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La fracción del pan en las comunidades primitivas

Ciudad Redonda, Ciudad Redonda -

 

Las comidas de Jesús.
La comunión de mesa.
La memoria integradora de Jesús en las primitivas comunidades cristianas.

(JPG) SEVERIANO BLANCO PACHECO:

Nació en San Vicente de la Barquera (Cantabria) el año 1947. Es sacerdote claretiano. Licenciado en ciencias bíblicas. Ha sido director y profesor del Estudio Teológico Claretiano (afiliado a la Universidad Comillas); es profesor del Instituto Teológico de Vida Religiosa y de la escuela Regina Apostolo-rum. Ha escrito decenas de artículos en revistas especializadas. Autor del libro: Qué son los evangelios, Madrid.


Resumen de la ponencia

El profesor Severiano Blanco iniciaba su ponencia sobre la «fracción del pan en las comunidades primitivas» con la siguiente afirmación de Rafael Aguirre: «Los ritos de la mesa pertenecen a la entraña más característica de una cultura». Si alguien invita a un visitante a compartir la mesa sella con él un pacto de comunión. Era lógico que la religión bíblica, abierta a la universalidad, describiera la era mesiánica como la reunión de todos los pueblos compartiendo mesa y pan (Is 25,6). Pero la apertura al universalismo podía comportar al judaísmo pérdida de la identidad étnica y religiosa. De ahí que en la época de la restauración el judío fiel se blindara y protegiera ante «lo impuro» y «el impuro». A un judío ortodoxo de los tiempos de Jesús no le estaba permitido «juntarse con un extranjero y comer en su casa» (Hch 10,28).

Jesús fue, sin duda, un judío ortodoxo, pero tiene trato con todos los grupos «y no rehuye a nadie que se le acerque. Incluso entre sus seguidores y seguidoras hay de todo y de todos». Acepta comer con fariseos y con publicanos, aunque le cueste la conocida coplilla: «comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19), come incluso con mujeres –con las hospitalarias María y Marta y probablemente con otras mujeres en la ‘última cena’–. No vale para él la clasificación y oposición entre ortodoxos-heterodoxos, conformista-críticos, justos-pecadores, ricos-pobres…

Las comidas con el Resucitado, mencionadas en los relatos de las apariciones y en el libro de los Hechos, nos hablan «de la experiencia de presencia de Jesús glorioso que se sigue teniendo en las comidas comunitarias». El libro de los Hechos sintetiza la experiencia de las comidas con el Resucitado: «Nosotros hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos» (Hch 10,41).

La Iglesia nace judía, pero enseguida se abre a la gentilidad. Ya en el seno del judaísmo y de la Iglesia naciente existen tendencias: los sacerdotes que abrazaban la fe no podían contaminarse con saduceos, por ejemplo. Se imponían cenas «de pureza legal estricta». Desde los primeros días forman parte de la Iglesia un grupo llamado «helenista». Puede suponerse incluso que la Iglesia pronto acogió en su seno a los prosélitos «sin imponerles la circuncisión». «Las ataduras legales se relajan progresivamente». El llamado ‘concilio de Jerusalén’ nada innovó con relación a los judeo-cristianos: debían comportarse como judíos, aunque reconociera la libertad de los pagano-cristianos con relación a la ley judía. La «comensalidad ilícita3 de Antioquía provoca la intervención de Jerusalén: en lo sucesivo no deben mezclarse judíos y paganos, aunque sean cristianos. Esta determinación es una traición a la gracia salvadora y santificadora de Cristo, piensa Pablo. Mientras tanto queda claro que «una comunidad cristiana no es tal sin esa praxis [de comer juntos]». Pablo se alejará tanto de Antioquía como de Jerusalén.

En las nuevas iglesia fundadas por Pablo surgirán nuevos conflictos. Una cosa es clara: «La cena debe ser reflejo de lo que es la comunidad: lugar de la presencia de Cristo y, por tanto, incompatible con residuos de idolatría; lugar de la santidad y, por tanto, incompatible con una vida en los antiguos vicios paganos… Sólo con la superación de prejuicios culturales y atavismos pseudoéticos tendremos una comunidad apta para celebrar».


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