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II Jueves de Adviento

Ángel Moreno -
“Pondré en el desierto cedros, y acacias,
y mirtos y olivos; plantaré en la estepa cipreses,
y olmos y alerces juntos.
Para que vean y aprendan, de una vez,
que la mano del Señor lo ha hecho.” (Is 41, 20)
 
“Al ver Dios que el temor arruinaba el mundo,
trató inmediatamente de volverlo a llamar con amor,
de invitarlo con su gracia,
de sostenerlo con su caridad,
de vincularlo con su afecto.”
(San Pedro Crisólogo, sermones).
 
 
Siete árboles repueblan el páramo, siete especies frondosas que cobijan con sus sombras y defienden del rigor del desierto, del sol ardiente; siete árboles gratuitos, de hojas verdes y perennes, de madera preciosa y perfumada, para revelar como testigos la prodigalidad del Creador. Así, el que venció en un árbol, fue en un árbol vencido.
 
Dios no fue víctima del error humano, no pereció en una posible reacción airada; la fuerza de su amor rehizo el universo, y recreó el jardín primero con toda clase de árboles, bellos de ver y apreciados por sus frutos. Árboles con los que se construyó el arca de la alianza, y de los que extrajeron las maderas preciosas para el templo, que cobijaron a profetas y ungieron a reyes, que mantuvieron con el oro de su aceite las lámparas encendidas del santuario.
 
Si el Hacedor de todo se detuvo en ajardinar el desierto – “¡Qué hermosas son tus tiendas, Jacob, y tus moradas, Israel! Como valles espaciosos, como jardines a la vera del río, como áloes que plantó el Señor, como cedros a la orilla de las aguas!” (Núm 24, 5-6)-, ¿qué no hará con su criatura más amada, con el ser creado a su propia imagen?
 
Y el profeta, inspirado por el Espíritu, nos revela: “Yo, el Señor, te agarro de la diestra y te digo: “No temas, yo mismo te auxilio. Tu redentor es el Santo de Israel” (Is 41, 13).
 
Adviento, tiempo de esperanza, tiempo de acoger al Redentor del mundo, a tu Salvador. No seas tú el resentido que se priva del don divino.
 
“El Verbo, que desde el principio está junto a Dios y es Dios, nos revela al mismo Dios en el diálogo de amor de las Personas divinas y nos invita a participar en él. Así pues, creados a imagen y semejanza de Dios amor, sólo podemos comprendernos a nosotros mismos en la acogida del Verbo y en la docilidad a la obra del Espíritu Santo. El enigma de la condición humana se esclarece definitivamente a la luz de la revelación realizada por el Verbo divino. (Benedicto xvi, Verbum Domini 6)
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