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III Lunes de Adviento

Ángel Moreno -

 

 “Oráculo del hombre de ojos perfectos;
oráculos del que escucha palabras de Dios,
que contempla visiones del Poderoso,
en éxtasis, con los ojos abiertos” (Nm 24, 2-4).

“La Palabra de Dios pasa;
no se la recibe con desgana,
no se la retiene con indiferencia.
Que tu alma viva pendiente de su palabra,
sé constante en encontrar las huellas de la voz celestial,
pues pasa velozmente”
(San Ambrosio, Sobre la virginidad)
 
En este día se celebra la fiesta de Santa Lucía, una de las vírgenes cristianas a las que se invoca en el canon romano de la misa, mártir en Siracusa, en la persecución de Diocleciano.
 
Hoy es la fiesta de la luz. En algunos países se vive de manera especial esta jornada, porque se celebra que la noche detiene su avance, y muy pronto la luz podrá a la oscuridad. Es posible que el calendario litúrgico se guiara por la percepción atmosférica y en el día que deja de avanzar el dominio de la noche, se celebra a Santa Lucía, patrona de los invidentes.
 
Hoy se aúnan la luz interior, la que narra el vidente en el oráculo, la luz de la Palabra, que ilumina el sentido de la historia, la luz que es Cristo, que transfigura toda la creación, la luz que significan los santos, los que tienes los ojos perfectos y han sabido ver e interpretar los acontecimientos desde la perspectiva de la fe.
 
En las lecturas de Adviento se narran diversos signos relacionados con la ceguera o con la recuperación de la vista. El don de ver es gracia que cuando se tiene, quizá no la valoramos. Hoy es un momento de agradecer los dones recibidos. Aún es mayor el don de creer. Hoy es el día de agradecer la fe, o de pedir que el Espíritu nos la aumente, para que cuando venga el Señor, nos encuentre con la lámpara de la espera amorosa encendida.
 
“¡Señor, que vea! Creo, pero aumenta mi fe.”
 
“Cristo, por tanto, es «la luz del mundo» (Jn 8,12), la luz que «brilla en la tiniebla» (Jn1,54) y que la tiniebla no ha derrotado (cf. Jn 1,5). Aquí se comprende plenamente el sentido del Salmo 119: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (v. 105); la Palabra que resucita es esta luz definitiva en nuestro camino. Los cristianos han sido conscientes desde el comienzo de que, en Cristo, la Palabra de Dios está presente como Persona. La Palabra de Dios es la luz verdadera que necesita el hombre. Sí, en la resurrección, el Hijo de Dios surge como luz del mundo. Ahora, viviendo con él y por él, podemos vivir en la luz.” (Benedicto xvi, Verbum Domini 12)
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