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La cara rusa de Europa

José M. Vegas cmf -
1. La presencia de la Iglesia católica en Rusia. Comienzo con una pequeña alusión a la presencia de la Iglesia católica en Rusia y a mi experiencia personal en ella. Participar en el restablecimiento de la Iglesia católica en Rusia tras prácticamente 70 años de brutal supresión de la misma en aquellas tierras, con muy pequeñas excepciones, es una experiencia impagable. Es como asistir al nacimiento de la Iglesia prácticamente desde cero. Naturalmente, la Iglesia que así nace es pequeña y débil, tiene muchos defectos, mucho que aprender. Pero de todos modos asistir y colaborar a esta especie de aventura es una gracia que sólo puede valorar suficientemente quién tiene la suerte de recibirla. Sin embargo, al hablar de este “nacimiento” enseguida hay que deshacer un malentendido, frecuente incluso entre muchos católicos, que nos preguntan a los que estamos allí: ¿qué hacéis en Rusia, en un país ortodoxo? ¿Para qué trabajar allí si ya está la Iglesia ortodoxo? Tras esta pregunta se esconde la idea de que “los católicos” estamos realizando una especie de incursión indebida y con ánimos de proselitismo entre “los ortodoxos”, en un país del que hemos estado siempre ausentes. Esta idea es falsa. Lo que está sucediendo en Rusia es un restablecimiento de las estructuras eclesiales católicas que existían allí antes de la Revolución. De hecho, aunque minoritaria, la presencia católica en Rusia data de tiempos inmemoriales, pues desde siempre hubo allí minorías nacionales católicas (zares blancos y rojos con sus deportaciones contribuyeron a extender el catolicismo en Rusia), que dispusieron de parroquias, diócesis, seminarios, etc. Esas minorías tiene derecho a ser atendidos y a vivir su fe, como la tienen los ortodoxos en Polonia, Argentina (países en los que existen incluso patriarcados autocéfalos) o España, sin que a nadie se le ocurra invocar el “territorio canónico” católico de estos países, para obstaculizar la libertad de conciencia. Así pues, este restablecimiento no parte absolutamente de cero, pues los sacerdotes y religiosos que han acudido a Rusia desde hace unos 15 años, no han tenido que convertir a nadie: ha comenzado a trabajar con grupos de católicos que se reunían a rezar regularmente y que, tras muchos años de sufrimiento y persecución han podido reunirse en sus antiguos templos y celebrar los sacramentos. No se practica el proselitismo en Rusia desde el lado católico, aunque es cierto que hay rusos no bautizados que libremente eligen la Iglesia católica, que siempre gozó de buen predicamento entre la brillante intelectualidad rusa. En nuestro programa de trabajo el ecumenismo tiene una dimensión central. Es verdad que, sobre todo en los niveles oficiales, el ecumenismo entre católicos y ortodoxos no es fácil. Pero que sea difícil no significa que sea imposible. Por parte nuestra requiere ir poco a poco cambiando la actitud defensiva ante los ataques que recibimos a veces, hacia una “fraternidad activa”, desde abajo, cordial, muy posible con muchos ortodoxos. Sabemos que nuestra presencia en Rusia es, pese a todo, beneficiosa para la ortodoxia, pues les estimula en el campo de la catequesis y del trabajo social; así como es beneficiosa para los católicos, pues el intenso contacto con la mentalidad y la espiritualidad oriental nos hace caer en la cuenta de los grandes tesoros de los que podemos aprender tanto. 2. Rusia, la otra cara de Europa. Sobre esta cuestión también hay que deshacer poco a poco ciertos equívocos. Estamos demasiado acostumbrados a identificar a Rusia con la antigua URSS y el comunismo. La caída del Muro nos ha hecho comprender que durante muchos decenios Europa ha estado mutilada y, por eso, extrañada de sí misma. También, al asomarnos al mundo que se nos mostraba por encima de las ruinas del telón de acero, hemos comprendido que ese mundo, preponderantemente eslavo es extraordinariamente plural y tiene vínculos muy fuertes y diversos con el resto de Europa: basta mencionar que en Praga se fundó la primera Universidad de habla alemana, recordar el catolicismo polaco o las raíces latinas de Rumanía. En lo que respecta a Rusia, es importante ante todo evitar los tópicos habituales (frecuentes en la misma Rusia), sin negar la parte de verdad que pueda haber en ellos: que ella representa la mística y la estética y Europa occidental el racionalismo; o la contraposición entre el espíritu comunitario ruso (la “sovornost”) y el individualismo occidental. Rusia, parte necesaria de Europa, es un puente entre Oriente y Occidente en dos sentidos. En primer lugar, entre Roma y Bizancio (los dos pulmones cristianos de Europa), pero también entre el Occidente europeo y el Oriente asiático, en el que se encuentran más de dos tercios del territorio ruso. Rusia no es, desde luego, el único rostro oriental (ortodoxo) del cristianismo, aunque sí, posiblemente, el más significativo por extensión y número de creyentes (aunque muchos todavía potenciales). Pero, además, Rusia está fuertemente impregnada del “principio asiático”, con no pocos elementos de confucionuismo, por su posición geográfica y por la fuerte impregnación cultural que el yugo tátaro-mongol dejó en el alma rusa. Así se manifiesta en el fuerte sentido de pertenencia colectiva y de jerarquía, con sus pros y sus contras. A este respecto, es preciso recordar que el “oriente cultural” europeo está presente en sus dos extremos geográficos: en Rusia, por lo dicho, en España, por la secular presencia árabe en ella. Tanto Rusia como España se forjaron como naciones en gran medida en la lucha por liberarse de esas invasiones que, sin embargo, dejaron su huella en el carácter de ambas. Tal vez por eso existe una extraña sintonía afectiva entre rusos y españoles, pese a las grandes diferencias. Quisiera terminar expresando una cierta protesta por la actitud occidental hacia Rusia, que se refleja con fuerza en los medios de comunicación social. Todas las crónicas occidentales sobre el país van acompañadas de un deje de desconfianza y escepticismo. Ese deje, sin embargo, revela también nuestra incapacidad para comprender. Nos empeñamos en que Rusia sea, simplemente, “como nosotros”. Y eso no es posible, ni deseable. Rusia tiene que ser sí misma, dando lo mejor de sí misma. Pero para eso necesita crédito: económico, y del otro, político, social y humano. Escribía el gran poeta ruso Tiutchev: “Con la razón no se entiende Rusia / No se la puede medir por el mismo rasero / Su porte es especial / En Rusia sólo se puede creer.” Que en Rusia sólo se puede creer, y no comprender, es tal vez un tópico. Pero encierra una gran verdad: para comprender hay que creer, porque sólo se comprende de verdad lo que se ama. Para comprender a Rusia hay que esforzarse en conocerla, es decir, hay que creer en ella y amarla. Y el amor es, entre otras cosas, paciente. Con Rusia hemos de tener paciencia. Paciencia con la Ortodoxia, que sale de una larga y dura hibernación y cuyos defectos se parecen tal vez demasiado a los nuestros de hace sólo algunos decenios; y esos defectos no eliminan sus valores cristianos, que son la semilla de superación de aquellos defectos. Y paciencia con el Estado Ruso y su política. No se puede esperar una democracia plena en un país que nunca la ha tenido, y en el que la sociedad civil apenas está empezando a formarse. La paciencia que nace del amor y de la fe en Rusia es el principio de un esperanza fundada: Rusia ha manifestado en su historia una formidable capacidad de madurar deprisa. Basta pensar en su literatura, que nació en el siglo XIX siendo ya una cima de la literatura mundial. También en otros campos ha mostrado esas posibilidades. Nuestra esperanza fundada es que el cristianismo ortodoxo ruso y la vida social también madurarán, no simplemente imitando modelos ajenos, sino creciendo desde dentro, en fidelidad a sí mismos. Sólo así podrá Rusia hacer su aportación específica para que Europa sea de verdad sí misma.
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