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La cena del Señor

Ciudad Redonda, Ciudad Redonda -

La cena del Señor es memoria de liberación,
testamento y promesa...
La celebración y su narración evangélica.

ANTONIO RODRÍGUEZ CARMONA:

Antonio Rodriguez Carmona (JPG) Nació en Granada el año 1933. Presbítero de la diócesis de Almería. Licenciado en ciencias bíblicas, doctor en teología bíblica y en filología bíblica trilingüe. Profesor en la facultad de teología de Granada desde 1968; emérito a partir del presente curso. Ha trabajado pastoralmente sobre todo en el ámbito de la formación. He aquí algunas de sus últimas publicaciones: La investigación de los evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles en el siglo XX, Estella 1996; La religión judía. Historia y teología, Madrid 2001; Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles (en colaboración con R. Aguirre), Estella 20058; El evangelio de Marcos, Bilbao 2006; El evangelio de Mateo, Bilbao 2006.


Resumen de la ponencia

La segunda pregunta de la XXXV Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada es: ¿Qué celebramos y para quién? No celebramos algo que se haya inventado la Iglesia, sino que le viene impuesto a la «asamblea» en un contexto dialogal: tomad, comed, bebed, haced esto… No son enunciados abstractos, sino que «están dirigidos a los discípulos, oyentes y compañeros de mesa con los que Jesús habla e interpela lo que está haciendo». Celebramos «la comida del Señor» o la «fracción del pan». Existen cinco relatos de la última cena de Jesús, recogidos en los evangelios sinópticos, en Juan y en la primera carta de Pablo a los Corintios. En las narraciones subyace una doble tradición: una cultual –caracterizada «por recordar las palabras de Jesús sobre el pan y la copa»– y otra testamentaria, que «tiene más en cuenta el carácter de testamento-despedida». Las dos tradiciones responden al «sacramento y al fruto que produce», al culto y a la existencia.

Jesús instituye la Eucaristía en el curso de una «cena». «La comunión de mesa une a los comensales y crea una comunión especial entre ellos». Lo refleja claramente aquel dicho: «Dime con quién comes y te diré quién eres». La comida implica alimento y amistad. La última cena de Jesús tuvo un carácter pascual; es decir, «la revistió de una atmósfera pascual y empleó los ritos propios de esta fiesta». El pan ácimo, por ejemplo y el corderillo compartido significaban el paso de los viejo a lo nuevo, «la reaparición de la vida que destruye a la muerte». En un contexto pascual, ambos símbolos aluden al paso presuroso de Dios y del pueblo: Dios tiene prisa por liberar a su pueblo y el pueblo se apresura a cooperar en la liberación. La liberación pascual es anticipo de la definitiva. Es probable que Jesús diera una forma personal a la bendición sobre el pan ácimo, repartido entre los comensales; es probable que explicara el significado del pan repartido con estas palabras: «Tomad, comed, esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros». A la acción de gracias sobre la copa Jesús añadiría también una explicación: «Esto es mi sangre de la alianza que se derrama por la multitud».

El pan de la prisa que alimenta tiene otro significado añadido: es el «cuerpo humano resucitado» con una «capacidad de relación divina, universal». «La copa contiene la sangre de Cristo…, y realiza la verdadera acción de gracias que llega a Dios y crea la nueva alianza obtenida por su fidelidad hasta la sangre». Para que se cumpla la palabra profética de la nueva alianza es preciso el perdón de los pecados. La sangre de Cristo, contenida en la copa es derramada «por vosotros, para el perdón de los pecados». La tradición cultual helenista, recogida en la narración de Lucas, «explicita que la profecía de Jeremías se ha cumplido a través de la de Isaías sobre el Siervo, personaje que tomó la forma de Jesús». No podemos recordar la cena del Señor «sin amor y sin acogida fraterna»: «Haced esto en memoria mía». Esto es importante, porque la memoria de Jesús no se puede degradar.

Cada evangelista deja su impronta en la narración. Marcos resalta el «contraste entre el Jesús triunfalista… y el Jesús que actúa en la debilidad». La Eucaristía, para Mateo, es el memorial que constituye y recrea a la Iglesia, «verdadero Israel». Según Lucas, «la Eucaristía debe producir progresivamente la asimilación del discípulo al Señor que vive». Pablo, finalmente, afirma que «la Eucaristía produce una comunión íntima con Jesús». «La Eucaristía ha de aunar la memoria cultual con la memoria existencial».


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