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Jesús, experto en sufrimiento.

José Vico, cmf -
    La presencia del sufrimiento en la vida de los hombres se ha convertido con frecuencia en crisol de sentido. El dolor representa una tempestad en la vida de quien lo sufre directamente. Puede, incluso, representar una tempestad para quien indirectamente se siente tocado por él, poniendo de manifiesto el poder del mal y la impotencia de quienes lo combaten. Toda la experiencia y el sentido de la vida parece que se remueven ante esa desdicha que se da cuando el sufrimiento no es pasajero, sino que por su amplitud, espesor y duración afecta a la persona no sólo en su dimensión individual sino también en su dimensión social.

Varón de dolores

Jesús también pasó por la experiencia del dolor. No lo buscó directamente. Lo tuvo que sufrir como consecuencia de su lucha por el Reino. Se convirtió en un hombre de conflicto y un signo de contradicción. Fue perseguido, religiosamente condenado a muerte, políticamente privado de la dignidad martirial de su muerte. Crucificado y despreciado por los poderosos. Lo hicieron aparecer ante el pueblo como un rechazado por Dios, como un maldito de Dios.



Jesús no se libró del dolor ni nos libra del dolor. La gran buena experiencia de Jesús y su gran Buena Noticia es la liberación en el sufrimiento. Tuvo que pasar por lo más hiriente del dolor: el aparente silencio y abandono de Dios. El Crucificado grita.- "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Es un grito de plena confianza, de radical apertura y entrega en manos del Padre. Jesús pasa de la invocación de Dios a la más radical experiencia del Padre.

Por eso hay esperanza y futuro en la desgracia histórica de la cruz.

El Dios del crucificado

El Dios a quien Jesús se dirige en clamor es el Dios Antimal que no tiene parte en el dolor y el sufrimiento de sus criaturas. Su Reino viene en la medida en que los ciegos ven, los cojos andan y a los pobres se les anuncia la buena noticia de que Dios asume su causa como propia (cf Lc7,18-23). El Dios de Jesús no es el artífice del dolor y del quebranto. No lo manda. No lo permite de manera pasiva. Todo lo contrario, Dios sufre con el mal. Sufre con el dolor. Sufre porque ama. Y, porque ama, es el Dios que quiere la felicidad, la bienaventuranza de todos, a partir de quienes están en el reverso de toda bienaventuranza. El sufrimiento no tiene derecho a la existencia. Dios no lo quiere para sus hijos, ni se lo envía.

Lo que ocurre es que, de hecho, existe. Existe por la fuerza del Antirreino (cf Lc13,10-17; Hch 10,38; 2 Cor 13,7). Existe a pesar de Dios. Y esto quiere decir que Dios no es todavía "todopoderoso" en este mundo y en esta historia. Quiere decir sencillamente que no está todo sometido a su señorío. Por eso, precisamente, se hace urgente pedir la venida de su Reino y que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo. El Dios a quien se dirige Jesús en plena confianza no es poderoso en la historia para proteger de todo sufrimiento. No es poderoso en este mundo para librarnos de todo sufrimiento. No es poderoso. Pero tiene compasión. Padece con quienes están en los antípodas de la felicidad. Y lucha con ellos y por ellos. Está de su parte. Si es cierto que no protege de todo sufrimiento, sí que protege en todo sufrimiento. El sufriente no está solo. Dios, el Dios del Reino, está con él. Está con él el Antimal, el Antidestino y el Desfatalizador de la historia. Está no para que el dolor se eternice sino para vencerlo y destruirlo. Él apuesta por la victoria del débil y la asegura.

Sin embargo, su victoria no se realiza desde fuera, sino encarnadamente. El Dios del Reino es el Dios que asume desde dentro el dolor humano. Es haciéndose experto en sufrimiento como lo vence. Por eso, Jesús no baja de la cruz, a pesar de que se le insta a ello para hacer creíble que Dios está con Él. Jesús no baja de la cruz, sino que se mantiene en ella con la esperanza puesta en la victoria del Dios de la vida. Del Dios que es resurrección y victoria para los débiles.

Cuando el evangelio nos invita a tomar la cruz cada día, nos está invitando a tomar parte en esa lucha y en esa victoria. Si hay una lucha entre Dios y el mal, entre el Reino y el Antirreino, en esta lucha, hay que situarse de parte de Dios. De parte del Dios del Reino. Teniendo en cuenta que situarse de parte de este Dios es tanto como arraigarse entre aquellos que están en el reverso de la felicidad, asumiendo su causa como propia. Ahí es donde históricamente Jesús toma parte por Dios. Y ahí espera también a sus seguidores.
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