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La Madre del Señor (Lc 1,26-38)

Angel Aparicio (Revista Iris de Paz) -

El escenario y los personajes

Esta página evangélica suele llamar­se «La Anunciación». Con este nombre ha sido inmortalizada por las traduccio­nes bíblicas y por las artes. Una primera lectura del pasaje evangélico puede dar la impresión de que una jovencita de Nazaret se convierte en escenario en el que actúan distintos personajes divinos; unos patentes y otros ocultos; unos celestes y otros terrestres. Presentemos a los personajes.

Gabriel, procedente del cielo, lleva la voz cantante. Se le ha encomendado notificar a una jovencita de Nazaret que su verdadero nombre es «La llena de­ gracia». ¿Cómo y por qué dar este nombre a una aldeana de Nazaret? Es tan de esta tierra que ni siquiera por el nombre se la distingue. María es un nombre frecuente tanto en la historia santa como entre el pueblo llano. ¿Ella «La-llena-de-gracia»? ¿Dios está de por medio? Se comprende que María se «conturbe» (Lc 1,28) ante el nuevo nombre que se le asigna y ante el Dios oculto a la vista del público. No estamos ante una anunciación; ni siquiera ante «La Anunciación», sino ante una vocación. Acompañemos a María en todo su recorrido vocacional.

Introducción

La narración está ambientada en «Ga­lilea de los gentiles» (cf. 1s 8,23; Mt 4, 15), nombre que nos remite a tiempos antiguos. Se tiene bien ganado este nombre despectivo. Hacía unos ocho siglos que los asirios habían deportado a los israelitas de Galilea e importaron algunos pueblos paganos que contamina­ron la tierra. Ocho siglos después un morador de Galilea continuaba siendo un ser mancillado, despreciable y despreciado a los ojos de un judío puritano de Jerusalén.

El escenario se entenebrece si deambulamos por las callejuelas de Nazaret. Esta aldea no figura en la historia santa del pasado, y nada cuenta para el futuro. Ni siquiera se encuentra en los mapas antiguos o recientes. Nazaret era un pueblucho incluso también contaminado. Tiene razón Natanael cuando pregunta retóricamente: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). María vivía en este lugar insignificante.

Un vecino de Nazaret acaso podía decir algo de los acontecimientos de la aldea. Se decía que María estaba prometida en matrimonio a un tal José. Que éste se jactaba de ser descendiente del gran rey David. Eran datos irrelevantes. Más de una muchacha en la edad núbil. Que María estuviera prometida en matrimonio a José no añadía nada extraordinario. Seguiría bajo la potestad del varón. ¿De qué servía la presunta ascendencia davídica de José? El Trono de David estaba ocupado por el intruso Herodes. El nombre de María, por lo demás, era corriente y contradictorio. Varias mujeres de la comarca se llamaban María. Aunque el nombre significase «Excelencia», poco o nada excelso existía en Nazaret o en Galilea. En este pobre escenario Gabriel impone un nombre nuevo a María: A partir de ahora se llamará «La-11ena-de-gracia».

Experiencia y signo

El nuevo nombre estremece a María.

Se la invita a alegrarse: ,Alégrate, l1ena­de-gracia» (Lc 1,28). Es una invitación peculiar del tiempo nuevo, caracterizado por la presencia del Mesías. El nombre nuevo obedece a la realidad nueva que se le insinúa a María desde el primer momento. Dios está de por medio. ¿No temblará María ante una realidad de índole totalmente desconocida? La doncella de Nazaret ha de vivir un proceso de transformación. Ya sabe que ha sido llamada, ¿a qué y cómo? Se adentrará paulatinamente en su vocación.

El sobrecogimiento inicial va en aumento. Tras el saludo y el cambio de nombre, Gabriel equipara a María con los grandes personajes del pasado:
Abraham, Jacob, Moisés, Jeremías, etc. Todos ellos son saludados con las mismas palabras que María: el Señor está contigo» (Lc.1, 28).Todos ellos han sido llamados a una misión concreta. A Ma­ría se le pide que sea «la Madre del Señor». Necesariamente ha de ser capacitada para tan alta misión. De momento Gabriel le pide que asienta. El saludo inicial conturbó a María, ahora se sobrecoge, implicada como está en el misterio santo. «¿Cómo será esto, pregunta, si no conozco varón»? (Lc 1,34). La afir­mación de la insuficiencia de María se relaciona directamente con la grandeza de la misión. Es preciso que Dios mismo capacite a María para ser la madre de Jesús, como ya se insinuaba en el saludo inicial: Lc 1,28.

El signo

En las narraciones vocacionales figura la oferta de un signo que cerciore al elegido de que tanto su experiencia vocacional como su misión proceden de Dios.

También a María se le brinda un signo. Lo sucedido en la estéril Isabel es un anticipo de lo que Dios puede acaecer en María, porque «para Dios nada hay imposible» (Lc 1,37).

La palabra de Dios se cumplirá, pues está respaldada por el poder divino. María no pide un signo que la induzca a creer cuanto el ángel le ha dicho. El signo desplegado ante María es explicación de la palabra antedicha (cf Lc 1,35) y respuesta a las preguntas que María se ha formulado. La gravidez de Isabel, que espera a su hijo Juan, es el signo mediante el cual se le asegura a María que ha sido llamada para ser madre de Dios.

Conclusión

La última palabra corre a cargo de María. Ella es la sierva o esclava del Señor. Dios le confía una misión particular y peculiar. María se declara disponible; es decir, acepta la misión que se le encomienda, como los grandes héroes de la historia santa.

La última palabra parece un acorde que da sonoridad a los motivos anteriores. Las palabras postreras de María son de consentimiento total a cuanto precede en el diálogo: «Cúmplase en mí cuanto has dicho» (Lc 1,38).
Llegados al sí total y final de María, tan sólo queda que el ángel parta. Se iniciaba la narración con la «entrada» del ángel (Lc 1,28) y concluye con su partida (Lc 1,38). El escenario estaba preparado para la actuación divina. María será la madre del Señor.

Angel Aparicio. cmf

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