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Juventud y desencanto

Emilio Lamo de Espinosa, Catedrático de Sociología (UCM) en ABC -

    La historia de las sociedades es la historia del «trabajo vivo» de jóvenes y maduros que revitaliza el «trabajo muerto» de quienes se fueron, objetivado en obras, en cultura, también en instituciones. Los jóvenes, los herederos, pueden despilfarrar esa herencia o pueden multiplicarla. Pero lo que hagan dependerá de lo que nosotros hayamos hecho con ellos. Y me temo que no es nada positivo. Hablamos de algo más de nueve millones de españoles, el 21 por ciento de la población. Pero ha sido una caída en picado, de modo que son pocos pero, además, van a menos. La nuestra es una sociedad envejecida en la que ya tenemos más abuelos que nietos: casi un millón más. Un problema al que no hemos sabido hacer frente y que se ha «solucionado» (sic) por la puerta de atrás, gracias a la emigración. (Por cierto, ¿es ésta la mejor solución? ¿No hubiera sido más prudente ayudar a los jóvenes a crear familias?). Pero es, por supuesto, la juventud mejor preparada que hemos tenido jamás. Cierto que hay pocos con educación secundaria, pero España produce tantos graduados universitarios en porcentaje de su población como Alemania, Francia o el Reino Unido. Casi uno de cada tres adultos jóvenes tiene estudios universitarios, y el porcentaje no para de subir.

    Pocos y bien preparados, cierto, pero ¿cómo están siendo utilizados? La tasa de desempleo de los menores de 25 años es casi del 40 por ciento, el doble de la media, pero supera el 50 por ciento en algunas CC.AA. Y la tasa de temporalidad de los que están empleados es del 74 por ciento entre los más jóvenes y del 54 por ciento entre quienes tienen de 20 a 24 años ¿Es así como vamos a entrar en la economía del conocimiento, dejando fuera del mercado de trabajo a los más cualificados? Por supuesto, desde el paro o en la temporalidad no se pueden tener grandes proyectos. Un joven debería dedicar unos 2.600 euros al mes para poder comprar una vivienda, más del doble de lo que cobra. Y así, mientras que tan sólo el 5 por ciento de los jóvenes daneses o suecos obtienen recursos económicos de algún familiar, en España el porcentaje es del 34 por ciento. Si todos los jóvenes abandonaran la casa de sus padres -señala un informe de Caixa Cataluña-, más del 50 por ciento serían pobres. Estamos ante una marcada juvenilización de la pobreza, que no aflora porque la familia sigue siendo una de nuestras instituciones más sólidas. ¿Puede sorprender a alguien que en estas condiciones los jóvenes se desinteresen de la política? Pues los datos de desafección política de los jóvenes son preocupantes.

    Según el último Informe de la Juventud, quienes aseguran que no tienen «nada» de interés por la política han pasado de un relevante 38 por ciento a un abrumador 50 por ciento en sólo cuatro años. Y más del 70 por ciento aseguran que «los partidos se critican mucho entre sí, pero en realidad todos son iguales», una de las expresiones que con más claridad define el desencanto político.

    ¿Son antisistema? Se supone que sí, pero nada más falso. Rechazan a ambos partidos, cierto, pero buscan otras alternativas. Hoy -son datos del CIS del barómetro de enero- el 77 por ciento de los jóvenes tienen poca o ninguna confianza en el presidente del Gobierno, y el 78 por ciento, poca o ninguna en el líder de la oposición. Resultados demoledores para ambos. Pero sorprenderá sin duda que ante la pregunta «¿cómo se definiría usted en política?» la mayoría de los jóvenes (el 24 por ciento) se definen como «liberales», casi el doble que la media de España (un 12 por ciento). Por el contrario, menos de un 10 por ciento se definen «socialistas», muy por debajo del 20 por ciento de media de España ¿Por qué «liberal»? Por lo mismo por lo que se definen de centro más que la media española: porque rechazan a unos y otros pero, en lugar de buscar una alternativa en los extremos, parecen haberla encontrado (por fortuna) en el centro liberal. (Por cierto, y por completar el cuadro, sorprenderá a más de uno saber que el 24 por ciento de jóvenes entre de 18 y 24 años votarían al PP, frente a un 16 por ciento que votarían al PSOE. Tomemos nota, pues, del vuelco generacional).

Lo evidente es que algo estamos haciendo muy mal cuando no conseguimos incorporar a esa juventud (moderada y bien formada) a la vida política y ciudadana. Por supuesto que los jóvenes tienen preocupaciones políticas, y son importantes. Era Jean Cocteau quien decía que los jóvenes saben lo que no quieren mucho antes de saber lo que quieren; es lógico. Pues bien, lo que nos están diciendo no es que no les interesa la política, sino que menosprecian un tipo de política partidista, cortoplacista en el tiempo y provinciana en el espacio, la política que menosprecia lo que ellos aprecian. Nos encontramos así ante un cruce interesante de expectativas y realidades que se vuelve visible si hacemos una comparación entre aquellos jóvenes que hace cincuenta años lideraron la transición y estos que ahora la reciben como envenenada herencia.

Aquéllos habían nacido en la posguerra, (años 40 a 50), justo durante o después de los años del hambre, padeciendo situaciones materiales duras y una economía de escasez, dificultad para acceder a los estudios, trabajos duros y repetitivos. Eran cohortes numerosas y crecientes cuyos valores se ajustaban a lo que los sociólogos llamamos «valores materialistas», en los que priman la austeridad, el trabajo, la seguridad, la disciplina, el ahorro. Tenían, además, escasas expectativas de futuro, que percibían sin grandes ilusiones e incluso con temor. Sin embargo, la vida fue muy generosa con ellos, progresaron aceleradamente, y se puede decir que aquellas generaciones -las de la transición- han vivido las últimas décadas muy por encima de sus expectativas.

Pero la relación entre expectativas y realidades se trunca en las actuales generaciones. Éstas han vivido en condiciones de progreso, con facilidad para acceder a los estudios o al trabajo, durante un periodo de abundancia, con expectativas fuertes y positivas de trabajos creativos. Por ello sus valores -como los de casi todos los jóvenes europeos- son «posmaterialistas», en los que priman la libertad, la expresión, la autorrealización, el consumo más que el trabajo. Valores de abundancia, no de escasez. Y, sin embargo, su realidad está siendo muy distinta, de modo que viven muy por debajo de las expectativas que hemos generado en ellos. Bajo el título «Las esperanzas rotas de la generación española», la revista Time denominaba recientemente a la juventud española como la «Generación Decepción».

Y esto es importante. Hace décadas que los sociólogos sabemos que la rebeldía -incluso las revoluciones- tienen más que ver con la frustración de expectativas que con las necesidades reales. Y los jóvenes sufren, sin duda, una notable frustración de expectativas que, me temo, va a continuar. Por ejemplo, no sería mala cosa que analizáramos el creciente endeudamiento público desde la perspectiva de la justicia intergeneracional. Lo normal es que los padres tratemos de solucionar los problemas de nuestros hijos con nuestro esfuerzo. Pero el endeudamiento es justo lo contrario, es solucionar nuestros problemas actuales con su esfuerzo futuro, generando una herencia de deudas, obligaciones y pasivos. Herencia envenenada la que les estamos dejando: una brutal crisis económica que impide su integración y los mantiene en una adolescencia forzosa, doblada de crisis política ante la que se manifiestan como espectadores irritados.

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