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La sabiduría de la Cruz

Angel Moreno -

La Cruz que os presentamos, no solo es un emblema o un signo, sino la tarjeta de identidad del amor divino, de Aquel que tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo por amor, para salvar a toda la humanidad. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.  Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 26-27).

La cruz no se puede separar del Crucificado, y el Crucificado no se debe separar del Resucitado. Adorar la cruz sin referencias a Cristo es una aberración. Adorar a Cristo muerto sin creer que Él pudo a la muerte, es un sinsentido. “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe” (1 Co 15, 13-14). Pero “cuando caminamos sin la Cruz, cuando edificamos sin la Cruz y confesamos a un Cristo sin Cruz, no somos discípulos del Señor” (Papa Francisco).

Solo cuando se contempla la Cruz, y a Cristo en ella, cabe comprender las palabras de San Pablo. “Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Co 1, 22-25).

Cristo sin la cruz es fantasía, espiritualismo, argumento evasivo, evangelio falso.

Cristo sin la cruz es invento, creación esteticista, bisección contraria a la fe, manipulación de la revelación.

Cristo sin la cruz es proyección hedonista, argumento para compatibilizar la instalación en la comodidad, en la inercia y apatía.

La cruz sin Cristo es adversidad y mala suerte; se la tiene por desgracia, motivo de desesperanza y hasta de desesperación, causa tristeza, y cabe que hasta provoque agravio comparativo, al ver la suerte de los otros.

La cruz sin Cristo es áspera, dura, se hace insoportable, se estima injusta. Al verla, se debe huir o evadirse;  en lo posible, hay que librarse de ella.

La cruz sin Cristo, la ven como escándalo  los que se creen religiosos, porque la interpretan como fruto de algún desorden personal. También los que se creen doctos la juzgan como necedad y hasta como padecimiento de algún estado enfermizo de aquellos a los que les da por sacrificarse.

La Cruz, con Cristo, es posibilidad de amor, gesto solidario, ocasión propicia para abandonarse a Dios, oportunidad para conocer la fuerza en la debilidad, el poder de la gracia, la paradoja de la providencia.

La Cruz, con Cristo, es verdad recia, puerta para el conocimiento propio, iniciación y aprendizaje en el proceso de maduración personal, escuela de sentimientos entrañables, don de sabiduría, posibilidad de comunión con los más débiles, título noble, experiencia sagrada.

La Cruz, con Cristo, es profecía de gloria, anticipo de luz, unción sagrada, privilegio de configuración con Jesucristo, destello  de amor divino, tangibilidad del misterio, contemplación de la cara visible de Dios.

Abrazar la Cruz es abrazar a Cristo, compadecerse de los que sufren es manifestación del amor divino, compartir la suerte de los dolientes hace parecerse a quien se despojó de su rango y se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Abrazar la Cruz es testimonio de fe, porque se profesa de la forma más noble a Dios; de esperanza, porque se funda en la Palabra divina; y de amor, porque nadie tiene amor más grande que el que da su vida por los hermanos.

Abrazar la Cruz, adorarla, besarla, es desposorio, entrega del propio cuerpo en oblación corredentora. “En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 2, 19-20).

“Tu Cruz adoramos, Señor, y tu santa Resurrección alabamos y glorificamos, por el madero ha venido la alegría al mundo entero”.

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