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La hermana mayor de los piojosos

Josep Rovira, cmf -
    El día 2 de Febrero celebramos la XIII Jornada de la Vida Consagrada. Con este motivo, se me ha ocurrido comentar brevemente la vida de una religiosa que murió no hace mucho, y me imagino que era prácticamente desconocida por parte de muchos. Una “abuelita” que ha hecho honor a todos los religiosos, aunque de ella hayan hablado poco o nada los medios de comunicación  mundial.

    Se trata de sor Emmanuelle, una mujer sencilla, bromista y culta, ejemplo de vida cristiana entregada a los más pobres, los “zabbalin” de El Cairo (Egipto), venerada por creyentes y no creyentes, y que no se arredraba ante nada ni nadie.  

    A veces los periódicos y la televisión se apoderan de una figura y la hacen pasar como la única existente. Piensen en aquella mujer, pequeña físicamente, pero gigantesca espiritualmente, que fue Madre Teresa de Calcutta, hoy Beata (qué poco cuerpo para tanta alma!). Cuando se oían ciertos comentarios, parecía como si no hubiera nadie más en la Iglesia que se pudiera salvar. En el año 1988 me atreví a dirigirle una “carta abierta”, que salió publicada en la revista “Vida Religiosa” (VR 65 [1988] 260-262). Entre otras cosas, le decía: “Estimada Madre Teresa..., Ud. y sus Hermanas de la Caridad son una joya preciosa, pero no solitaria, en medio del tesoro incalculable de la Iglesia. Gracias a Dios, no son Uds. la gota de rocío en medio de la sequedad del desierto, sino una corriente viva en la inmensidad del océano...”. Confieso que dicha carta me valió la felicitación de no pocas religiosas y un “rapapolvos” de algún devoto excesivo. Menos mal que Madre Teresa estaba por encima de un cierto “tinglado” de nuestro mundo clerical; y sobre todo tuvo la estupenda amabilidad de escribirme una carta a mano y ofrecerme la posibilidad de un coloquio entre los dos en una de sus visitas a Roma. Coloquio que tuvo lugar el 29 de Octubre de aquel año en su pobre convento de “San Gregorio al Celio”. De todo ello guardo como un tesoro el dossier y el “acta” que escribí a la vuelta del encuentro.

    Volvamos a nuestra sor. También Emmanuelle era, al final de sus días, una viejecita pequeña, un rostro del que brotaba una ancha sonrisa de entre un puñado de arrugas. En los últimos tiempos hablaron de ella incluso los grandes semanarios del país donde pasó su “cuarta edad”, Francia: “Paris Match”, “Le Point”, “Elle”... Murió el pasado 20 de Octubre, pocos días antes de cumplir los cien años. Había sido una mujer sin tapujos, que trataba de la misma manera a pobres y poderosos, andrajosos y capitalistas, vagabundos y “golden boys”. Tenía una alegría natural y contagiosa, un lenguaje sencillo y claro que todos podían entender. Trataba a todos de “tú”, desde Jacques (Chirac) hasta Ségolène (Royal). Sabía provocar para despertar las conciencias en sus intervenciones. Libre y capaz de “cantarlas claras” frente a las injusticias. Por eso hace unos años el periódico “Liberation” la llamó: “vieja monja terrible”, ignorando que para ella eso no era un insulto sino una alabanza.

    Había nacido en Bruxelles en 1908 de padre belga y madre francesa, en una familia de la buena burguesía industrial. A los seis años presenció la tragedia de la muerte de su padre ahogado durante un paseo por la playa. A los catorce se encontró con el que iba a ser uno de sus maestros toda la vida: Pascal con sus “Pensamientos”. A los veinte fue a Londres a estudiar inglés, y allí descubrió su vocación: la Congregación de Hermanas de Nuestra Señora de Sión y sus ganas irresistibles de entregar su vida al servicio de los pobres, cosa ésta que de momento no llevó a cabo. Ingresó en 1931. En un colegio de su Instituto en Istanbul comenzó a estudiar las religiones orientales, especialmente el Islam y el Budismo. En 1948 volvió a París y se doctoró en la Sorbona. Enseñó entre otras cosas filosofía en Turquía, Túnez y Egipto. Durante cuarenta años se dedicó a la formación de muchachas de buena familia, hasta que al llegar al momento de la pensión, a los 63 años,  cuando la gente piensa en retirarse a una vida tranquila, “se convirtió” a su primer amor: los pobres.
 Fue a hablar con el Nuncio Apostólico en Egipto, y éste le habló de una población extremamente pobre que vivía en las barriadas periféricas de El Cairo. Allí sor Emmanuelle se encontró con un pueblo olvidado de todos, en condiciones higiénicas desastrosas, entre montañas de basura, ratas, barro, cristales rotos, latas, sin dispensario y –eso sí- un olor que apestaba: eran los “zabbalin”, los últimos, los “piojosos”, los del barrio “Azbet El Khanazir”. Ni corta ni perezosa, nuestra anciana se fue a vivir en medio de ellos, en una cabaña en la que había solamente un catre, una gran cruz, una imagen de la Virgen y una Biblia. “Al principio –confesó más tarde- pensaba evangelizarles a mis andrajosos, ladrones y asesinos; pero, fueron ellos quienes me evangelizaron a mí. Con ellos sufro, lloro, como, gozo... Con ellos formo parte del Cuerpo de Cristo, porque ellos son el Cuerpo de Cristo”. Al poco tiempo la llamaron “Ableti”, la “hermana mayor”, un punto de referencia sobre todo para las mamás y los niños. Fundó un centro social, “Salam” (paz), un jardín de infancia, un taller de costura y una escuela de alfabetización. Un médico fue a darle una mano para vacunarles a todos, pequeños y grandes. Poco a poco logró crear una red de amistades y solidaridad.
Con su estilo desarmaba a cualquiera. Por ejemplo, se dió cuenta de que la prohibición de la contracepción era algo demasiado pesado para su gente. Escribió una carta a Juan Pablo II sobre la píldora; no recibió ninguna respuesta. Confesó que, de los tres votos religiosos, el que más le costaba era el de obediencia; pero, añadió que “sólo he desobedecido tres veces en sesenta años!”. En 1993, a los 85 años de edad, volvió a Francia y comenzó una nueva vida. La llamaban para entrevistarla y sorprendía a todos con su humor, su sencillez y su sabiduría. A todos les decía que no debían olvidarse de los pobres. Algunas famosas figuras de la televisión tal vez al principio la miraban como a una abuela o a una tía un poco excéntrica; pero, luego ella se echaba a reir, les salía con alguna cita de San Agustín o de Pascal, y hacía mella.

    Cuando le preguntaban de dónde sacaba tanta fuerza, respondía que de la oración: “... de la mañana a la noche...”. Así cualquiera... Como había dicho Bernanos: “Los santos son los más humanos de entre los seres humanos”. Y después todavía hay quien se atreve a decir que la Vida Consagrada está pasada de moda. Vamos... En todo caso, pasada de moda estará (está) la mediocridad.

Arrivederci!
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