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La política murió... ¡Viva la Política!

Pedro CASALDÁLIGA -
El gran personalista cristiano Emmanuel Mounier declara: «Todo es político, aunque lo político no lo sea todo». Fábio Konder Comparato, jurista y militante, a pesar de las graves decepciones que ha sufrido con la política, afirma categóricamente: «Fuera de la política no hay salvación». Varios institutos españoles, especialistas en juventud, constataron en una encuesta que el 60% de los jóvenes no sienten ningún interés por la política. El pueblo sencillo de nuestras regiones del interior de Brasil hablaba y habla de la política, a priori y a posteriori, como de un mal: “estar político” con alguien es estar reñido.
¿En qué quedamos? ¿Política sí o política no?

En esta Agenda Latinoamericana Mundial de 2008, después de hablar de la democracia en la Agenda 2007, creemos más que oportuno hablar de la política.
Hay que reconocer que la decepción que viene provocando la política, en todos los países prácticamente, crea una actitud de desconfianza, de desprecio y hasta de indignación frente a la política. ¿Cuáles son las causas? Desgraciadamente es fácil enunciarlas: los escándalos de corrupción y nepotismo, la falsedad de las promesas electorales, las alianzas espurias, la inercia interesada de las oligarquías nacionales y la sumisión de gobiernos y políticos a la macrodictadura del capitalismo neoliberal...

La experiencia colectiva, en casi todos los países, sobre todo en el Tercer Mundo, es de una danza de siglas que encubren, todas ellas, la misma seudo-política reinante en el poder, en el lucro, en el privilegio. Se ha hecho de la política un negocio, el recurso de las élites que se van sucediendo, siempre las mismas, abiertamente en la derecha, consagrando el estatu quo. Dice el chiste: «¡Ya está bien de hacer política con la política! ¡Déjenla para lo que es: para hacer negocios!»

Esa política ha de morir. Ya es mundialmente una política muerta para la sociedad que quiere vivir humanamente y construir un futuro auténticamente democrático, participativo, humanizador, sin esas desigualdades que claman al cielo. La economía crece pero crece simultáneamente la desigualdad. Los planes estructurales de ajuste, exigidos a los países pobres, desde la política en ejercicio, han fracasado, cobrándose mucho dolor, mucha miseria y hasta mucha sangre. «El proceso actual de globalización, escribe Stiglitz en su libro Cómo hacer que funcione la globalización, está provocando unos resultados desequilibrados tanto entre países como dentro de los mismos. Se crea riqueza, pero hay demasiados países y personas que no comparten sus beneficios... Estos desequilibrios globales son moralmente inaceptables y políticamente insostenibles». Se ha afirmado oportunamente que la desigualdad asesina la mundialización; y se convoca para un proceso múltiple en lugares y en modos al servicio de una “mundialización equitativa”, que reparta el bienestar y que suprima la miseria.

Hay que hacer de la política un ejercicio básico de ciudadanía. La ciudadanía es el reconocimiento político de los derechos humanos. Porque somos humanidad somos sociedad. El filósofo italiano Giorgio Agamben afirma: «La separación entre lo humano y lo político que estamos viviendo en la actualidad es la fase extrema de la escisión entre los derechos del hombre y los derechos del ciudadano».

Nuestra Agenda hace un recorrido por la historia de la política. Confronta el ejercicio de la política real con los derechos humanos, con la ciudadanía, con las culturas, con la laicidad y el diálogo inter-religioso, con la ecología, con los medios de comunicación. Esa política real tiene en las manos la manipulación de la opinión pública y «la colonización de las subjetividades». Para la mayor parte de la humanidad es una política que debe morir, que ya es una política muerta. Y, sin embargo, la política, la otra política, no puede morir, precisamente porque la humanidad no puede vivir sin ella. La política es la organización de la vida humana, el proceso de la sociedad. La política es más que una dimensión, abarca todas las dimensiones de la vida social.

Denunciando en nuestra Agenda la política inicua, reivindicamos la verdadera política. Una política «otra», de justicia, de transparencia, de servicio, de participación. Programada y vivida localmente y mundialmente. Renovando las instancias tradicionales, muchas de ellas caducas e injustas, y propiciando instancias nuevas. Formando políticamente a la ciudadanía. Sugiriendo actitudes, procesos, campañas; ayudando a buscar soluciones. Ya sabemos que «agenda» es «lo que se debe hacer». Esta edición de nuestra Agenda, pues, quiere ayudar a pensar y a asumir lo que se debe hacer para que la política viva, resucitada, lejos de «los sepulcros blanqueados», sea una política humana y humanizadora.

Con Max Weber, queremos distinguir entre la política como profesión y la política como vocación. Rubem Alves escribió, en un memorable artículo Sobre política y jardinería: «De todas las vocaciones, la política es la más noble... De todas las profesiones, la profesión política es la más vil».

Varios especialistas escriben en nuestra Agenda, proporcionando información y pistas de acción, particularmente en áreas más profanadas o más olvidadas: política y derechos humanos, la mujer y la política, la política y los medios de comunicación, la política y el movimiento popular, la política y las culturas, la política y la religión, la política y la economía.

Hay que soñar andando. Queremos y debemos ser políticos, hacer política. Nos autoconvocamos para entrar, mujeres y hombres, -y cada vez más las mujeres en las diferentes esferas de la política-, adultos y jóvenes, todos comprometidos y esperanzados, en esa gran movilización de objetivos, de foros, de campañas, de realizaciones. Pedimos, soñando alto, que la política sea un ejercicio de amor, la celebración diaria de una convivencia verdaderamente humana. Una política fraterna y sororal. Un culto diario a la Humanidad y el mejor culto al Dios vivo. Queremos ser políticos y hacer política, sin posible neutralidad, sin hipócritas equidistancias. En su célebre discurso de la universidad de Lovaina, el mártir San Romero de América afirmó: «Ser a favor de la vida o de la muerte. Cada día veo con más claridad que ésta es la opción a seguir. En eso no existe neutralidad posible. O servimos a la vida o somos cómplices de la muerte de muchos seres humanos. Aquí se revela cuál es nuestra fe: o creemos en el Dios de la Vida o usamos el nombre de Dios sirviendo a los verdugos de la muerte».
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