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La palabra de Jesús da que hablar.

Pablo Largo Dominguez, cmf (Profesor de Teología) -

Hemos preparado esta herramienta para trabajar sobre las palabras de Jesús. Son espíritu y vida: dan que hacer, que pensar, que sentir, y dan que hablar. Antes que considerar el contenido del mensaje, es indispensable contemplar el acontecer de la Palabra en la vida de los hombres.

Sin duda que Jesús habló: los evangelios recogen algunas de las exclamaciones en que prorrumpió revelando su mundo personal, algunas de las interpelaciones con que irrumpió en otros universos personales, algunos de los dichos, parábolas y discursos en que comunicó su mensaje del Reino de Dios, algunos diálogos y debates en que ejerció una u otra dimensión (expresiva, interpeladora, comunicativa) del lenguaje humano.

Los evangelistas dejan también constancia de ciertos silencios de aquel artesano de la palabra. En ocasiones, a pesar de que ciertas personas quisieron tirarle de la lengua, Jesús dio la callada por respuesta. Es lo que sucedió en los diversos interrogatorios a que fue sometido en la última noche y en la postrera mañana de su vida.

Hay, en fin, un intermedio entre la palabra y el silencio: la voz inarticulada. También la hallamos en la boca de Jesús, quien, instantes antes de morir, lanza «un fuerte grito» (Me 15,37).

En este taller de evangelio no nos interesa «reparar» en las palabras, silencios y gritos de Jesús, sino en las palabras que suscitó la palabra de Jesús. Porque dio, y no poco, que hablar. Su palabra provocó comentarios de todos los gustos, de suerte que podremos atender a una amplia gama de declaraciones sobre ella.

UNA PALABRA QUE DA QUE HABLAR A LA GENTE

Atendamos primero a la reacción expresada por los oyentes en general, o por personas anónimas:
  • Refiere Marcos que, después de la primera enseñanza en la sinagoga, todos los presentes, asombrados, se preguntaban entre sí: «¿Qué significa esto? Un nuevo modo de enseñar, con autoridad...» (Me 1,27).
  • En un pasaje de Lucas se cita la explosión admirativa de una mujer ante el mensaje de Jesús: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!» (Le 11,27).
  • Juan recoge el testimonio de los guardias: «¡Nadie ha hablado nunca como este hombre!» (Jn 7,46).
La gente se expresa en un lenguaje exclamativo, poniendo de manifiesto el impacto que produce en
ella la palabra escuchada. Los evangelios resaltan la capacidad de Jesús para conectar con los oyentes, la apertura franca de éstos ante su mensaje, el asombro que los embarga y del que dan testimonio espontáneo. Son oyentes que se entregan al acontecimiento y muestran una receptividad cálida ante este profeta carismático. Sus exclamaciones revelan la atmósfera creada en torno a Jesús en los «espacios abiertos» (exteriores e interiores) en que lo escuchan las masas.

Podemos ver en estos episodios una invitación a crear cierto clima de expectativa en las asambleas en que celebramos y escuchamos la Palabra, un estímulo a sacudirnos de encima cierta modorra y la disposición de quien se lo sabe todo y desconecta con facilidad, haciendo oídos sordos a la Palabra que se proclama, ajeno a su novedad, dándola más o menos inconscientemente por requeteoída. Aquellos oyentes pueden ser un estímulo a vibrar con la palabra del Señor, a vivir un segundo asombro, más meditado, nacido de la explosiva novedad de que puede ser portadora la palabra de Jesús en medio de tantos mensajes que nos asaltan a lo largo y ancho de la jornada.

UNA PALABRA QUE DA QUE HABLAR A LOS ADVERSARIOS

La gente que oye a Jesús no es una masa indiferenciada. Mezclados con ella están los discípulos, y también quienes perciben que la palabra de Jesús es extraña y hasta contrasta frontalmente con la que pronuncian ellos. Su reacción, tácita o expresa, es de rechazo.
  • En cierta ocasión, murmuran para sus adentros: «¿Qué manera de hablar es ésa? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar los pecados más que Dios solo?» (Me 2,7).
  • En otro momento, antes de formularle una pregunta capciosa, elogian su libertad de palabra: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios con verdad; además, no te importa de nadie... Dinos qué opinas: ¿está permitido pagar tributo al César o no?» (Mt 22,16; cf Me 12,14).
  • Cuando Jesús rompe uno de sus silencios y declara ante el Sanedrín que él es el Mesías, el sumo sacerdote exclama: «Ha blasfemado, ¿qué falta hacen más testigos? Acabáis de oir la blasfemia, ¿qué decidís?» (Mt 26,65-66).
Nos hallamos ante una amplia gama de testimonios: palabras de adulación; palabras de murmuración y escándalo; palabras de acusación; sentencias judiciales en que se especifica el delito verbal cometido por Jesús y se dicta la correspondiente condena. Son diversas formas de lenguaje antagónico.
Quizá convenga parar mientes en estas reacciones, por si nos dicen algo sobre nosotros mismos, no sea que nuestros asentimientos («Te alabamos, Señor», ¡Gloria a ti, Señor Jesús!») sean demasiado baratos y tengan su lado más o menos abultado de farsa inconsciente. ¿No hay en uno resistencias a la Palabra? ¿No tiene acotadas zonas en que no la deja penetrar? ¿No la relativiza y vierte agua en su vino nuevo para no tener que cambiar el personal odre viejo? ¿No le dice mentalmente que no al mismo tiempo que verbalmente le está diciendo que sí, por interpretar sus llamadas como una «moral hipotética, paradójica, que pretende únicamente que nos hagamos cargo de nuestra pecaminosidad, [porque] lo que cuenta no es cumplirla de manera rigurosa, sino reconocer que somos pecadores, necesitados de la misericordia de Dios y contentarnos con lo que podemos hacer» (card. C. M- Martini)

UNA PALABRA QUE DA QUE HABLA A ESPÍRITUS SIMPATIZANTES

En esta sección nos fijaremos en dos personajes particulares.
  • Primero, en el letrado que planteó al Maestro la cuestión acerca del mandamiento principal. Ante la respuesta de Jesús, manifestó su pleno acuerdo: «Muy bien, Maestro, tienes razón en decir que el Señor es uno solo...» (Me 12,32).
  • El otro personaje es la Samaritana. Cuando Jesús le recuerda su pasado, la mujer reconoce: «Señor, veo que eres un profeta» (Jn 4,20). Y luego lo declarará ante sus compaisanos: «Venid a ver a un hombre que ha adivinado todo lo que he hecho; ¿no será éste el Mesías?» (Jn 4,29).
La declaración del letrado es, por de pronto, un reconocimiento de que el Maestro lleva razón en lo que dice. En el caso de la Samaritana se avanza un paso más: la mujer manifiesta que Jesús es un profeta; y hasta se esboza un gesto nuevo: se intenta un interrogante en dirección de la confesión de fe. La interrogación, por su misma naturaleza, entraña cierta reserva; pero la forma concreta en que se enuncia aquí la sitúa a un paso de la afirmación.

La actitud de uno y otro personaje nos remite a posiciones que se dan actualmente ante el caso Jesús. Éstas no se reparten inequívocamente entre la repulsa decidida (algo así como un «¡Anatema sea Jesús!») y la confesión sin fisuras («Jesús es Señor!»). Existe un arco de posiciones que van desde la simpatía hacia la figura de Jesús hasta una titubeante aproximación en clave de fe. Un hombre religioso como Gandhi se siente fascinado por la figura de Jesús. Un agnóstico como Tierno Galván toma posesión de la alcaldía de Madrid delante de un crucifijo, y lo hace de forma muy consciente y razonada, por los valores humanistas que encarna el Nazareno. Un ateo como Fernando Savater ha evocado recientemente a Jesús y Sócrates como hombres que no se plegaron al «sistema», y se sitúa en su estela de inconformismo.

Al evangelizador actual le importa no simplificar las cosas y conocer el complejo haz de posturas ante Jesús y ante sus palabras. En calidad de creyente, mantiene que sólo la postura de fe reconoce el misterio de Jesús en su verdad plena, pero no tiene por qué vindicar una apropiación exclusivista de su Señor «el que no está confesantemente con Él, está blasfemamente contra Él»); puede apreciar el valor de los acercamientos humanistas a Jesús, por limitados que sean, y caracterizarlos como lenguaje simpatizante. Acaso algún representante del mismo merezca escuchar una voz interior: «No estás lejos del Reino de Dios».

UNA PALABRA QUE DA QUE HABLAR A LOS DISCÍPULOS

En Juan 6, donde se contiene el relato de la multiplicación de los panes y el posterior diálogo en que Jesús se presenta como el pan de vida, asistimos, por un lado, a una actitud de defección: algunos discípulos han seguido a Jesús hasta ese punto; pero la provocativa pretensión del Maestro los insta a un nuevo paso en su adhesión, a arriesgar el salto a una fe específicamente cristiana, y ellos optan por replegarse.

En cambio, la respuesta de Simón Pedro representa una reafirmación de la adhesión primera y un avance en el reconocimiento de la trascendencia de las palabras de Jesús: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).

Nos hallamos ahora en el nivel más profundo de la palabra humana sobre la palabra de Jesús: el nivel del lenguaje confesante. Si los adversarios han llegado a calificar de blasfemia la palabra en que Jesús ponía de manifiesto su pretensión y formulaba su autotestimonio, los discípulos que avanzan en la comprensión de su persona y su palabra reconocerán a ésta como el mensaje que salva definitivamente.
A cierta altura del seguimiento, el discípulo (cualquiera de nosotros) se vuelve más consciente de los rechazos y de las defecciones que se producen en derredor suyo. Se ve, pues, urgido a definirse de nuevo personalmente ante Jesús y su palabra, a matricularse otra vez en la escuela del seguimiento, del aprendizaje y de la confesión.

UNA PALABRA QUE DA QUE HABLAR A SU AUTOR

Aunque ya en los sinópticos encontramos algunas declaraciones de Jesús acerca de su palabra (cf por ej. Le 21,33), es especialmente en Juan donde se aplica con particular insistencia a hablar sobre ella.
Recogemos primero un bloque de declaraciones:
  • En el diálogo con Nicodemo, Jesús afirma: «Te aseguro que hablamos de lo que sabemos; damos testimonio de lo que hemos visto» (Jn 3, 11).
  • En Cafarnaún insiste: «Las palabras que os he dicho son espíritu y vida» 0n 6,63).
  • En las controversias con los judíos durante la fiesta de las tiendas, declara reiteradamente: «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado...» (Jn 7,17). «¿Por qué no entendéis mi lenguaje?... Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios oye lo que Dios dice; vosotros no lo oís porque no sois de Dios... Pues sí, os lo aseguro: quien haga caso de mi mensaje no sabrá nunca lo que es morir» (Jn 8,43.45-47.51).
  • En su despedida, comunica a los discípulos: «Mucho me queda por deciros, pero no podéis con tanto ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os irá guiando en la verdad toda... Él tomará de lo mío y os lo interpretará» (Jn 16,12-14).
Volvamos ahora sobre estos testimonios. Primeramente, Jesús se presenta como testigo de primera mano y como portavoz autorizado. Es receptor originario de la palabra que transmite. Revela cuál es el origen primero y más alto de su palabra.

Además, revela el objetivo último y más alto que con esta palabra, como con toda su acción, pretende: la gloria del Padre; y revela la virtualidad que la habita: la de dar vida más fuerte que la misma muerte. Esto se explica por la naturaleza misma de las palabras de Jesús: son espíritu y vida.
Finalmente, Jesús manifiesta su pedagogía: todavía le queda mucho por decir, pero los discípulos no están en condiciones de asimilarlo; manifiesta, pues, que su palabra es parcial, definitiva y a la vez limitada, abierta a ulterior profundización; aunque, por otro lado, señala que las palabras del Espíritu sólo serán prolongación de la suya y, además, tendrán en él su principio. Hay continuidad entre la palabra eclesial pronunciada en el Espíritu y la palabra original del Jesús de la historia. La de éste no es como un bloque inerte, sino como una célula germinal.

Acaso podamos decir que Jesús emplea un lenguaje explicativo en que ofrece una serie de claves para mostrar el decisivo relieve teológico que tiene su palabra y para destacar su apertura y su riqueza inagotable. Y nos vemos invitados a preguntarnos por el origen de nuestras palabras de evangelizadores, por sus objetivos, por su vinculación a las de Jesús, por su eclesialidad y por su capacidad de renovación.

UNA PALABRA QUE DA QUE HABLAR AL PADRE

«Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: Este es mi Hijo muy amado, escuchadlo» (Me 9,7).

Esta palabra no es un acto de presentación de credenciales realizado por Jesús mismo; es más bien un acto de presentación del embajador y de confirmación de su embajada por Aquel mismo al que representa.

El destinatario no es Jesús (no nos hallamos ante una fórmula de envío, como sucede en las teofanías proféticas), sino los seguidores de Jesús presentes; el lenguaje prescriptivo de la voz señala la conducta apropiada ante la palabra del Maestro: la actitud de discípulo, la escucha receptiva.

El Padre refrenda lo que Jesús mismo ha dicho: el propio Padre está detrás de Jesús y respalda sus decires. «Escuchadlo» es una fórmula de legalización teológica de la palabra de Jesús.
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