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Jerusalén, ciudad de paz

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(JPG) ¿Qué hacemos, cruzados de brazos? La paz reditúa para el mundo venidero, como obra de misericordia o de compasión que es. Salgamos, como Aarón, a poner paz entre "el hombre y su hermano"; mejor aún, "Vayamos a Belén", como los pastores, y aprendamos del Príncipe de la paz. El Señor derruyó la línea divisoria que separaba los hombres y acabó con la hostilidad. La acción del Señor necesita continuadores en los comienzos del siglo XXI, cuando se está forjando un mundo nuevo, un orden internacional nuevo; necesita hombres y mujeres que sean artífices de la paz. Si se pone en pie un ejército de mujeres y de hombres pacificadores, nuestro Dios hará derivar hacia Jerusalén como un río la paz (Is 66,12). Y Yerushalayim será la ciudad rebosante de paz, de Shalôm, que es concordia entre los hombres y prosperidad, que es tranquilidad y bonanza, que es tarea y culminación de la obra. Tal vez la Jerusalén a la que me refiero no sea de esta tierra, sino la nueva Jerusalén, "morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada en medio de ellos y ellos serán mi pueblo y él, Dios-con-ellos será su Dios" (Ap. 21,5). No obstante si la Jerusalén terrena escuchara y acogiera al que viene en son de paz: "Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad dijo llorando: ¡Si tu comprendieras en este día lo que lleva a la paz...! (Lc 19,41s). Jerusalén, por la que llora Jesús, ni escuchó ni comprendió. Y el odio entre los hermanos cubre aún, como negro toldo, la tierra. Pese a todo, Cristo es nuestra paz. Existen hombres y mujeres que no dudan en orar así:

Señor, haz de mí instrumento de tu paz. Donde haya odio, que yo ponga amor. Donde haya ofensas, que yo ponga perdón. Donde haya discordias, que yo ponga unión. Donde haya error, que yo ponga verdad. Donde haya duda, que yo ponga fe. Donde haya desesperanza, que yo ponga esperanza. Donde haya tinieblas, que yo ponga luz. Donde haya tristeza, que yo ponga alegría.

Haz que no busque tanto el ser consolado como el consolar; el ser comprendido como el comprender, el ser amado como el amar.

Porque dando es como se recibe. Olvidándose de sí es como se encuentra a sí mismo. Perdonando es como se obtiene perdón. Muriendo es como se resucita para la vida eterna

Con una legión de hombres y de mujeres así dispuestos, Jerusalén (Yerushalayim) despertará innumerables ecos de paz (Shalôm), que dormitan en el corazón humano. Y nuestra tierra vibrará ante el himno angélico de la Navidad: "Gloria a Dios en el cielo, / y en la tierra paz a los hombres, / que Él tanto quiere." (Lc. 2,14). Permitidme soñar, nuestra tierra podría ser un cielo o el cielo, porque los ángeles de Dios cantan en ella.

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