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IV Miércoles de Adviento 22 de diciembre de 2010

Angel Moreno -

 

1SA 1,24-28; LC 1,46-56.

“Mi alma proclama la grandeza del Señor.
Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, 
porque Dios ha puesto sus ojos en mí, 
su humilde esclava, 
y desde ahora me llamarán dichosa;
 porque el Todopoderoso 
ha hecho en mí grandes cosas.”
(Lc 1, 46-47)

“… por ello ofrezco todas las fuerzas de mi alma en acción de gracias, y me dedico con todo mi ser, mi sentidos y mi inteligencia a contemplar con agradecimiento la grandeza de aquel que no tiene fin, ya que mi espíritu se complace en la eterna divinidad de Jesús, mi salvador, con cuya temporal concepción ha quedado fecundada mi carne” (SAN BEDA EL VENERABLE, Sobre el Evangelio de San Lucas)

Durante el Adviento hemos meditado las Sagradas Escrituras y cuando tocamos ya la hora del alumbramiento de María, la madre del Emmanuel, al descubrir cómo en ella se cumplen tantas profecías, nos sobrecoge la revelación de la Palabra de Dios, al reflexionar como lo hacen sobre ella los Padres de la Iglesia. De este modo hemos sentido que, de semejante manera a como se realizaron las maravillas de Dios en la Virgen nazarena por la fe, siguen prologándose en nosotros los efectos de aquellos acontecimientos.

Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios (Mc 1,1), y a los que acojan la Palabra, que viene a este mundo, se les da poder para ser hijos de Dios” (Jn 1, 12). Jesús ha dicho: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12), y también: “Vosotros sois la luz mundo” (Mt 5, 14). Jesús, refiriéndose a su cuerpo, anunció: “Destruid este templo y yo lo reedificaré en tres días” (cf Mt 26, 61). A los que hemos sido bautizados se nos asegura: “Vosotros sois templos de Dios por el Espíritu” (1 Co 6, 19). Jesús ha personalizado la imagen de la piedra angular, sobre la que se asienta un edificio (Lc 20, 27). A los cristianos se nos dice que somos piedras vivas (1 Pe 2, 5), cimentadas sobre los apóstoles. El Verbo de Dios tomó carne en las entrañas de Santa María (Gal 4, 4). Jesús dijo: “El que como mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6, 56).

Sin duda, es momento de entonar el Magnificat por las obras que Dios ha realizado en nuestra naturaleza, en nuestra historia, en nuestro corazón. Estos días, cada uno puede componer su propio himno de acción de gracias, como lo hizo la Madre de Jesús en su encuentro con su pariente Isabel.

¿Por qué no escribes tu Magnificat, las razones que tienes para bendecir a Dios?

“La misión del Hijo y la del Espíritu Santo son inseparables y constituyen una única economía de la salvación. El mismo Espíritu que actúa en la encarnación del Verbo, en el seno de la Virgen María, es el mismo que guía a Jesús a lo largo de toda su misión y que será prometido a los discípulos.” (BENEDICTO XVI, Verbum Domini 15)

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