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La justicia, plato único

Enrique Martínez de la Lama -

La versión lucana de las bienaventuranzas dice: «Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque os saciaréis...», Mateo añade el término «justicia»: «Dichosos los que tenéis hambre y sed de justicia...». No podemos permanecer indiferentes ante el hambre y la sed de muchos hermanos nuestros, sobre todo cuando es la falta de justicia social la que provoca tales situaciones. Tener hambre y sed de esta justicia, trabajar por ella, debe ser nuestra ley de vida.

Reconozco que nunca he tenido hambre ni sed. A veces un poco de apetito o ganas de pillar un buen chorro de agua fresca. Pero lo que se dice «hambre y sed», pues no. Por eso, al leer la bienaventuranza de Le «dichosos los que ahora tenéis hambre, porque os saciaréis...» parece que no va conmigo. Pero, resulta extraño que Jesús diga esto a sus discípulos, que no parece que pasaran hambre. Si seguimos leyendo, viene una sacudida inesperada: «¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados, porque pasaréis hambre!». Estamos bien: ¿Será mejor, entonces, tener hambre que estar saciado?

Me vienen a la mente las imágenes difundidas tantas veces para despertar nuestra solidaridad desde Manos Unidas. O aquella foto que obtuvo el premio Pulitzer donde se veía a una niña apenas caminando ya, mientras un buitre esperaba el momento de «intervenir». No veo demasiado bien cómo todos esos hombres pueden ser «dichosos»... ¿Estarán hablando de otra vida? ¿Estará Jesús queriendo sostener una esperanza que difícilmente se puede comer? ¿O estará acaso hablando de otra cosa?

EL HAMBRE DE JESÚS

Ya hemos dicho que una de las claves para interpretar las bienaventuranzas es mirar al mismo Jesús. Tanto Lucas como Mateo nos han situado a Jesús en el desierto, donde se dejó llevar por el Espíritu para ser puesto a prueba por el Diablo. Después de un ayuno de 40 días «sintió hambre». Si la estancia en el desierto condensa y simboliza toda la vida de Jesús, así como las tentaciones con las que se irá enfrentando en múltiples ocasiones, podemos deducir que este hambre viene a ser esa situación existencial en la que, después de haber buscado con insistencia los caminos de Dios, después de haber procurado discernir la voluntad de Dios... aparece la sensación de fracaso, de duda, de debilidad... y es posible perder el norte hacia el que nos dirigíamos.

Algo parecido le ocurrió a Israel en su caminar por el desierto, en la escena del maná. El Pueblo estuvo tentado de cambiar la libertad y el caminar bajo la Nube de Dios por los ajos y las cebollas de Egipto. O marcharse a adorar a otros dioses más a su gusto («a la carta»). Todas estas cosas dejan, al menos aparentemente, saciados... pero bien lejos de Dios y de uno mismo. Como dice el refrán, esos panes que nos podemos buscar son «pan para hoy y hambre para mañana». Quien se deja tentar por esos «panes» acaba convirtiendo las piedras en panes... y ¡vaya indigestión!

En una escena del cuarto Evangelio, Jesús se ha quedado hablando con la samaritana mientras sus discípulos van a la aldea a buscar comida. Cuando regresan y le invitan a que coma, Jesús les responde que tiene un «alimento que vosotros no conocéis: cumplir la voluntad del que me envió y dar remate a su obra». Y procurará que sus discípulos descubran también ese alimento para ellos y para la gente. Aquel «dadles vosotros de comer», cuando están ante una muchedumbre que anda como ovejas sin pastor, podemos entenderlo también como una invitación a darles ese pan/alimento de hacer la voluntad del Padre y rematar su obra. No podemos dejarnos tampoco aquel pan con el que Jesús se identifica y que invita a comer en su última cena: se ha identificado tanto con ese alimento de hacer la voluntad del Padre... que ha acabado él mismo hecho Pan. Aceptarlo significa empezar a convertirse en pan y hacer de la voluntad del Padre nuestro alimento básico.

UN JESÚS SEDIENTO

En cuanto a la sed, podemos encontrar cosas similares. Ya nombrábamos antes a la samaritana. El diálogo con ella viene de la «sed» que Jesús tiene: ¿de beber agua? ¿o de descubrir a la samaritana lo vacío que está el pozo al que viene tantas veces a beber, sin saciarse? ¿No será su «sed» el hacer surgir dentro de todo hombre un manantial de agua viva que salte hasta la vida eterna? Así entenderíamos también el grito dado en la cruz: «Tengo sed». Jesús se está derramando como agua (Sal 22,15), está ya salpicando con el don de Dios, que entregará enseguida doblando la cabeza (jn 19,28-30). No es casualidad que ese Espíritu es el que nos irá enseñando cuál es la voluntad del Padre (Jn 16,13-15). Está claro que quien no tiene esa sed (o no se da cuenta de ella) acaba consolándose con otros «maridos», acaba no entendiendo nada de la voluntad del Padre, como un Nicodemo cualquiera, o almacenando «aguas» en aljibes agrietados, como denunció el profeta.

¿HAMBRE Y SED «ESPIRITUALES»?

Con esta lectura que acabamos de hacer, podemos sentimos más aludidos por la bienaventuranza de Jesús en la versión de Lucas. ¿Pero se está excluyendo aquí el hambre material? No estoy seguro... La versión de Mateo de esta bienaventuranza suena de otra manera: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia».

Otra palabra que habría que concretar. Preguntar por ahí, a ver qué entendemos los cristianos por «justicia». ¿Dar a cada uno «lo suyo»? Es la frase que dicen los que no están dispuestos a dar nada suyo, nada que les pertenezca. Porque, vamos a ver: ¿de quién son las cosas que hay sobre la tierra, sabiendo que el Creador las puso en manos de Adán (=el hombre), para que creciera y se multiplicara...? La justicia no puede significar dar a cada uno lo «suyo» porque en la tierra todo es nuestro. Y para qué hablar de los que han conseguido lo «suyo» por medios injustos, abusando de su superioridad social, cultural... Tampoco podemos entender la justicia como «tratar a todos por igual». Siempre nos llenamos de derechos cuando vemos que no se trata a todos por igual. Pero es que... Dios tampoco trata a todos por igual. ¡Caramba! ¿Trató igual al Faraón y al Pueblo de Israel? ¿Trataba igual a los príncipes y sacerdotes, que al pobre, al huérfano y la viuda? ¿Y Jesús pasó el mismo tiempo con los jefes del pueblo, los ricos, las autoridades religiosas... o con los leprosos, marginados, y pobres en general? No será ser justo el tratar a todos por igual.

La Biblia nos dice que la justicia es sinónimo de salvación, liberación, santidad. La justicia es todo lo que el creyente espera de Dios, y la actitud recta de Dios con el hombre y con el prójimo. La justicia es el respeto y la fidelidad a los derechos de Dios tal como aparecen concretados en la Alianza. La justicia es el fruto de la Alianza, es poner el amor en acción: repásense los mandamientos. O, mejor, miremos de nuevo a Jesús: él es el profeta de la justicia.

Ya avisa que si nuestra justicia no es mejor que la de los fariseos, no entraremos en el Reino (Mt 5,20). Buscar el Reino de Dios y su justicia (Mt 6,33) es lo que Él pretende hacer con los hombres para hacer un solo pueblo donde todos los hombres sean bienaventurados. Es lo que en lenguaje no religioso hemos venido en llamar los «derechos humanos».

El Vat. II invita a «denunciar cuanto viola la dignidad de ¡apersona, como ¡as torturas morales o físicas, los conatos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana» (Gaudium et Spes, 27).

Por tanto, no es distinta la bienaventuranza en la versión de Mateo o la de Lucas: la sed y el hambre de Jesús, el Reino de Dios, la Alianza, la voluntad del Padre, el don del Espíritu, la justicia... van en la misma dirección: la del hombre, para que sea en profundidad imagen y semejanza de Dios. Y esto abre la puerta a aquella otra bienaventuranza: «Dichosos los perseguidos por ¡ajusticia...». Porque habrá que dar un vuelco a este mundo que nos hemos montado con tantas injusticias... Y tenemos que tener «hambre y sed» de esa justicia mientras haya un hombre que no sea bienaventurado, y siga gritando a Dios. Porque «¿no hará justicia Dios a sus elegidos si gritan a él día y noche? ¿es dará largos? Os digo que les hará justicia pronto» (Lc 18,6). Y nosotros, ¿de qué lado andamos? ¿De los saciados, o de los que tienen hambre y sed? ¿De los que trabajamos por la justicia o disfrutamos de la injusticia? Tú mismo te respondes.

Para dialogar y orar

  1. Reflexionar sobre la relación fe/justicia: ¿En qué sentido la fe en Jesús lleva al compromiso por la justicia? ¿Y la Eucaristía? ¿Y el Padrenuestro?
  2. «Tener hambre y sed de justicia» implica darle un vuelco a mí vida (¿cómo?). Luchar por estructuras sociales más justas: ¿Cómo, con quién, dónde?
  3. Repasar y orar algunos párrafos de la Sollicitudo Reí Socialis (por ejemplo los números 11 al 22 y 46 al 49).
  4. Preguntar por ahí a ver qué entendemos los cristianos por «justicia». ¿Qué injusticias nos preocupan más?
  5. Informarnos de los conflictos que se sufren hoy por causa de la tierra.
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