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A. CONTENIDO
0. Introducción
I. FUNDAMENTOS.
1. El Espíritu del cosmos: Soplo de Dios
2. El Espíritu de Jesús: Artesanía pro existente
3. El Espíritu de la Iglesia: Diaconía para el Reino
II. DESARROLLO
4. Carismas y ministerios en la Iglesia
5. Carismas compartidos: agrupaciones en la Iglesia
0. INTRODUCCION
Estamos acostumbrados a leer con rapidez. Así nos han recomendado hacerlo con el objeto de aprovechar el tiempo. Y nos creemos que de esta manera, asimilamos más rá-pidamente. ¿Es eso verdad? Me permito dudarlo. Cuando un escrito nos dice lo que ya sabemos, somos capaces de leerlo a gran velocidad; comprobamos que lo entendemos perfectamente; alabamos la claridad del mismo pero, al fin y al cabo, no nos hace cre-cer. A lo más, alimenta nuestra autosatisfacción, y exclamamos sin palabras: " ¡Eviden-te! Esta es la verdad"; o, por el contrario —pero que viene a ser lo mismo a efectos de nuestra subida al pedestal de juez infalible—: " ¡Falso! No es verdad". Puede ocurrir que un texto nos parezca claro porque lo entendemos. Y decimos que lo "entendemos" porque razona como nosotros, utiliza del mismo modo que nosotros el instrumento del lenguaje. Pero, ¿y si tal texto pretende decir otra cosa? Cada .texto tiene su propia inte-ligibilidad. Si no nos metemos en su integibilidad estamos proyectando nuestras pre-concepciones y haciendo decir al texto lo que el texto no quería decir. En esta hipótesis, estaremos convencidos de que entendemos lo que leemos pero, en realidad, no hemos salido de nosotros mismos hacia el texto. No hemos cambiado. No hemos crecido. Y nos hemos engañado. Tal vez un ejemplo nos ayude a comprender lo que quiero decir: tomamos un libro donde se nos dice que la Iglesia "es un acontecimiento que permea la historia como una comunión de hermanos en Jesús unidos por la fuerza del Espíritu". Lo leemos despacio, si no estamos familiarizados con las palabras utilizadas. Y lo enten-demos, ¿lo entendemos? Sabemos lo que significa fuerza y Espíritu, pero ¿sabemos lo que significa, en el fondo, la fuerza del Espíritu que es la que congrega a la Iglesia? Si no hemos experimentado que somos Iglesia porque el Espíritu nos une, esas palabras nos transmiten nada más sonidos que ya habíamos escuchado en otra ocasión, y que re-conocemos, pero que no entendemos, aunque crearnos entender. Y éste es precisamente el engaño.
Si no os parece mal, propongo que hagamos un experimento con la lectura de estas hojas. En lugar de leerlas con rapidez, vamos a reflexionar, vamos a repetir, vamos a interrogar cada expresión. No hemos de tener prisa para llegar a donde la prisa jamás nos conducirá. Jamás llegaremos a "entender" los carismas y los ministerios si el autor de los carismas no nos los da y, por ello, una lectura apresurada y superficial que nos dé una idea del texto, pero que no nos haga cambiar (abrirnos a lo que el texto pretende decir), sería bastante inútil. Este es el experimentó: meternos en las líneas hasta que ellas nos muestren su significación intrínseca. Si sale bien, tal vez logremos el objetivo, que es eminentemente práctico: llegar a cambiar, esto es, crecer.
Para los que menos habituados estén en leer de esta manera que proponemos (para los que no tienen costumbre de leer poesía), el texto será constantemente interrumpido con incisos aclaratorios. Ojalá que el esfuerzo merezca la pena. Ojalá que este ejercicio ro-bustezca lo que tenemos tan escuálido: el sentido contemplativo.
I. FUNDAMENTOS (1)
1. El Espíritu del Cosmos: Soplo de Dios (2)
Cuando uno se abre al don de Dios, halla en el hueco de 1as cosas que trata, en el asien-to de las circunstancias que a él concurren, en el trasfondo de las personas que le hacen cotidianamente, la mano poderosa que mantiene en la vida la vida. La realidad aparece cargada de Dios.
Dios pulula como los segundos minuto a minuto. Sus manos están aún recientes en la rosa. El recorre montes y collados despertando en cada horizonte nuevas auroras, ilumi-nando el rostro de las cosas. En todo ha ido dejan-do prendada su hermosura.
Cuando uno se abre al don de Dios encuentra brumosa la realidad que le envuelve: el trabajo sólo; el cónyuge no es él cónyuge sólo; el pasado adquiere matices de re-lato amoroso, y relieves de promesa de futuro. En esa nube donde se hunden las cosas y la propia historia, en esa aureola de misterio que se preserva nuestra fragilidad existencial, está la "gloria" de Dios, su resplandor divino. El mundo es realidad "teofánica", pues el Espíritu aletea como aire que todo ocupa y envuelve.
Cuando uno se ha habituado a respirar estos aires pneumáticos y a transitar por estas cimas que la nube besa, se descubre a sí mismo como un fruto del Espíritu, como un templo o casa donde Dios mora, como una noche sondedada, o como un mar cuyas pro-pias playas lame, pero jamás aferra, explora_ pero jamás conoce. (3).
El Dios que nos habita dentro no nos ha consultado antes, ni nos ha cobrado por la visi-ta. Tenemos gratuita-mente el Espíritu de Dios. Es una gracia que. se nos da. Gracia se dice "jaris" en griego, de donde procede la pa-labra "carismático". Podemos, pues, decir que el Espíritu nos hace carismáticos. Bajo este punto de vista, ser carismático es ser "espiritual": serse en el Espíritu como son en\' el Espíritu todas las cosas. La realidad es pneumática (pneuma significa espíritu en griego) pues el hálito de Dios la hace existir. Nosotros somos carismáticos porque el Espíritu configura nuestra identidad. (4).
2. El Espíritu de Jesús: Artesanía proexistente (5)
Téngase en cuenta que el Espíritu vivificador no es otro que el Espíritu que habitaba a Jesús y éste, al expirar, nos comunicó (Cfr. Jn 19,30). Por Jesús y para Jesús fueron creadas todas las cosas que sustenta el Espíritu. Jesús está en el origen que suscita el Espíritu y en el término que el Espíritu culmina y plenifica. Por eso, nuestra vida —por Cristo, con Cristo y en Cristo— es vital alabanza al Padre. Nosotros, como el cosmos, estamos llamados a dar la talla de Cristo, a acomodarnos a su imagen, a ser con-formados con Cristo. Partimos de Dios, vi-vimos en Dios, llegaremos a Dios.
De este modo, podemos decir que el Espíritu no nos otorga una existencia ciega, impre-cisa, indefinida, sino que nos configura con la existencia misma de una persona: Jesu-cristo, el Hijo encarnado. Y esta persona tiene muy definidos rasgos.
Jesús proclama que sanar a una persona es más importante que cumplir la ley de guardar el sábado; que Dios expone su sol a justos y pecadores, y con su lluvia lava a guapos y a feos. Jesus hace lo que dice, mostrando así una autoridad que suscita hondas perplejida-des, inaugurando la praxis del Reino: su cercanía cura a leprosos; sus banquetes suscitan solidaridad con los legal y religiosamente perdidos sin remedio eventual; sus denuncias de la hipocresía vigente, junto con la renuncia a empeños armados que evacuaran a las fuerzas de ocupación romanas, le van gestando enemigos. El círculo se va cerrando. Es apresado. Es acusado. Es crucificado por la justicia.
Por este Jesús (no por otro), se nos ha ofrecido la reconciliación de Dios, el Reino anti-cipado, el Espíritu vivificador. Por este Jesús que pasó haciendo el bien: el que dio la vida por sus amigos, el que configuró su existencia como "pro-existencia", es decir, co-mo una permanente e ininterrumpida entrega al servicio de la causa de Dios, que es la causa del hombre; como una indeclinable obediencia a la gloria de Dios que es la vida del hombre.
Una existencia alentada por el Espíritu de Jesús es una existencia proexistente, es una mano que sirve, un don disponible para los hermanos, un empeño al servicio de la co-munidad. (6)
3. El Espiritu de la Iglesiá: Diaconía para el Reino (7)
La comunidad creyente nació por la efusión del Espíritu de Jesús, y recorre el decurso histórico sostenida por un pentecostés prolongado. Por eso se concibe a si mis-ma como don de Dios y como salvación de Dios para el mundo. Toda ella es un Pueblo-redimido-consagrada al servicio del Reino. La comunidad (ecclesis) es servicio \'(diaconía) al futu-ro en Dios (pléroma) de toda la reali dad creada (cosmos). Lo que dicho en clave neo-testamentaria resulta más eufónico: somos la sal de la tierra, la levadura que hace fer-mentar la masa.
Cuando la comunidad se centra en sí misma, afanándose por su perpetuidad, por su au-todesarrollo, traiciona la misión a la que el Espíritu la destina. No muriendo a sí misma, se pierde. Sólo dándose, extrovertiéndose al servicio de la humanidad, como Jesus se encuentra.
La misión de la Iglesia es su propia identidad. El modo de evangelizar es diaconal. La Iglesia es configurada proexistente por el Espíritu que la ha creado. Es carismática en cuanto servidora, nunca en cuanto señora. (8)
Juan no relata en su evangelio la institución de la eucaristía en los moldes en los que los sinópticos lo hacen. Pero transmite con un gesto propio de los esclavos domésticos la misma oferta que las palabras: "esto es mi cuerpo que se- entrega por vosotros" contie-nen: Jesús se ciñe, toma una palangana y lava los pies de sus discípulos. Dado que el discípulo no es mayor que su Maestro, ni el siervo mayor que su Señor, si el Señor sir-ve, el servidor habrá de llamarse y ser siervo de los siervos de Dios.
La comunidad es diaconal en cuanto que cada uno de sus miembros está a los pies de los demás para servirlos. Cada creyente es el aliviador de los cansancios del prójimo, el curador de las lepras ajenas, el rehabilitador de hermanos postrados o postergados. Cada creyente es don para el resto. Nos ha tocado en suerte un lote hermoso; podemos estar encantados con nuestra heredad. Cada persona es un regalo de Dios para la salvación del mundo, el mundo de las personas. Cada uno somos carisma que sirve a la construc-ción común. (9)
II. DESARROLLO (10)
4. Carismas y ministerios en la Iglesia:
Cuando decimos "Iglesia" solemos saber a qué nos referimos. Se trata de una realidad-ahí, algo objetivo, algo "visible". Pensemos en una agrupación de personas, en una es-tructuración de labores, en una secuencia de actividades, en un cúmulo de expresiones. La Iglesia está "ahí", como un objeto susceptible de nuestra conceptualización, como un hecho al que podemos referirnos con un nombre. Pero nadie pensaría que ese hecho o "cosa" que llamamos Iglesia esté acabado, como acabada está una piedra. Se trata, más bien, de un edificio en construcción. La Iglesia no es un fósil expuesto en un museo ar-queológico es un "ser vivo" que crece en el foro de la historia.
Y, si crece, es que algo la hace crecer. Si se construye, es que alguien la construye. To-dos y cada uno de nosotros, los creyentes, somos "piedras vivas" de la edificación que es la Iglesia, como dice San Pablo. Nosotros (el Espíritu que habita en nosotros) somos los constructores.
De esta obviedad parte la reflexión teológica acerca de los "carismas" y "ministerios". Señalemos qué es lo que puede entenderse por "carisma":
• Toda cualidad personal,
• orientada hacia alguna tarea más que hacia otra;
• toda disposición y ayuda
• a una actividad específica de servicio.
Y precisemos también, entonces, lo que es un "ministerio" :
• Capacitación para desempeñar un servicio concreto
• de importancia vital para la Iglesia,
• que supone una verdadera responsabilidad y cierta duración
• y es reconocido como tal por la Iglesia.
De entre los carismas que el Espíritu suscita en la Iglesia, el NT muestra cómo algunas reciben de los apóstoles una designación especial para una misión específica en la Igle-sia (Hoy llamamos, precisamente, "ministerio" a este encargo confiado por la autoridad para una misión determinada en la Iglesia). "Es el caso de Matías, llamado por la Iglesia para suceder a Judas. (Hech 1,15-26), de los siete ayudantes de los apóstoles (Hech 6,1-6), de Bernabé y Saulo, a los que profetas y doctores de Antioquía envían en misión im-poniéndoles las manos (Hech 13,1-3), de Timoteo, designado por intervención de profe-tas y con la .imposición de manos de los presbíteros o de Pablo mismo (1 Tim 4,14; 2 Tim 1,6)" (S. Dianich). Nace así, poco a poco, el hoy llamado "ministerio ordenado".
A lo largo de la historia, se ha ido operando una paulatina acumulación de tareas y res-ponsabilidades en obispos y sacerdotes, hasta el extremo de que "eclesiásticos" eran, exclusivamente, los clérigos. La "Iglesia discente" no tenía otro derecho que, "como dó-cil grey dejarse guiar por sus pastores" (Pío X, Vehementer). Con las amenazas que el "laicismo" suponía para la Iglesia, ascuas a las que se añadía el viento de la escasez de clero, se fue abriendo brecha una "participación del laico al apostolado jerárquico". Así nació la Acción Católica.
Siguiendo con estas pinceladas de historia, nombramos al sínodo de 1987 sobre "la vo-cación y misión de los laicos". En él se ha proclamado insistentemente algo que en el Vaticano II ya se contenía: que el apostolado de los laicos (es decir, su actividad, su identidad,-su dignidad) no es una delegación de la autoridad, ni una suplencia tempore-ra, sino que proviene de su propia radicación, por el bautismo, en Cristo Sacerdote, Pro-feta y Rey.
\'La proliferación de actividades laicas "de hecho" provocó la confusión incluso en la esfera del derecho. ¿Qué tareas era oportuno reconocer como "ministerios"? Pablo VI, en su "Ministeria quadem" de 1972, pretendió clarificar el tema; ofrecía una clasifica-ción que, tomada por el nuevo Código de Derecho Canónico, quedaba así: Ministerios ordenados (episcopado, presbiterado, diaconado), Ministerios instituidos (acolitado y lectorado), Ministerios confiados (lector, comentador, cantos...), Ministerios extraordi-narios (presidencia de oraciones litúrgicas, administración del bautismo y de la comu-nión, etc.).
En el sínodo, el tema de los ministerios laicales fue extensamente debatido. Ya el Ins-trumentum laboris reconocía: Existen diversos ministerios "no ordenados" con-fiados a laicos, para que éstos los ejerzan con miras a la mayor vitalidad de la comunidad ecle-sial; estos ministerios han de personalizarse y coordinarse. El ejercicio de estos ministe-rios confiados a laicos hace necesario definir la diferencia con respecto a los ministerios "ordenados". Cuando lo presentó el Secretario General del sinodo, Schotte, dijo:
"Habrá que afrontar el tema de los "nuevos ministerios" y .de la tendencia que se mani-fiesta en ciertos países de considerar cualquier tarea de los laicos en la Iglesia o en la sociedad como "ministerio". Parece existir una situación de ambigüedad y confusión acerca del ejercicio de los ministerios no ordenados conferidos a laicos, que requiere precisiones".
Bastantes voces pidieron en los diálogos sinodiales una ampliación de los "ministerios". Escuchemos a Shimamoto, obispo de Urawa:
"Los ministros laicos no son sustitutos impuestos por la falta de sacerdotes, sino una emanación de su participación en el sacerdocio y en la misión de Cristo. Tales ministros deben crearse no sólo dentro de las parroquias, sino también con vistas a su actividad en el mundo, según las necesidades de cada nación".
Alguien precisó, más todavía, pidiendo que fueran oficialmente instituidos dos ministe-rios más: el ministerio de la sanidad y el de la educación.
Pero otros señalaban el peligro de que, proliferando los ministerios confiados a laicos, se estuviera efectuando una "clericalización" del laico.
Hay para todos los gustos. ¿Necesita uno que le nombren ministro para trabajar? ¿Se conseguirá, mediante una ministerialización masiva, desconcentrar la preponderancia exclusiva de los actuales ministros?
En el período de los "círculos menores" la confrontación de perspectivas y posturas se hizo tan insuperable, que, al suscitarse la idea de dejar el problema para otro momento, en seguida obtuvo la venia. De manera que, como conclusión, fueron propuestas al Papa las proposiciones 18 y 19.
"Los padres sinodales pidieron mayor claridad sobre tres palabras: "ministerium", "mu-nus", "officium" (ministerio, deber, oficio). Se denomina ministerio instituido al servi-cio que debe ejercerse en nombre y con la autoridad e la Iglesia establemente (aunque no necesaria-menté perpetuo), implicando una particular participación en la triple fun-ción (munera) de Cristo. El Sínodo expresa su vivo deseo de que el motu proprio "Mi-nisteria quaedam" sea sometido a revisión, habida cuenta del uso de las iglesias locales, indicando sobre todo los criterios según los cuales deben ser elegidos los destinatarios de cada ministerio.
Entre los signos que aumentan la esperanza se encuentran el que en nuestros días como en los primeros tiempos de la Iglesia muchos cristianos laicos están dispuestos a coope-rar en la vida eclesiástica y a asumir aquellas obligaciones que pueden ejercitarse sin el orden sagrado.
Los deberes de los laicos en la Iglesia se fundan en los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la Eucaristía. Por el baño bautismal nos sumergimos en la vida trini-taria, con la unción del sagrado crisma el Señor nos fortalece con la fuerza del Espíritu Santo cómo testimonio misionero de vida cristiana y para santificar al mundo. En la Eu-caristía nos alimentamos para cumplir con esos deberes.
Los deberes de los laicos conciernen al campo social y caritativo, al matrimonio y a la familia, a la catequesis y a la liturgia, a las actividades pastorales, y sobre todo al go-bierno de las comunidades. Los laicos especializados trabajan magníficamente en la administración, especialmente la administración financiera.
La Iglesia tiene necesidad de un mayor número de laicos en la actividad parroquial para que pueda llevarse a cabo una evangelización adecuada a las circunstancias actuales. Estas obligaciones de los laicos no derivan del orden sagrado.
Teniendo en cuenta la petición manifiesta en la proposición precedente, no parece fácil elevar las unciones de los laicos a ministerios instituidos. Tales ministerios pueden os-curecer muchos dones y funciones de los laicos en el matrimonio y en la familia, en el trabajo diario, en la ciencia, la economía, en las artes, en la cultura e incluso en la políti-ca". (Sínodo 1987, proposiciones 18 y 19).
Una pregunta: ¿Aún se nos ocurrirá seguir pensando que un laico con ministerio es un laico más comprometido? No a los laicos semicuras. (11).

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SANDRA VERONICA MANRIQUE ABURTO
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SANDRA VERONICA MANRIQUE ABURTO
Feria
Jn 17,11b-19. Que sean uno, como nosotros.
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