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III Miércoles de Adviento

Ángel Moreno -

 

“Yo soy el Señor, y no hay otro.
No hay otro Dios fuera de mí.
Yo soy un Dios justo y salvador,
y no hay ninguno más.
Volveos hacia mí para salvaros,
confines de la tierra,
pues yo soy Dios y no hay otro” (Is 45, 21-22)
 
“Hay un solo Dios,
quien por su palabra y su sabiduría ha hecho
y puesto en orden todas las cosas. (…)
Desde el comienzo,
la Palabra había anunciado que Dios sería contemplado por los hombres,
que viviría y conversaría con ellos en la tierra,
que se haría presente en la criatura por Él modelada
para salvarla y ser conocida por ella…”
(San Ireneo, Contra las herejías)
 
Sorprende la reiteración casi obsesiva del profeta afirmando al Dios único, creador y salvador. Y con la misma contundencia, los santos padres proclaman a Jesucristo como único Señor. La Palabra eterna, la única Palabra, encarnada para que la podamos contemplar y sentir en el Verbo hecho carne es nuestra salvación.
 
Jesús, según el relato evangélico, envió mensajeros a Juan el Bautista con la contraseña de las profecías cumplidas en Él, para que comprendiera la verdad de la revelación y se gozara de este día.
 
Hay verdades fundantes de nuestra fe. Si el pueblo de Israel nace de la confesión del único Dios, el cristianismo no es sólo profesar que Jesucristo es el único Señor, sino haberse encontrado personalmente con Él. “El cristianismo es la «religión de la Palabra de Dios», no de «una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo».” “Jesús es la estrella polar de la libertad humana: sin él pierde su orientación”.
 
En Adviento reavivamos el deseo de contemplación de la Humanidad sacratísima de Cristo, en expresión teresiana, que sigue invitándonos a encontrarnos con Él.
 
 
En un mundo que considera con frecuencia a Dios como algo superfluo o extraño, confesamos con Pedro que sólo Él tiene «palabras de vida eterna» (Jn 6,68). No hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante (cf. Jn 10,10). (Benedicto xvi, Verbum Domini 2)
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