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La paternidad de Dios

Enrique Martinez de la Lama, CMF -

El Antiguo Testamento nos habla de un Dios que ofrece al hombre una relación salvífica y liberadora, sobre todo a aquel que se encuentra más desvalido y necesitado. La revelación es una historia de amor paternal entre Dios y su pueblo.

Nos dirigirnos a Dios como Padre es lo primero que nos enseña Jesús. Pero ¿es una originalidad suya? ¿Nadie antes que él lo había hecho en Israel? ¿Qué sabores le trae a Jesús el uso de esta palabra, sabiendo que ha bebido su espiritualidad dentro de la fe judía? ¿Qué concepto de padre tenían en aquellos momentos? ¿Cuál es la novedad de la oración de Jesús? Vamos a dar un breve paseo por la Escritura, sin recargar de citas y dejando a un lado erudiciones.

La fe de Abraham en un Dios personal

Dios se reveló como el Dios de Abraham y se fue dando a conocer poco a poco como el único y verdadero Dios, cuya palabra es eficaz y cuyas promesas se realizan siempre. Es el Dios de Abraham (Gn 15, 7) a quien Isaac (26, 2.23) y luego Jacob (28, 13) acogerán como suyo (Ex 3,6), y que se convertirá en el «Dios de los padres» (Ex 3, 15) y en el Dios de Israel y Judá (Gn 48,17).

Así pues, en Abraham encontramos:

• Un Dios personal, a quien se puede tratar de tú, que acompaña, guía y protege.
• Un Dios universal, creador del cielo y de la tierra (vida).
• Un Dios que exige fe, atención y obediencia.
• Un Dios cuya palabra es eficaz (lo que dice se cumple) y que hace promesas.

El Éxodo, fundamento de la paternidad de Dios con Israel

El Dios de los padres (Ex 3, 12.25-16), que se da a conocer a Moisés en el Horeb, se presenta decidido a intervenir en favor de los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob y a cumplir sus promesas. Esta acción salvífica y liberadora va a establecer entre Él y el puebloescogido una relación de pertenencia, expresada en los términos de paternidad y filiación.
Moisés tiene la misión de decir al Faraón: «Israel es mi hijo primogénito. Te ordené: deja partir a mi hijo para que me sirva. Pero tú te niegas a dejarlo marchar. Pues bien, haré morir a tu hijo primogénito» (Ex 4, 22-23). Dios va a tomar la defensa del pueblo como un padre para proteger a su hijo desvalido.
Otro de los autores del Éxodo (P) expresa esta relación de paternidad en Ex 6, 6-7: Dios declara a Moisés: «Os redimiré (este verbo evoca la acción emprendida en favor de un hombre que ha caído en la esclavitud, o cuyos bienes han sido enajenados, por parte de un pariente próximo que interviene para sacarlo de apuros) y adoptaré como pueblo mío y seré vuestro Dios». La alianza del Sinaí reforzará los vínculos que unían ya a Dios con su pueblo (Ex 19-20). Dios se muestra Padre dando una ley que estructure su existencia, manifestando su autoridad, prometiendo su protección e invitando al pueblo a escucharle y obedecerle. El cántico de Moisés (Dt 32, 6) resume todo esto: «¿Acaso no es él tu Padre, que te dio la vida? Es él el que te ha hecho y te ha formado».

En resumen, el Dios del Éxodo aparece como:

• Un Dios que se compromete a ser salvador y liberador del Pueblo (su hijo).
• Un Dios que protege especialmente al hijo desvalido (Israel en este caso).
• Un Dios que da una ley y pide escucha y obediencia (Alianza).

Dios Padre en la enseñanza de los profetas

El haber sido adoptados como hijos de Dios, y los continuos gestos salvíficos que experimentan como pueblo elegido, suponían para ellos ciertas exigencias (Ex 19-24), a las que a menudo respondieron con la ingratitud y la traición. Los profetas denuncian de manera especial las injusticias, apoyándose precisamente en la paternidad de Dios.
Desde el siglo VIII, en el reino del norte, Oseas denuncia la idolatría del pueblo, evocando la actitud paternal de Dios para con él (Os 11,1-4 y ss). Al ignorar ese amor paternal y rechazar el comportamiento que corresponde a un hijo (Os 11, 6-7), Israel dejará de ser el pueblo de Dios y Yahveh ya no será su Dios (Os 1, 9). Pero ese Dios que amó primero a su pueblo está dispuesto al perdón, ya que tiene su corazón destrozado (11,8-9). Oseas emplea algunos antropomorfismos para expresar el amor que brota de lo más hondo del corazón divino, y surge una promesa de restauración (Os 11,10-11).

Jeremías, en el siglo VI, se hace eco de esas relaciones difíciles de Dios con su pueblo (3, 4-5.19-20.22). Y cuando Efraim confiesa su pecado y entra en un movimiento de conversión (31, 18-19), Dios no puede menos de dejar desbordar su cariño de Padre (31,9-20).
En el segundo y tercer Isaías, la paternidad divina se convierte en un nuevo motivo de esperanza y oración. Dios se porta con su pueblo con tanto cariño como una madre. Dios promete rodear a su pueblo de un amor maternal (Is 49, 15; 42, 14b; 66, 13). Existen también textos que recogen los gritos de confianza con los que Israel implora misericordia apoyándose en la paternidad de Dios (Is 63, 7-9.15-16 y ss.): mientras parece haberse roto la relación con los patriarcas (v 16) la relación con Dios se convierte en el último recurso. Puesto que confiesan sus faltas, Dios no podrá menos de concederles su perdón y protección.

El concepto de paternidad divina se enriquece con una nueva explicación teológica: Dios es padre en cuanto que es creador (Is 64, 7-8; 43,15; Mal 2,10; Dt 32, 5-6).

El Dios que nos descubren los profetas es:

• Un Dios particularmente preocupado por la justicia entre los hombres.
• Un Dios que sufre la ingratitud de sus hijos y está dispuesto siempre al perdón.
• Un Dios que ofrece un cariño maternal, y en quien se puede confiar en las dificultades.
• Un Dios que es Creador por ser Padre.

Los oráculos mesiánicos y los salmos

Dios, Padre del rey. En su coronación, el rey escogido por Dios se convertía en hijo de Dios y embajador suyo en la tierra. El rey no tiene su poder en sí mismo, sino en Dios que lo escoge para apacentar a su pueblo. Dios promete a David un descendiente que reine después de él, y Dios será para él un padre y él para Dios un hijo (2 Sam 7,11b-14).
En el Sal 89 se afirma con toda claridad la fe en la filiación divina del rey, a pesar de todos los desastres de la dinastía davídica (Sal 89, 21-30). Hay que señalar sobre todo los Salmos 2 y 110, que son el eco de la ceremonia de entronización real que confería al soberano su filiación divina por decreto de Dios, haciéndole adquirir una nueva personalidad (Sal 2,7).
Dios, Padre de los pobres. El Antiguo Testamento considera que Dios es Padre de una forma especialísima de los débiles y los pobres, de todos los que son víctimas de las injusticias sociales (especialmente provocadas por la monarquía y la nobleza: Am 2, 7; 4,1; 5,11; Is 1, 15-17; Jr 22, 3). Uno de los deberes fundamentales del rey era la defensa de los pobres (Sal 72). Pero es sobre todo Dios el que se manifiesta como protector suyo (Sal 68, 6; Sal 103, 6.13; 146). Sirácida añade que Dios vela también por el que se cuida de los desventurados y lo considera como hijo suyo (Eclo 4, 10). El verdadero hijo de Israel no se contenta en reconocer a Dios como Padre de su pueblo y como su propio Padre; imita la benevolencia divina socorriendo a los oprimidos. La fidelidad con Dios va acompañada de una actitud misericordiosa con el prójimo en la necesidad.

El Dios que descubren en los tiempos de la realeza añade nuevos matices:

• Decir Padre es recibir el título de rey o de hijo de Dios para apacentar al pueblo y vencer a los enemigos; queda consagrado como sacerdote eterno y es habilitado para poder sentarse a su derecha.
• El Dios Padre que promete un Mesías y se considera protector especialmente de los pobres y humillados.
• El Dios Padre vela de manera especial por quien hace suyas las opciones divinas, sobre todo la misericordia.

Para orar y dialogar

  1. Orar repitiendo la palabra «Dios Padre», un tiempo prolongado. ¿Qué sentimientos despierta el nombrar de este modo a Dios?
  2. Escribir en una cartulina cada uno de los rasgos que se contienen en el concepto de Dios-Padre tal como lo vive el pueblo de Israel. Colocarlo a la vista del grupo, y orar a partir de lo que cada uno del grupo ha escrito.
  3. ¿A qué nos compromete el hecho de poner en nuestra boca el nombre de Dios como Padre?
  4. ¿Dónde descubrimos hoy más a Dios, y dónde lo echamos más en falta? ¿Podemos hacer algo?

El Dios que nos descubren los profetas es un Dios preocupado por la justicia entre los hombres, que sufre la ingratitud de sus hijos y está dispuesto siempre al perdón, un Dios que ofrece un cariño maternal y en quien se puede confiar en las dificultades

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