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La Navidad de un cura. Cuando un cura se confiesa...

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Hace ya bastantes años que un famoso sacerdote español, José Luis Martín Descalzo, fecundo escritor y periodista, publicó un libro cuyo título era: “Un cura se confiesa”. Fue su primer grande éxito editorial. Contaba simplemente la vida de un joven sacerdote: la suya.

Uno de estos días estaba reflexionando sobre cómo hemos vivido yo y otros compañeros sacerdotes la vigilia y el período navideño. Lo que les voy a conversar a continuación es pues en buena parte autobiográfico y, sobre todo, se trata de experiencias todas ellas vividas al pie de la letra.

¿Cómo se comporta la gente con el sacerdote, cuando se acerca y se celebra la Navidad? En este momento recuerdo algunas de dichas reacciones. Ahí las tienen.

Entre los creyentes, están las monjas de clausura que, desde su retiro, te acompañan y animan escribiéndote por correo electrónico (estamos en el siglo XXI también en la clausura, ¡gracias a Dios!): “Padre, cuente con nosotras. ¡Rogamos tanto por Ud. y por todos los sacerdotes en estos días de intenso apostolado...!”. A lo que les respondí: “Hermanas, ciertamente cuento con vosotras. Me siento tan responsable, tan pobre y tan frágil en medio del Pueblo de Dios... Menos mal que el Señor ayuda... y vosotras con Él!”.

Está el pueblo sencillo que te felicita la Navidad si te encuentra por la calle, o te envía una postal, o, como quien no quiere, te deja una botella de buen vino o unos turrones o una cesta de fruta en la puerta de casa..., a veces sin decir siquiera quién es el donante que te quiere demostrar así su afecto y agradecimiento por algo que le has hecho, o porque existes sin más en su vida. Están los que vienen a confesarse, ya sea porque frecuentan regularmente la Iglesia, ya sea porque “al menos en Navidad...”; y ahí te dejan el inmenso regalo de su fe, a veces vacilante, de su increíble confianza en tí simplemente porque eres sacerdote; te cuentan sus alegrías y sus penas, sus esfuerzos, fragilidades y contradicciones... ¡Si supiera la gente cómo enriquece humana y espiritualmente al sacerdote haciéndole partícipe de su bagaje en el camino de la vida...! Quien no participa de la fe o se ha alejado de ella, no puede imaginar lo que supone semejante enriquecimiento mutuo...

Está aquel desesperado que te llama de vez en cuando y ahora, en esta vigilia de fiesta, te anuncia que ya no puede más, que ha decidido acabar con todo, que delante de sí ve solamente la muerte como liberación, y ya tiene incluso escogido el lugar, el momento y el modo cómo acabar con sus días: nada menos que lejos de su casa mientras los demás disfruten de la comida del día de Navidad... Te deja el sabor agridulce de su apertura tan confiada como desesperada. Te sientes cercano a él y, al mismo tiempo, humillado ante el fracaso de tu esfuerzo por darle esperanza. Menos mal que Dios tiene sobrada misericordia de todos, de mí y de él, ¡aunque él ya no lo crea! (Al final no ha llevado a cabo su plan, al menos por ahora).

Aprovechando la excusa de felicitarte por estas fiestas, está también aquella buena mujer que desde hace años, un día de buenas maneras y otro casi insultándote, insiste en que no logra sacarte de su corazón... Como último estratagema, amenaza con odiarte, aunque ya sabe que no va a ser así...

Están los amigos, ese tesoro que Dios da a quien le teme, como dice la Palabra de Dios: “El amigo fiel es un apoyo seguro, / quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro. / El amigo fiel no tiene precio, / su valor es incalculable. / El amigo fiel es un elixir de vida, / los que temen al Señor lo encontrarán” (Eclesiástico, 6, 14-16). Los amigos, esos ángeles del camino que se pelean por tenerte a comer con ellos en este día tan familiar..., y tú tienes que decirles que no puedes, porque ante todo te debes a tu comunidad. Pero, constatar la fidelidad de su amistad es mucho más sabroso y nutritivo que un buen menú, aunque sea el de Navidad...

Después están los parientes. Y ahí hay para todos los gustos: los que ya te tienen olvidado, porque uno no puede acordarse de todos cuando la familia es numerosa; los que finjen no acordarse de ti porque están dolidos por alguna injusticia que creen que les has hecho..., y no saben que no es verdad, que sólo has procurado hacer el bien, aunque no siempre lo hayas logrado o lo hayas sabido hacer...; tal vez les cuesta aceptar que no siempre el sacerdote puede decir todo lo que sabe, precisamente por respeto y fidelidad para con alguien que se le ha confiado. ¡Cuántas veces el sacerdote corre el riesgo de quedar mal ante alguien simplemente porque no puede dejar mal a otra persona! Forma parte de la cruz y la gloria (¡el honor y la responsabilidad!) de ser sacerdote. Y, claro está, están también todos aquellos parientes que te quieren de veras, sin “peros” ni sospechas, de manera llana, sincera y leal. Su felicitación navideña esponja el corazón. ¡Son la tierra necesaria e incesantemente fértil donde nació y continúa hundiendo sus raíces el árbol humano de la vida del sacerdote!

Están los demás sacerdotes, con sus ganas de servir a los demás y sus límites, su humanidad y su entrega al Pueblo de Dios. Estoy convencido de que el Señor nos ha hecho así: “un tesoro en vasijas de barro”, como diría san Pablo (2Cor 4,7); para que no nos enorgullezcamos cuando pensamos en el tesoro que poseemos, ni nos desanimemos cuando constatamos que la vasija es frágil, de puro barro...

Finalmente, está el Señor, el Amo. Solo que quisiéramos escuchar siempre y de manera inconfudible su voz. En cambio, frecuentemente tenemos la sensación de que habla demasiado poco, o de un modo ininteligible, o tan bajo que no se le entiende. Y no nos damos cuenta de que está dialogando con nosotros sin cesar a través de las mil voces y vicisitudes de aquellos que Él pone en el camino de nuestra vida, día tras día. ¡Qué Navidad! ¡Sublime Navidad!

Me he confesado. Ahora espero que Uds. me den la absolución...

¡Feliz Año Nuevo!

J. Rovira cmf. 

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