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LA ESPIRAL DE LA ALIANZA: Tercera etapa: Pasar por la puerta estrecha: tentaciones, negarse a sí mismo y cargar con la cruz

José Cristo Rey García Paredes | Ecología del Espíritu -

Tras la purificación y en estrecha conexión con ella, la Alianza pasa por la prueba de la “puerta estrecha” (Mt 7, 13-14). Es la fase del combate espiritual, del cargar con la cruz de Jesús y seguirlo y acompañarlo en sus tentaciones (Lc 22,28). 

Ordinariamente se omite esta fase del camino espiritual. De la purificación se pasa a la fase de la iluminación o de la unión. Sin embargo, en la espiral de la Alianza hay una fase “cruciforme” ineludible. No tiene que ver únicamente con nuestra interioridad, sino también con nuestra relación con el mundo exterior (la sociedad, la comunidad humana, la naturaleza). Es la etapa del combate espiritual y apocalíptico contra las fuerzas del al, que se quieren apoderar de nosotros.

La confrontación con el misterio del mal: la fase de las tentaciones

Jesús hubo de confrontarse y luchar contra el mundo diabólico. ¿Cómo interpretarlo? Ni de manera excesivamente materialista, ni tampoco espiritualista. En nuestra vida nos enfrentamos  en no pocas ocasiones al espíritu del mal. Jesús lo llamaba “el Maligno” (Mt 6,13). El mal existe. No es una mera imaginación nuestra. Pero es siempre un misterio que no podemos entender ni descifrar. El autor de la carta a los Efesios nos alerta al respecto:

“Por lo demás, reconfortaos en el Señor y en la fuerza de su poder; revestíos con la armadura de Dios para que podáis resistir las insidias del diablo, porque no es nuestra lucha contra la sangre o la carne, sino contra los principados, las potestades, las dominaciones de este mundo de tinieblas, y contra los espíritus malignos que están en los aires. Por eso, poneos la armadura de Dios para que podáis resistir en el día malo y, tras vencer en todo, permanezcáis firmes” (Ef 6, 10-13).

La mayor tentación del mal  siempre tiene que ver con la idolatría y la negación de la Alianza con Dios.

  • Así ocurrió en el paraíso con nuestros primeros padres: desobedecieron la Alianza (Gen 3,8-12).
  • Las tentaciones del pueblo de Israel en el desierto ponían a prueba la solidez de la Alianza establecida entre Yahweh y su pueblo. A través de ellas se probaba si el pueblo amaba a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todos sus haberes o si estaba dispuesto a tener otros dioses. Sabemos que el pueblo cedió a la tentación de idolatría.
  • También Jesús fue tentado por el Maligno (Lc 4,1; Mt 4,1), al estilo del pueblo de Israel. Con la fuerza del Espíritu y la Palabra Jesús derrotó (Mt 4,1), se convirtió en un segundo Adán vencedor. (cf. 1 Cor 15,45-47)

El don de fortaleza

Cuando llega el momento de la tentación, de la prueba, el Espíritu no nos abandona. Está a nuestro lado. Nos concede el don de la fortaleza: viene en nuestra ayuda y sostiene la virtud humana de la fortaleza, para que resistamos a la tentación y perseveremos en la lucha.

Antes de reconciliarse con su hermano Esaú, Jacob combate durante toda la noche con un personaje misterioso; él contaba hasta ahora con su astucia, con su sagacidad, con su fuerza; pero quien resulta al final victorioso es el personaje que le disloca la articulación del muslo  (Gen 32, 35-30). ¿Con quién lucha Jacob? ¿Consigo mismo? ¿Con una imagen de Esaú? ¿Con un ángel? ¿Con Dios mismo? A pesar de todo, Jacob persiste: quiere obtener de su contendiente una bendición, pues reconoce que la necesita para reunificar su vida fragmentada.  Hacía 20 años había tenido la visión de la escala del cielo y había recibido la Promesa de Dios (Gen 28, 10-20). Hay una lucha antes de recibir la bendición.

Es así como el Espíritu concede el don de la fortaleza.

Los discípulos de Jesús vencerán si se unen a Jesús en sus tentaciones (Jn 10, 27-29). Podrán expulsar demonios, aunque hay demonios que solo se expulsan con la oración y el ayuno. En el combate apocalíptico se establecerá una seria lucha contra el Dragón y las Bestias. Pero el Cordero inmolado y el Espíritu los vencerán.

El itinerario de Pedro es emblemático para entender cómo actúa el don de fortaleza. En un momento de fervor Pedro dijo en voz alta que él daría su vida por Jesús. El resultado fue muy otro: Pedro lo negó tres veces. En el Cenáculo, junto con los demás discípulos, Pedro recibió de Jesús Resucitado el don del Espíritu –el soplo divino- (Jn 20,22). Más tarde cuando Jesús aparece en el lago y en la orilla le pregunta: “Pedro, ¿me amas?” Él responde: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo” (Jn 21,17). El don de fortaleza le es dado a Pedro para perseverar en el amor. Es un don que nos permite amar como Dios nos ama. Es una fuerza incomparable, con la que ninguna otra se puede igualar.

 El camino de la cruz – la puerta estrecha

El aprendizaje del discipulado pasa por la Cruz:

“El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo y cargue con su cruz” (Mc 8,34).

El símbolo de la cruz no hace referencia únicamente a los sufrimientos y muerte de Jesús, sino también a la Resurrección, a la elevación que supuso para Jesús la victoria definitiva sobre el mal. Ser discípulo significa ser capaz de aprendizaje. Y la lección suprema que un discípulo ha de aprender de su maestro es “negarse a sí mismo y tomar la cruz”. Lo cual significa entrar por la puerta estrecha que lleva al Calvario y a la Resurrección.

  • El discípulo sigue al Maestro que camina hacia la cruz. En esa circunstancia no debe pensar en su auto-realización, en conseguir fama, poder; tampoco se trata de auto-aniquilarse;  “negarse a sí mismo” se entiende mejor a la luz de “las negaciones de Pedro” (Mc 14, 30.31.72). Pedro dice que no sabe de qué habla la criada cuando se refiere a Jesús” (Mc 14,68); la hace para negar que es uno de sus seguidores. Más tarde, Pedro dice que “no conoce a esa persona” (Mc 14, 71), ni quiere saber nada de ella. Así Pedro trata de defender su seguridad, ante la posible amenaza. Finalmente Pedro niega a Jesús, después de haber abandonado a Jesús, al grupo, y ahora lo hace públicamente en presencia de gente (Mc 14,54). Cuando Jesús nos pide a sus discípulos “negarnos a nosotros mismos”, nos está diciendo que actuemos de forma totalmente opuesta a Pedro: que no nos preocupemos de nuestra seguridad personal, del culto a nuestro ego, que nos desapropiemos de nosotros mismos y no solo en privado, sino también en publico.
  • El segundo imperativo de Mc 8,34 llama al discípulo a renunciar a su propia vida, cargando con su cruz. En el contexto del siglo I las cruces se referían a quienes se oponían al imperio romano o a los sistemas políticos o religiosos; es decir a aquellas fuerzas que se oponían al reinado de Dios. La cruz hace referencia a una persona que ha sido denunciada por los demás ante las autoridades. Cada uno ha de llevar su propia cruz; aquella que le adviene de oponerse a los sistemas injustos. No se trata de exponer la propia vida por cualquier razón, sino por el Evangelio de Jesús.

Este es el camino del seguimiento, que lleva a ganar la vida perdiéndola, y no a perderla ganándola: se gana el “vivir en Cristo”, como Pablo decía:

 “Estoy crucificado con Cristo; no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2,19).

La negación de uno mismo y el cargar con la cruz nos muestran dos dimensiones de la espiral de la Alianza:

  • No vivir centrados en nuestro “ego”: el pecado nos lleva a la “egolatría”, a la autoafirmación y a la negación de Jesús; el amor que en nosotros derrama el Espíritu es fortaleza a través de la cual adquirimos una nueva identidad: “Me amó y se entregó por mí”. Comprendemos lo que es el pecado, contemplando cómo Jesús se negó a sí mismo.
  • Cargar con las consecuencias de seguimiento de Jesús: Él presentó un estilo de vida alternativo a los sistemas de poder, a las ideologías, a todo aquello que no favorecía el Reino de Dios.  Cómo él cargó con la cruz, también el discípulo, la discípula lo hacen, sin calcular las consecuencias públicas.

El don de piedad o la dulzura de Dios

La cercanía a la cruz de Jesús –al cargar con la propia cruz- y el camino de negación del propio “ego” son posibles únicamente gracias a la acción del Espíritu Santo, que es -en persona- nuestra santificación. Entre los dones del Espíritu, es el don de piedad el que actúa en este momento. La piedad consiste en mantener una relación justa hacia Dios (filial con relación al Abbá, fraterna con relación a Jesús, ungida y dócil con relación al Espíritu), hacia la humanidad (fraterna, inclusiva, liberadora), hacia la naturaleza (ecológica, venerativa), hacia nosotros mismos (acogedora, no tóxica, como templos del Espíritu). La purificación de las pasiones y la unificación de la vida necesitan la práctica de la virtud de la justicia, que es una virtud austera. El don de piedad sostiene este esfuerzo de rectitud de alma e integridad espiritual, para practicar esta ascesis en la dulzura y de modo pacificado.

Dios actúa para unificar nuestro ser en profundidad. La unidad más profunda se expresa en el salmo 85, 11, cuando dice:

“Amor y verdad se encuentran, justicia y paz se abrazan”.

La división en el corazón disocia el amor de la verdad, la justicia de la paz.

El don de piedad nos sitúa en la justa relación con Dios: una espiritualidad de confianza filial y de adoración.

María pasó por la puerta estrecha de la Cruz. Siguió a su Hijo hasta el final. La imagen de fortaleza y piedad ha quedado bellísimamente expresada en la Pietà de Miguel Ángel y en otras obras de arte pictóricas y esculturales. (Continuará con la cuarta y última etapa: “En el camino de la Paz”: la Unión y la Fecundidad)

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