocara tener a las dos abuelas juntas, sobro todo al pensar que mi esposa y yo tenemos un hermano/a cada uno pero que por distintos motivos dejaron que toda la carga recayera sobre nosotros. Y esto condicionó mucho nuestra intimidad familar. Sus edades avanzadas, 85 y 86 años, requieren muchos cuidados.

Hemos tenido varias dificultades. Y la primera fue que tuvimos que acomodar a una de nuestras hijas en la habitación de su hermano, pues aunque el piso en el que vivimos es grande, al ser muchos de familia, tenemos un espacio más reducido para cada uno. Otra dificultad estriba en que, de vez en cuando, surgen tensiones entre los nietos y las abuelas por distintas visiones y criterios que tienen sobre las cosas. Otra dificultad se nos presentaba cuando teníamos que salir a alguna reunión o algo por el estilo, ya que siempre teníamos que regresar a casa con prisas para no dejarlas solas. Y la dificultad mayor es que mi madre y yo chocamos con bastante frecuencia pues las dos tenemos un carácter fuerte.

Lo que yo, Carmen, hago para vivir esta situación es proponerme que esto no me va a amargar la vida y que voy a hacer lo necesario para que mi vida esté llena de momentos alegres. Por ejemplo, siempre tengo la radio funcionando con música, pues me paso muchas horas en casa sola con ellas. También hago muchos trabajos manuales, ganchillo, etc. Porque estas cosas me hacen sentir contenta, me satisfacen y son cosas que alterno, pues así nada se me hace rutinario. También pido ayuda a mis amigas para que vengan a quedarse unas horas con las abuelas y yo poder salir. Y ahora podemos pagar a una persona que se cuida de ellas algunas mañanas y así yo me libero. También es importante para mí hablar con Dios como lo hago con Rafa o repetir algún salmo especial u otra oración que en ese momento me llegue al corazón. Esto me ayuda a vivir animosa, pues estar a todas horas con personas ancianas puede llegar a ser deprimente. He tenido temporadas de sentirme triste y como una víctima, pero con el tiempo me he dado cuenta de que sólo yo puedo hacer esta situación llevadera, si me lo propongo.

Lo que yo, Rafa, hago para sobrellevar esta situación es tratar de vivir nuestra intimidad lo mejor posible, aprovechando cualquier ocasión para salir juntos o para estar a solas. También, no me callo nada si tengo que dialogar con mi madre, intentando hablar con ella, a pesar de que la mayoría de las veces no obtenga los resultados esperados, pero lo que más me ayuda es compartir con Carmen todo lo que pienso y siento acerca de ellas.

Nuestros hijos están colaborando en gran manera, pues las han acogido bien. Han estado y siguen estando pendientes de ellas, riendo con ellas, gastándoles bromas y también diciéndoles cosas serias cuando la ocasión lo requería, sobre todo en los momentos de tensión. Desde luego, ellos han contribuido en gran manera a que la convivencia fuera más fluida. Y siempre han colaborado en su cuidado, así como en acompañarlas y hacerles ver su cercanía cuando nosotros teníamos que ausentarnos. Y aunque esto no siempre ha sido sin dificultades que siempre acababan de la mejor manera, han ido aceptando que su vida estaba de alguna manera condicionada por la estancia de las abuelas y están viéndolo como algo normal, a pesar de que por sus edades (David 29, Gema 26 y Ana 23) tienen otros intereses más prioritarios (véase novia y novios).

Ellos nos dicen que la convivencia con las abuelas tiene dos signos muy distintos, ya que con una es frustrante por su carácter tan cerrado y con la otra es gratificante por ser todo lo contrario. Pero esto les ha hecho ver que hay personas muy distintas a ellos y que también lo son sus modos de pensar y de actuar y les ayuda a aceptar que no vean las cosas como ellos las ven y también a relacionarse con otras personsas. Están aprendiendo, como si fuera un curso acelerado, que hay dos formas de vivir la vejez: negándola o aceptándola y eso les servirá como referencia a su debido tiempo. Y verlas tan llenas de dolores físicos y las limitaciones propias de la edad, les ayuda a ser más comprensivos y generosos con ellas.

La convivencia, por tanto, tiene aspectos muy positivos y valoramos las cualidades que tienen, como la de asumir que las decisiones de nuestra casa las tomemos nosotros, es decir, que han respetado todo lo referente a la educación de nuestros hijos y demás actividades nuestras sin interferir en nuestras vidas. Otra cualidad importante es su servicialidad, y la capacidad de llevarse bien teniendo que amoldarse a vivir juntas a pesar tener hábitos y caracteres tan distintos.

A nosotros nos están ayudando a crecer como personas sobre todo en las ocasiones en que hemos de ejercitar la paciencia, y también a tener con ellas gestos concretos de amor si hemos de tomar decisiones difíciles. Con ellas descubrimos nuevos aspectos de valores como el diálogo y la comprensión que nos sirven para demostrales el cariño que las tenemos tanto nosotros como nuestros hijos.

Nos preocupa sobre todo su estado de salud y los achaques propios de su edad. Desde hace casi dos años, mi madre padece demencia senil debido a una operación. También nos preocupa el hecho de que pueda faltar alguna de las dos, pues estamos seguros de que influirá de forma importante en la otra. Por eso, tratamos de vivir el día a día sin angustiarnos por lo que deba venir.

Nos parece muy positiva la convivencia entre nuestros hijos y las abuelas, a pesar de haber tenido que amoldarse cediendo desde ambas partes. Ellos han tenido que desarrollar con ellas la afectividad y la paciencia, siendo cariñosos con ellas, siendo conscientes de la diferencia generacional. Todo les ayuda a relacionarse con mayor apertura a las demás personas.

Las claves para la convivencia con las abuelas están en la comprensión: son personas distintas a nosotros, pero sus puntos de vista son tan respetables como los nuestros. Otra clave reside en que hagamos que ellas se sientan útiles, no trastos viejos, ya que así la convivencia es más fácil. En tercer lugar, que seamos conscientes de que si hay que cambiar algunas formas de vida, pueda hacerse sin trauma. Pero sobre todo que llevemos la paciencia como compañera continua.
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