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Inmaculada: Nuestra señora de la mejor aurora

Condensó el texto para IRIS Conrado Bueno, cmf. -
Este artículo, que subraya la presencia de María en la vida ordinaria, va a recurrir, este año, a las homilías que, en la Novena de la Virgen de su tierra, predicó el Obispo Cordimariano, Fernando Sebastián. La hondura teológica se hace popular, vital, fervorosa.

El misterio
Vamos a deleitarnos al contemplar el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Yo querría poner un rótulo, como imagen nueva y refrescante: "Nuestra Señora de la Mejor Aurora".

Cuando Pío IX definió el dogma de la Inmacu­lada Concepción de María se nos abrió a los cris­tianos un marco extraordinario, una perspectiva nueva, luminosa, de entender la vida. No era una afirmación aislada, era la afirmación del puesto de la Virgen María en e! plan histórico de la humani­dad, como pieza clave de la redención. Era la ma­nifestación de la razón de ser de la Virgen María.

El primer pecado
Todos nacemos de Adán. El pecado de los pri­meros padres pesa, como una losa, sobre la humani­dad. Dios quería que la humanidad entera viviera en una fácil convivencia con Él: lo puso en el paraíso. Pero esa amistad se rompió por el pecado, y desde en­tonces, los hombres nacemos como fuera de la casa de Dios. Nos cuesta trabajo acercarnos a Él. Tenemos un falso temor: Dios nos aburre; sobre todo, nos asus­ta, como si nos fuera a robar algún tesoro interior. (Sí, el tesoro de nuestra libertad mal entendida: el derecho a hacer sin normas, sin pensar en la complacencia y soberanía de Dios: Es el gusano del pecado original; "Seréis como dioses", "haréis lo que os dé la gana".

María, la llena de gracia
La Virgen no estuvo sometida al pecado, no tu­vo esa lejanía, ese falso temor de Dios. Desde e! primer momento de su vida, estaba para ser de Dios. Dios había pensado coronar la creación con la belleza del hombre Jesucristo, para ayudarnos a vivir con la bondad y el gozo de saber que somos hijos de Dios con Jesucristo. Luego, el pecado de los primeros padres complicó las cosas, y Jesús tu­vo que morir para redimir el pecado.

La Madre forma parte de la humanidad de Jesús y de nuestra propia humanidad. Hacerse hombre e! Hijo de Dios incluía nacer de las entrañas de una mu­jer. La Virgen es la mejor garantía de la veracidad his­tórica de Jesús. Existe, no como descendiente de Adán sino como madre de Jesús, no está sometida a la mala herencia de Adán. Recibe la gracia de Dios, directamente de Jesús, por su maternidadad: fue conce­bida para ser madre de Jesús. La Virgen crece como la futura madre de! Hijo de Dios, emparentada con Dios, santificada por la presencia de la Trinidad que la prepara para ser madre; su corazón era para Dios.

Vemos en la Palabra de Dios dos palabras bellísi­mas. El Ángel la saludó: "Alégrate, llena de gracia". Es bonito pensar que nuestra religión comienza con una invitación a la alegría. El Ángel la llama la "llena de gracia". Toda la Iglesia, los santos, llegaron a una con­clusión: que "llena de gracia", quería decir, incluso, concebida, surgida, nacida a la exístencia, desde el primer momento, habitada por la Trinidad, sin sombra de pecado, sin distancia ninguna de Dios; porque su corazón gravitaba, presentía la presencia del Hijo de Dios en su seno, en sus brazos, en su vida.

Una larga historia
En España, la devoción a la Inmaculada Con­cepción se desarrolló, de manera extraordinaria, desde el siglo VI y VII, antes de la invasión musul­mana. Se celebra la Misa de la Inmaculada Concep­ción de la Virgen María. Las universidades de Espa­ña, todos los profesores, hacen la promesa de de­fender la Inmaculada Concepción de la Virgen Ma­ría; los Reyes de España piden a los papas que in­cluyan en las letanías: "Madre Inmaculada". Y el sa­ludo de nuestra gente era: "Ave María, Purísima, sin pecado concebida". No podemos perder estas tra­diciones tan hermosas, son como perlas preciosas.

Mensaje para los cristianos de hoy
¿La consideración de la Inmaculada Concepción tiene un mensaje para los cristianos de hoy? Ya lo creo, un mensaje profundo. La devoción a la Virgen Inmaculada es capaz de cambiar nuestra visión del mundo y el tono de nuestra vida.

Pensar que Dios prepara una Madre para su Hijo eterno nos da la garantía de la verdad histórica de Je­sús. Nuestra raza está enriquecida, iluminada, por la presencia, la vida de Jesús. Tenemos un Mesías, te­nemos un Salvador. No somos gente que anda por el mundo perdida, sin saber de dónde venimos y a dón­de vamos. Tenemos a Jesús dentro de nuestra raza. Podemos contar con Jesús, el hijo de María. Si pres­cindimos de la exístencia de Jesús, de la divinidad y redención de Jesucristo, estaremos dando tumbos por la vida, sin saber lo que es verdad o mentira, bueno o malo, sin saber ni qué somos ni qué tenemos qué hacer. Qué triste la condición de tantos hermanos, amigos, familiares que han perdido esta gran heren­cia, la fe en Jesucristo.

El misterio de la Inmaculada Concepción nos ha­ce pensar que todos, como ella, venimos a la vida con una misión. Dios no nos pone en el mundo al tun tun, sin contar con nosotros. Somos queridos personalmente por el Dios eterno, para hacer algo en el mundo. Y tenemos que hacernos dos pregun­tas. Una, la gente joven: ¿Qué quiere Dios de mí? Qué triste llegar a adulto sin haberse hecho esta pre­gunta. Qué pena que tantos jóvenes que piensan que la religión no sirve para nada. Y creer en Jesús, el hombre perfecto, es el mayor estimulo para des­cubrir y realizar la grandeza de nuestra vida. Y de mayores, otra pregunta: ¿Habré cumplido con lo que Dios quería de mi? Sin amarguras, sin temores por­que Dios es nuestro Padre y nos mira con mucha be­nignidad.

Otro mensaje que nace del misterio de la In­maculada Concepción: el valor de nuestra vida proviene de nuestra intimidad con Jesucristo. ¿Por qué es hermosa y grande la Virgen María? Porque vivió cerca de Jesús, con su corazón más que con su cuerpo, en la vida y en la muerte, modelo de cristianos, Madre de la Iglesia. El valor decisivo de nuestra vida no será ni el dinero, ni los méritos, ni los honores, ni ser arzobispo, ni ser papa; será la cercanía de amor con Jesucristo. Si hemos amado al Padre y a nuestro prójimo con la piedad, la ver­dad y la generosidad de Jesús.
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