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La palabra interpeladora de Jesús

Maxim Muñoz - profesor en la Facultad de Teología de Cataluña -

    El pueblo de Dios, por su parte, necesita que alguien le recuerde los acontecimientos del pasado. El levita o el sacerdote así lo hace. Con palabras sapienciales se dirige al pueblo de Dios en estos términos: «Escucha, pueblo mío, mi enseñanza, / inclina el oído a las palabras de mi boca». El levita/sacerdote es mero transmisor de la tradición. La recibió de los antepasados y ahora ha de entregársela a la generación presente. Ésta, a su vez, se la confiará a los hijos que nazcan después. Así generación tras generación: «Lo que oímos y aprendimos, / lo que nuestros padres nos contaron, / no lo ocultaremos a sus hijos, / lo contaremos a la futura generación». El contenido tradicional es brevemente enunciado y, posteriormente, ampliamente desarrollado. Que todos sepan «las alabanzas del Señor, su poder, las maravillas que realizó». La historia de este pueblo ¿y de quién no? es una combinación de luces y de sombras. Los prodigios de Dios suscitan la desconfianza en el pueblo; sus beneficios, la rebeldía; la entrega de la tierra, la idolatría. Este conjunto de relaciones paradójicas se resuelve en el centro del salmo: La caducidad del hombre conjugada con la compasión de Dios explican la historia.

Es importante estar atentos a la escucha de la palabra para saber acogerla de este pueblo también la nuestra. Hemos de acogernos siempre a la compasión divina, conscientes de que somos carne, «un aliento fugaz que no torna». Dios, por el contrario, es compasión y ternura, cercanía y arrimo. Es lo que sabe el pueblo de Dios, porque Éste se lo dijo a Moisés. De la gran historia pasamos a la pequeña historia. Mientras tanto, cuanto Dios hizo con nuestros padres no es negado, sino asumido en la historia personal. Los artículos del credo histórico, que nos conducen de Egipto a la tierra, son el apoyo de la confianza en Dios, pese a las oscuridades de la vida personal.

Para que ningún hijo de este pueblo y tampoco nosotros olvide un aspecto y otro, la predicación deuteronómica es una insistente invitación a escuchar: «Escucha, Israel...». Aunque este pueblo se ha definido mediante dos verbos: «escuchar» y «hacer» «Escucharemos y haremos cuanto ha dicho Yahweh», se tiene la impresión de que sus oídos están embotados y sus manos paralizadas para la acción. El predicador deuteronónimo, sacerdote o levita, tiene la misión de abrir el oído de los israelitas. De ahí el lenguaje reiterado y directo: «Escucha, escucha, Israel». La palabra, una vez más, es frágil y perecedera, flor estival. ¡Si se grabara en el corazón...! Entonces sí, desafiaría el paso del tiempo, e Israel sería capaz de hacer, de llevar a la práctica los consejos, normas y preceptos. Es lo que promete el profeta Jeremías, después de haber sido testigo de tantos olvidos: «Yo pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré», dice el Señor. Hasta que llegue el día de la intervención divina, que alguien insista: «escucha, Israel», para que este pueblo no pierda su propia identidad.

Tesorero de la palabra es el profeta. Sus mensajes son explicitación de una palabra germinal: «Así dice el Señor». Ésta adquirirá diversas tonalidades, conforme a la situación del pueblo. La denuncia y el anuncio, el pleito y la acusación, la conminación del castigo y la complicidad en el mismo, el consuelo y el ánimo, etc. son modulaciones distintas de una misma palabra. Si esta palabra es condenada de antemano a no ser acogida, si choca con un pueblo rebelde que no la acepta, no importa, diría. Lo importante es que todos sepan que la palabra existe, que Dios continúa hablando. Es el caso de Ezequiel. Ha de ir a los hijos de su pueblo, y tan sólo ha de decirles: «Así dice el Señor Yahweh», escuchen o no escuchen.

Lo importante, en consecuencia es la palabra. Reclama un oído acogedor. Es tan sutil la corporeidad de la palabra, es tan fugaz su existencia, que corre el peligro de pasar desapercibida. Pero si esta palabra se desvanece, el pueblo de Dios ha perdido el alma, y, con ella, también la vida. Por el contrario, una palabra transmitida como susurro en el hogar familiar, proclamada en el cálido regazo de la asamblea litúrgica, arrancada del tesoro de la profecía tiene la grandeza de vincular a las generaciones entre sí, y de convertir a los hijos de este pueblo en contemporáneos de los acontecimientos que transfiguran la historia humana, tornándola santa. Dada la importancia que tiene la palabra, es apremiante la invitación a grabarla en el corazón, a repetirla estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado, a transmitirla de generación en generación. Es verdad, al principio existía la palabra. A lo largo del tiempo ha de perdurar la palabra, con la grandeza y miseria que le son congénitas.
H Ángel Aparicio es profesor de Biblia en el Instituto Teológico de Vida Religiosa de Madrid.


ios evangelistas nos presentan a Jesús recorriendo los pueblos de Galilea «anunciando la buena noticia del reino y curando todas las enfermedades y dolencias» (Mt 9,35; 4,23). Le seguía mucha gente, que quedaba admirada de su enseñanza «porque les enseñaba con autoridad, y no como sus maestros de la ley» (Mt 7,28) ¿Qué secreto escondía la predicación de Jesús que cautivaba así a sus oyentes?

PALABRA QUE NACE DE LA EXPERIENCIA

En primer lugar hay que subrayar algo básico: la predicación de Jesús brota de una experiencia muy profunda del Dios «Abba», Amor entrañable e incondicional, que quiere instaurar su Reino de bondad, de justicia y de perdón entre los hombres y en la historia. Jesús es el primero que busca ese Reino por encima de todo y se fía plenamente del Padre. En ello ha encontrado el tesoro escondido, la piedra preciosa: algo sumamente bueno que no puede callarse, que tiene que comunicarlo predicando, curando, expulsando demonios, haciéndose prójimo de los excluidos, denunciando el antireino. Esto es lo que da garra, fuerza Jesús de Nazaret es una maestro de la comunicación. El anuncio del Reino de Dios constituye la pasión de su vida. Es relevante no sólo el contenido sino también la forma de la predicación de Jesús. Todo un ejemplo a seguir.

y pasión a la predicación de Jesús. Todo él rezuma una gran fe, un firme convencimiento de que, a través de su palabra y de su acción, se está abriendo paso el amor de Dios y es más fuerte que el maligno. Es significativa en este sentido aquella frase «¿con qué compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es semejante a...» (Me 4,30). Es como si Jesús buscara más y mejores aproximaciones a un misterio que él vive intensamente y que quiere que los otros descubran.

Esta experiencia que intenta transmitir Jesús afecta de tal forma al conjunto de la persona y de la historia, que no puede comunicarse adecuadamente sólo de palabra. De ahí que la predicación de Jesús no pueda separarse del conjunto de su vida, la palabra podría quedar como un discurso bello y cautivador, pero sospechoso de ser irreal. Pero cuando vemos que Jesús encarna las actitudes de perdón, misericordia, salvación, radicalidad, proximidad... que anuncian sus palabras, éstas tienen una gran fuerza y credibilidad: hacen referencia a un proyecto histórico de Dios en marcha. Pero la acción y la vida sin la palabra que explícita, aclara, enseña, podrían quedar en una tremenda ambigüedad, porque los hechos en sí pueden significar muchas cosas.

CON AUTORIDAD, DESDE LA VIDA

Esa autoridad que admiraba la gente deriva de la comunión profunda que unía a Jesús con el Padre y del papel único que tenía conciencia de jugar en la realización de su Reino. Jesús demuestra conocer en su fuente misma la voluntad de Dios, se identifica con ella y la comunica con convicción y fuerza. No necesita apelar al «oráculo de Jahvé» como los profetas o a la escritura, como los maestros de la Ley. Es lo que descubrimos en las famosas antítesis del sermón de la montaña «se os dijo... pero yo os digo» o en frases introducidas por una fórmula sin parangón: «en verdad os digo». Con la misma fuerza y autoridad Jesús llama a su seguimiento, cura a los enfermos o expulsa los demonios. Se trata de la Palabra viva y eficaz que recrea, transforma e ilumina la historia, esa Palabra que, siendo «la vida y la luz de los hombres», ha plantado su tienda entre nosotros (Jn 1,4ss).

Pero hay otro aspecto de originalidad de Jesús, que lo distinguía también de los demás maestros: su estilo directo, interpelante, surgido de la vida, dirigido al corazón humano. Los doctores de su tiempo acostumbraban a perderse en disquisiciones y argumentaciones relativas a la Ley y a su aplicación casuística. En cambio, lo que cautiva de la predicación de Jesús es su anclaje en la vida real de las personas: tanto por el lenguaje utilizado como por la conexión que tiene con las necesidades y expectativas del pueblo llano. Las bienaventuranzas, así como numerosas parábolas y dichos de Jesús, unidos a su praxis del Reino, hacen sentir efectivamente la llegada del Reino de Dios como una Buena Noticia, pero muy especialmente a los pobres, los que lloran, los enfermos, los excluidos de toda clase, las mujeres, los niños, los publícanos y pecadores...

Este colectivo de gente, a quien Dios ha revelado «los misterios del Reino» (Le 10,21), podía entender bien la predicación de Jesús. En ella vemos claramente reflejadas la vida y las condiciones existenciales de la gente de Galilea. Jesús habla de trabajadores que esperan en la plaza alguien que les contrate, de amos que tienen arrendadas las tierras, de pastores que pierden ovejas, de niños que juegan en la plaza, de mujeres que barren y amasan el pan, de vecinos que molestan a media noche pidiendo pan, de constructores que no tienen dinero para acabar la construcción.

Esto muestra también que a Dios se le conoce mejor a partir de la vida de los hombres que mediante sabias disquisiciones; que su Reino está tan cercano que alcanza lo cotidiano y puede ser expresado a partir de imágenes tan simples como las de una semilla, una moneda, una oveja, un trabajador, un deudor, la atención del pastor por sus ovejas o el amor de un padre hacia su hijo perdido...

En definitiva: la enseñanza de Jesús no pretende comunicar simplemente unos contenidos de tipo teológico, ético o sapiencial sobre  Dios y su salvación.

Lo que le interesa es el impacto vital en las personas: ayudar a descubrir el amor inmenso de Dios que actúa a través de él de una forma especial, que, a la vez que penetra la mente, abre el corazón y la vida entera a nuevos horizontes, consuela, interpela, denuncia, invita a un cambio de mentalidad, a una acción en consonancia con el don recibido.

Esa predicación fuertemente ligada a la vida se expresa también en el hecho de que Jesús no sólo aparece enseñando de manera formal y seguida, sino que a menudo lo hace al hilo de los acontecimientos: encuentros con personas, preguntas que le dirigen, situaciones que le merecen un comentario. Así una discusión de los discípulos, la pregunta de un maestro de la Ley, el gesto de una viuda, ofrecen a Jesús la oportunidad de iluminar la situación o hacer comprender algo importante del Reino.
Esto hace que la predicación de Jesús asuma formas literarias variadas: preguntas, aforismos, lamentaciones, denuncias, exhortaciones. Algo muy típico suyo son las contraposiciones, que sugieren la nueva lógica del Reino frente a los convencionalismos: «Los últimos serán los primeros, y los primeros, últimos» (Mt 20,16); «el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» (Mt 23,12); «quien quiera ser el primero, que se haga servidor de todos» (Mt 20,27); «quien quiera salvar la vida la perderá, quien la pierda por mí, la salvará» (Mt 16,25).

Y NADA LES DECÍA SIN UTILIZAR PARÁBOLAS...

Pero las parábolas, quizá, sean la forma de predicación más típica de Jesús. «Y no les decía nada sin parábolas» (Mt 13,34). Los evangelios nos han conservado una gran cantidad de ellas, de un gran valor incluso literario. La parábola es un lenguaje que interpela e invita al oyente a entrar en una nueva comunicación y un nuevo horizonte.

Algunas parten de una evidencia en la que narrador y oyente encuentran un punto de acuerdo: cualquiera puede reconocer que una minúscula semilla de mostaza produce una planta inmensa (Mc 4,3032) o que una ínfima cantidad de levadura es suficiente para fermentar mucha masa (Mt 13,33) o que ama más aquel a quien se le ha perdonando más (Lc 7,42). A menudo ese acuerdo es provocado por una pregunta de Jesús ¿quién de ellos fue el prójimo del herido? ¿Qué os parece que hará el amo de la viña con los viñadores que le han matado a los criados y al hijo? Así, una vez que el interlocutor ha entrado en el juego, Jesús le invita a transportar esa evidencia al terreno donde se juega el Reino y que obliga a un replanteamiento de actitudes: es preciso creer en la potencia de crecimiento del Reino, acoger al herido tirado, reconocer que se han asesinado a los profetas enviados por Dios...

En otras parábolas la interpelación está en el comportamiento desconcertante, imprudente o injusto de determinados personajes (puestos como modelos): un padre que hace una fiesta después de que el hijo se ha pateado la herencia; o un amo que paga lo mismo a trabajadores que han trabajado un número desigual de horas; o un pastor que deja a las 99 ovejas para ir a buscar a una que se ha perdido. Estos comportamientos ponen en crisis la realidad cotidiana, abriéndola a nuevas posibilidades, nuevas actitudes, que son las del Reino: el amor generoso por encima de la estricta justicia, del desagradecimiento o de la prudencia.

El oyente de las parábolas se ve obligado a decidir: ¿se atiene a la imagen ordinaria del mundo, ordenado según sus reglas, o se abre a las nuevas posibilidades que presenta el relato? «Se ve remitido no a un mundo distinto del presente, sino a una nueva posibilidad dentro de este mundo: una posibilidad real de ver y vivir la vida y el mundo de una forma distinta a la acostumbrada» (Schillebeeckx).

CONCLUSIÓN

Creo que este estilo de predicación de Jesús nos puede resultar iluminador y sugerente. Nuestro anuncio del evangelio, como el suyo, tiene que surgir de una fuerte experiencia de Dios y de la Buena Noticia de su Reino, que no podemos dejar de comunicar; debe también formar un todo con el conjunto de nuestra existencia e insertarse en el ambiente y necesidades que nos rodean, para que realmente sintonice con el lenguaje y expectativas de nuestros contemporáneos. Finalmente no puede limitarse a comunicar contenidos o doctrina, sino que debe interpelar, asumiendo especialmente ese estilo narrativo y parabólico que tanto conecta con la sensibilidad actual.

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