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La tierra buena de los que denuncian y rehabilitan.

Salvador León Belén, cmf -
Virginia es una mujer que ronda los cincuenta. Malagueña de nacimiento. Misionera laica por los cuatro costados. Temperamental, decidida, valiente, fuerte, espigada. Le harían falta algunas libras más  y más horas de descanso al día. Lleva en Honduras más de quince años de duros trabajos con el mundo de la marginación. Los diez últimos está entregada por completo a la Pastoral Penitenciaria. Entre los hombres y mujeres privados de libertad vive apasionadamente jornada tras jornada. Realiza su misión poniendo intensidad, vida, creatividad, riesgo. Es capaz de ofrecer posibilidades y oportunidades reales para los internos. Ha creado con el equipo de pastoral nuevos talleres ocupacionales que hacen más llevadera y digna la estancia de los residentes en el Centro Penal. Esta perla de mujer camina por el presidio sampedrano con total libertad, como si fuera la prolongación de su propia casa. Conocida por todos, es respeta y querida. Habla con autoridad moral, arriesga su persona con declaraciones y actuaciones que no siempre son gratas a los ojos y oídos de las autoridades gubernamentales. No se arredra.

Fui invitado por ella a conocer el Centro, a ver más de cerca la misión que realiza el equipo pastoral y celebrar con los católicos la eucaristía que tienen un día por semana. Cuando nos dirigíamos al presidio me comentó que el día anterior se habían matado dos presos, la sangre no paraba de correr, allí nadie estaba seguro, se trafica todo tipo de drogas, las revanchas y los enfrentamientos entre pandillas son frecuentes, también el uso de armas, la violencia podía saltar en cualquier momento. Esta luchadora mujer seguía conduciendo su carro y proseguía la información describiéndome que allí se hacía “la vista gorda”. Nadie se interesaba por investigar. Se evadían las responsabilidades de directores, encargados, etc. El silencio imperaba cuando se veía o se oía que a alguien se le había apuñalado o atacado. Dentro de los Centros Penitenciarios operan mafias. El que tiene dinero puede comparar todo lo que necesita  y lo que no necesita, hasta la huida sin dejar hullas. En las cárceles sobrevive el más fuerte, el más poderoso, el que más contactos tiene. Impera la “ley de la selva”. El corazón de los internos está poblado de horror, batallas y amarguras. Perdieron la libertad y aprendieron a vivir con el aroma de la pólvora, la amenaza, las horas y los días sombríos.  A pesar de todo este oscuro panorama, contando con él y sin cerrar los ojos al drama de esta insegura realidad, habían logrado en los últimos cinco años la creación de distintos talleres: panadería, costura, manualidades, librería y hortalizas.

Estos talleres son la cara buena del penal. En ellos se está haciendo una terapia de formación, aprendizaje, rehabilitación y ocupación útil del tiempo. Permiten a las pocas personas que participan en ellos descubrir sus distintas habilidades, incluso sentirse libres a través de sus trabajos. Son capacitados para facilitar algún día su nueva inserción social y evitar así futuras reincidencias. El trabajo que realizan los integrantes del equipo de Pastoral Penitenciaria de la Iglesia Católica  no es otro que humanizar  la rutina en el Centro. Es de alabar el esfuerzo, la constancia, la disciplina, la entrega y la alegría con las que están desarrollando esta especial misión.

Me he detenido en conocer más a fondo el taller de panadería. Lo iniciaron seis, ahora son quince las personas que diariamente transforman un saco y medio de harina en diferentes tipos de pan que venden entre los mismos reclusos, amigos y familiares que llegan de visita al centro penal. El negocio es supervisado por la Pastoral Católica, que se encarga de hacer compras y de mercadear el producto fuera del recinto penitenciario. Ellos les ayudan a repartir los pastelitos, sándwiches, pizzas, galletas y otras cosas que los reclusos fabrican por pedido. Sus ventas oscilan entre 1.000 y 1.500 lempiras diarios. Los panaderos nuevos tienen un sueldo de 120 lempiras semanales (5 euros) y los viejos de 271. De este dinero ahorran obligatoriamente, cada uno de ellos, siete lempiras semanales, para que el día que cumplan su condena salgan con dinero.

Prestamos atención a los testimonios de diferentes internos: “La creación de este taller ha sido una bendición para mí. Ahora estoy convencido que al salir de este lugar no volveré porque me dedicaré a trabajar en este oficio que ha hecho más fácil mi vida en este sitio”. “Me siento mejor trabajando; la mente cambia. Al salir de acá quiero ir a mi pueblo. Allí pondré mi negocio”. “Mi experiencia no ha sido solamente aprender sastrería, sino también saber tratar a las personas; llevo seis años de estar preso y me siento bien porque no me he preocupado por el encierro, pues me divago trabajando y estudiando”.

Otro reducido grupo de internos hacen velas aromáticas de todo tipo, tamaño y figura. Tienen bajo su cargo el suministro de las candelas y cirios que utilizan en los templos católicos de Cortés, Atlántida e Islas de la Bahía. También trabajan el cuero y la artesanía.

Cara y cruz de una realidad nada fácil de acompañar. Los datos siguen siendo escalofriantes. Casi dos tercios de la población privada de libertad en Honduras es menor de 30 años, lo que hace de los presidios centros de reclusión de gente joven. En este país hay 24 centros penales que albergan una población penitenciaria de más de 13.000 personas, la mayoría sin sentencia. El Centro Penal de San Pedro Sula acoge en la actualidad a 1.900 internos. Es el segundo más importante del país. Dentro de todos los Centros Penitenciarios se trafica, se chantajea, se prostituye y hasta se mata.

Dentro del Centro también me ha llamado la atención:
  • La cruz con los 107 nombres de los jóvenes que murieron calcinados. La puerta que nunca se abrió y que podía haber sido la puerta de la salvación.
  • La masificación de los patios. Los espacio tan pequeños de las bartolinas. Se ha sobrepasado en mucho el número de residentes.
  • La aparente normalidad en la convivencia entre hombres y mujeres.
  • La asistencia y participación en la celebración de la eucaristía.
  • El ingreso a los talleres es libre y abierto a todos sin importar el delito cometido, la creencia religiosa, la edad. En ellos es riguroso el horario, la higiene, la calidad del trabajo, la responsabilidad.
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