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La Fidelidad – Nuestro Mejor Regalo para Otros

Ronald Rolheiser (Trad. Carmelo Astiz, cmf) -
Al acabar el funeral de Martin Luther King, uno de los periodistas que cubrían el acontecimiento se paró para conversar con un anciano que se encontraba en las inmediaciones del cementerio. El reportero le preguntó: "¿Qué significaba este hombre para usted? ¿Por qué era tan especial para usted?" El anciano, sin  poder contener las lágrimas, respondió sencillamente: "Era un gran hombre, porque fue fiel. Él creyó en nosotros, cuando nosotros habíamos dejado de creer en nosotros mismos. Permaneció con nosotros, aun cuando nosotros no éramos dignos de ello!"

Éste es un testimonio de una vida  bien-vivida. Si en tu funeral alguien dice eso de ti, entonces has vivido bien tu vida, aunque muchas veces las cosas no hayan marchado bien. Lo que este anciano describe con tanta precisión en su testimonio sobre Martin Luther King es lo que significa la palabra fe.  Estar lleno de fe significa precisamente ser fiel. Y eso es más que un juego de palabras. (En inglés, más claro).

Al fin, la fe no es simplemente el sentimiento, bueno y firme, de que Dios existe. La fe es un compromiso, una entrega a una forma de vivir, por encima de buenos y sólidos sentimientos. Tener fe significa vivir a veces nuestras vidas independientemente de cualquier sentimiento que podamos experimentar.  En el fondo, la fe no está en la cabeza o en el corazón, sino en la acción de una entrega  permanente.  Fe es fidelidad; nada más, pero también nada menos.

Y, quizás más que cualquier otra cosa, ese es el don tan necesario hoy en nuestras familias, en nuestras iglesias y en nuestro mundo en general. El mejor regalo que podemos ofrecer a los que nos rodean es la promesa de fidelidad, la simple promesa de permanecer ahí al lado, de no abandonar cuando las cosas se tornan difíciles, de no retirarnos o alejarnos porque nos sentimos decepcionados o heridos, de permanecer ahí aun cuando no nos sintamos queridos o valorados, de mantenernos ahí aun cuando nuestra visión y nuestras personalidades choquen, de estar a las duras y a las maduras, pase lo que pase, contra viento y marea.

Lo que ocurre con demasiada frecuencia es que, en nuestros compromisos, nos chantajeamos sutilmente unos a otros: Nos comprometemos en la familia, en la iglesia, en la comunidad y en la amistad, pero con esta tácita condición: Permaneceré contigo mientras no me decepciones o hieras seriamente. Pero si lo haces, me iré, te dejaré plantado.

Con esta premisa, no hay familia, amistad, iglesia o comunidad que pueda sobrevivir, porque es sencillamente imposible vivir y trabajar juntos, durante cualquier espacio de tiempo, sin decepcionarse o herirse seriamente unos a otros.

En cualquier relación  -matrimonio, familia, amistad, comunidad eclesial o relación como colegas en un lugar de trabajo-  nunca podemos prometer que no desilusionaremos a los otros, que nunca echaremos a perder la relación, que nuestras personalidades no chocarán y que no ofenderemos nunca a los otros por falta de sensibilidad, por egoísmo y debilidad. No podemos prometer que seremos siempre buenos. ¡Sólo podemos prometer que estaremos siempre ahí, que no abandonaremos!
Y, al fin, esa promesa es más que suficiente, porque si permanecemos ahí y no nos hacemos chantaje el uno al otro abandonando cuando ocurre la desilusión y la ofensa, entonces las decepciones y las heridas se pueden tratar y redimir con una fe y un amor que permanecerán durante un largo recorrido. Cuando hay fidelidad en una relación, las heridas y malentendidos se lavan y limpian con el tiempo, e incluso la amargura puede trocarse en amor.

Hay muchos hombres y mujeres que, al celebrar el aniversario del matrimonio o el compromiso de vida consagrada, el sacerdocio, la amistad, o el trabajo en un determinado empleo, vuelven la vista atrás y ya no sienten las incontables heridas, rechazos, incomprensiones y momentos amargos, que formaban también parte de esa aventura. Esos episodios han quedado purificados y limpios por algo más profundo que ha ido creciendo gracias a la fidelidad, es decir la confianza y el respeto.

A veces observas esto, maravillosamente, en el respeto mutuo y esforzado, desarrollado con el tiempo, entre dos personas que, aun siendo las dos sinceras y comprometidas, se pelean durante años a causa de las diferencias en personalidad, política, religión o historia. El simple hecho de tener que tratarse y lidiarse mutuamente durante tantos años, les lleva por fin a un rico entendimiento y respeto mutuos, por encima de las diferencias.

Lo mismo ocurre en la oración. Todos los grandes escritores espirituales dan solamente una regla fundamental para la oración; y esa regla no tiene nada que ver con método, estilo o contenido de la misma oración. Sencillamente se trata de esto: ¡Acude a la cita! ¡No te rindas nunca ni te des por vencido! ¡No dejes de ir a orar! Mientras perseveres acudiendo a la oración, finalmente Dios se abrirá paso. ¡No dejes de intentar! Y eso es válido para todas las relaciones.

El mayor y mejor don que tenemos que dar es la promesa de fidelidad, la promesa de que seguiremos intentándolo, de que no nos vamos a retirar o escapar, sin más, porque nos hirieron o porque sentimos que no éramos queridos o valorados adecuadamente.

Todos somos débiles, estamos heridos, somos pecadores y nos sentimos ofendidos fácilmente. En nuestros matrimonios, familias, iglesias, amistades y lugares de trabajo, no podemos prometer que no vamos a decepcionarnos unos a otros y, todavía peor, que no vamos a ofendernos. Pero podemos prometer que no vamos a abandonar, ni nos vamos a escapar, a causa de la decepción o de la ofensa.
Eso es todo lo que podemos prometer – ¡y con eso basta!
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